Clavijo
Nunca olvidaré aquella mañana. Habíamos acampado, nos habíamos refugiado, entre colinas pedregosas y campos de encinas, al pie de los montes de La Rioja. La tierra olía a polvo seco y a hierba aplastada por las botas y los caballos. Durante la noche apenas había dormido. Nadie lo había hecho en realidad. Los hombres hablaban en voz baja junto a las hogueras, afilaban las hojas de sus espadas o miraban en silencio hacia el valle oscuro donde dormía el enemigo. Yo venía de las montañas de Asturias, de un valle donde los inviernos muerden la piel y los hombres aprenden desde niños a vivir con poco. Allí el viento canta entre las rocas y el mar ruge contra los acantilados. Allí había crecido, y allí había oído por primera vez la palabra que nos había traído hasta aquel lugar: libertad. El amanecer cayó sobre aquellos montes como una espada dorada. La niebla aún se aferraba a las encinas cuando tomé mi lanza y miré a mis hermanos de armas. Éramos hombres de la tierra de los astu...