De Franco a hoy: cómo España pasó de un franquismo antisemita a una derecha proisraelí y una izquierda propalestina

 De Franco a hoy: cómo España pasó de un franquismo antisemita a una derecha proisraelí y una izquierda propalestina

 

La política exterior española en torno al conflicto de Oriente Medio ha girado en torno al espejo de nuestras propias contradicciones históricas. Si uno lo mira de lejos, parece un viaje en espiral: desde el franquismo que nunca reconoció a Israel y se abrazó a la causa árabe-palestina, hasta una actualidad en la que la derecha se presenta como defensora de Israel y la izquierda como voz de Palestina. Un giro que dice mucho más de nuestra política interna que del propio conflicto en Oriente Medio.

Franco, antisemitismo y arabismo oportunista

El franquismo nació marcado por un antisemitismo cultural y religioso, un antisemitismo diferente del antisemitismo alemán. No olvidemos que el nacionalcatolicismo bebía de una visión conspirativa de un mundo “judeo-masónico” que, a su vez, era el enemigo del régimen. Reconocer a Israel en 1948 era impensable para un régimen que, además, estaba aislado del mundo occidental tras la II Guerra Mundial.

¿La solución? Abrazar al mundo árabe. España necesitaba petróleo, necesitaba aliados y necesitaba oxígeno diplomático. La causa palestina se convirtió en un comodín perfecto: permitía mantener buenas relaciones con países árabes y al mismo tiempo reforzaba el relato franquista contra el “sionismo internacional”. Aunque no creemos que sea solidaridad, sí que se puede ver como una estrategia política de supervivencia –como todos los gobiernos, en su mayoría, en algún momento puntual-.



La Transición: ambigüedad hasta Europa

Tras la muerte de Franco, con la democracia –en el periodo establecido como transición- España iba a cambiar su postura internacional. Hay que establecer, en este sentido, un dato clave y es la entrada de España en la Unión Europea y, para ello, debía reconocer el Estado de Israel. Con el gobierno de Felipe González España estableció una postura diplomática de amistad con Israel –según los autores, un movimiento obligado ligado a esa entrada de España en la UE-. España debía normalizarse dentro del bloque occidental.

 Aunque hay que ser claros y reconocer a Israel no significó abrazarlo. Pues, en este sentido, la simpatía por Palestina seguía presente, y España fue uno de los países europeos más activos en apoyar a la OLP de Arafat. Esta actitud ambigua de “estar en medio” y querer aparentar un papel mediador –postureo diplomático- culminó en 1991 en la Conferencia de Madrid. En esta cumbre de paz para Oriente Medio España, aunque más cerca de Palestina, se posicionó como intermedia en el conflicto en busca de un acuerdo de paz para ambos implicados –ni con los unos, ni con los otros, como casi siempre ha hecho España-.

Los 90 y 2000: el equilibrio imposible

Con los sucesivos gobiernos de PSOE y PP, España trató de mantener un equilibrio diplomático con respecto al problema entre Palestina e Israel. En este sentido, la contradicción estaba a la orden del día, ya que se reconocía el derecho de Israel a existir como Estado (país) mientras, por otro lado –y a la vez- se defendía a ultranza el Estado Palestino. Es decir, España reconocía dos cosas que chocaban.

Sin embargo, en la práctica, este equilibrio era más retórico que real. La opinión pública española —muy influida por la izquierda social, así como por un antiamericanismo de fondo— tendía a simpatizar con Palestina. Israel se veía como la extensión de Estados Unidos en Oriente Medio, y eso en la España de los 90 y 2000 no generaba muchas simpatías, sobre todo, como se ha mencionado, en la izquierda española.

El giro del siglo XXI: las posiciones se invierten

Y aquí es donde llega la paradoja ideológica: lo que fue un franquismo antisemita y arabófilo, ha terminado derivando en una derecha que se identifica con Israel y una izquierda que, en nombre del antiimperialismo, abraza la causa palestina.

En este sentido:

Por un lado, La derecha -desde Aznar hasta hoy-, representada sobre todo (hasta hace poco) por el PP, así como los sectores más conservadores, han ido viendo en Israel un aliado natural. Democracia occidental, aliado de Estados Unidos, firmeza frente al islamismo… La narrativa encajaba a la perfección con el giro atlantista –entre otros giros- de la derecha española. Es decir, lo que la OTAN diga.

Por otro lado, La izquierda mantiene su vínculo emocional con Palestina. La percibe como el pueblo oprimido, como la última causa anticolonial. Y en esa defensa a veces se desliza hacia un discurso ambiguo, donde la crítica al Estado de Israel se mezcla con tics de antisemitismo que parecen calcados, si no similares —aunque por razones distintas—, de los que usaba el franquismo.

 
Conclusión: contradicciones muy españolas

España ha pasado de un régimen que no reconocía a Israel por los motivos ya vistos –antisemitismo, ideología y religión, estrategia política…-, a una democracia en la que la derecha es quien lo defiende con entusiasmo y la izquierda lo cuestiona con la misma fuerza.

Un tira y afloja que dice más de nuestras batallas internas —franquismo, europeísmo, antiamericanismo, identidad política…— que del conflicto en sí mismo.

Y es que, en el fondo, seguimos jugando el mismo papel: el de un país que habla mucho de Oriente Medio, pero que se mueve siempre entre la dependencia energética, la necesidad de contentar a Europa y Estados Unidos, y una opinión pública cargada de emociones más que de geopolítica.

Es decir, los vientos de España son los que le dictan en según qué momento y según que aliados, girando su opinión –política y diplomacia- en torno a quien mande en ese momento o en qué organización se englobe España (OTAN, UE…).

 

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