La ambición asiática de Felipe II: China, Zipango y la embajada española
La
ambición asiática de Felipe II:
China,
Zipango y la embajada española
Durante el reinado de Felipe II, el
Imperio Español alcanzó su máxima extensión territorial, convirtiéndose en una
de las mayores potencias globales de su tiempo, además de ostentar la hegemonía
en América, Europa y en los mares.
Mientras los dominios españoles se
expandían por América, Europa y Asia (y, a partir de 1580, se englobaban los
territorios de Portugal), también surgieron planes y sueños imperiales más allá
de lo logrado. Uno de los más audaces —aunque poco conocido— fue la idea de
conquistar China o Zipango (nombre de
Japón en aquella época), pero, militarmente, no se concretó, así como
establecer relaciones diplomáticas con los emperadores de Asia Oriental. Estas
ideas revelan la dimensión global de las aspiraciones de Felipe II y su
imperio.
El contexto: España en Asia y el sueño de un Imperio universal
Con la incorporación de Portugal a la corona española en
1580, Felipe II heredó también sus territorios y comercio, incluyendo enclaves
estratégicos en la India, África y el Sudeste Asiático. Además, desde 1565, los
españoles mantenían una presencia estable en Filipinas, lo que facilitó el
contacto directo con el mundo chino y japonés.
En este
contexto, la corte filipina y algunos religiosos propusieron ambiciosos
proyectos para extender la fe católica y el poder español al continente
asiático. Proyectos que a pesar de su importancia y futura repercusión diplomática
y política se quedaron en el cajón.
Algunos de
estos planes consideraban incluso la conquista de China o Japón,
naciones consideradas ricas, poderosas y civilizadas, pero paganas –por ello habría
que intentar civilizarlas con misiones primero, y con la diplomacia después,
para atraerlas a la órbita de ese gran imperio que, precisamente competía con
el chino y el otomano-.
¿Por qué conquistar China o Zipango?
Había diferentes razones y los motivos eran diferentes:
Motivos Religiosos: El deseo de evangelizar a las
grandes civilizaciones asiáticas era uno de los motores principales, recordemos
que había españoles evangelizando el resto del mundo e incluso se había llegado
a explorar África, por ejemplo, como establece Fernando Paz. Algunos misioneros
como el jesuita Juan González de Mendoza
idealizaban a China comparándolo como un imperio culto pero necesitado de la “verdadera fe”. Sin embargo, el
territorio era bastante grande y arraigado desde hacía milenios a su religión.
Motivos Económicos: China era conocida por su riqueza en sedas, porcelanas y metales preciosos. Los comerciantes y aventureros
veían en ella una mina de oro económica.
A pesar de esta afirmación, se comercializaba con China, sobre todo
indirectamente, pues China importaba plata de América en su mayoría, proveniente
del Imperio Español, mientras que exportaba porcelana, té o seda, entre otras
cosas.
Motivos Políticos
y estratégicos:
Dominar China o Japón consolidaría el control español en Asia y facilitaría el
dominio del comercio entre el Pacífico y Europa, grosso modo, reforzando la
hegemonía de Felipe II frente a sus enemigos europeos, especialmente Inglaterra
y los Países Bajos. Por el contrario, estos territorios requerían un gran
esfuerzo armamentístico y humano, por lo que en la época era inviable, además de
la magnitud del territorio en sí.
El plan de conquista de China
Uno de los planes más notorios fue elaborado hacia el año 1580
por el gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, quien propuso a
Felipe II la conquista de China con apenas unos miles de soldados españoles,
apoyados por fuerzas filipinas e indígenas aliados. un plan atrevido sin duda,
pero inviable. Creía que, gracias al poder militar hispano-luso, a la
artillería y al posible apoyo de poblaciones descontentas en el sur de China,
podrían lograrlo.
Felipe II,
aunque interesado, nunca aprobó estos planes abiertamente. Era
consciente de los enormes riesgos: la
distancia, la logística, el tamaño del imperio chino y la fragilidad de las
comunicaciones con Europa hacían la empresa inviable, entre otros motivos. Por
esta época España, a pesar de haberse unificado con Portugal y asumir su vasto
territorio integrándolo en la corona, tenía precisamente varias guerras
abiertas en los mares y en Europa, que unos años más tarde se acentuarían en la
guerra franco-española, la Guerra de los Ochenta y Treinta años, la guerra
hispano-inglesa y la guerra hispano-portuguesa. Esto, además, como establece
Elliott, suponía un problema debido a que España tenía un gran Imperio, pero
muy poca población.
La embajada española a China (1580–1590)
En lugar de una invasión militar, Felipe II optó por la
diplomacia. En las décadas de los 80 y 90 del siglo XVI se organizaron varios
intentos para enviar embajadas al emperador chino desde Manila. El
objetivo era claro: establecer relaciones oficiales, abrir canales de comercio
directo y facilitar la evangelización. Es decir, meramente diplomático y comercial.
Una de las más
importantes fue la embajada dirigida por Miguel de Loarca y Juan Cobo,
fraile dominico, quien viajó a la provincia china de Fujian. Juan Cobo, además
de diplomático, fue uno de los primeros
europeos en aprender chino y escribió obras sobre el pensamiento de
Confucio. Llevaba consigo regalos y cartas para el emperador.
Aunque la
embajada fue recibida con cortesía por las autoridades locales, nunca llegó
a Pekín ni al emperador. La burocracia imperial y la desconfianza hacia los
extranjeros impidieron una relación oficial. Sin embargo, sentó precedentes
para los contactos chino-españoles que posteriormente se harán realidad.
Japón (Zipango): entre alianza y conflicto
Paralelamente, Japón (Zipango) también fue objeto de interés.
Misioneros jesuitas como Francisco
Javier ya habían comenzado la evangelización
en el archipiélago desde 1549. Algunos daimyōs
japoneses se convirtieron al cristianismo y pidieron ayuda militar a los
españoles contra sus rivales. En ese contexto, la idea de intervenir en
Japón para cristianizarlo y convertirlo en aliado también rondó la mente de
algunos funcionarios y religiosos españoles. Pero, por las mimas razones el
plan no se puso en marcha.
Sin embargo,
a fines del siglo XVI, el nuevo gobernante japonés Toyotomi Hideyoshi
comenzó sospechar y desconfiar de la expansión del cristianismo y la situación
se volvió más tensa. La posibilidad de una alianza se fue desvaneciendo, dando
paso a persecuciones religiosas y conflictos diplomáticos.
Por lo que
aquello quedó en una utopía.
Conclusión: el sueño no realizado de Felipe II en Asia
Felipe II nunca emprendió una
conquista directa de China o Japón, pero sí mostró interés en Asia como un
escenario importante de su política global. A través de Filipinas, misioneros,
comerciantes y diplomáticos españoles intentaron establecer presencia e
influencia en las grandes civilizaciones orientales. Fue un fracaso, en líneas generales,
pero dejaba de manifiesto no la ambición de Felipe II sino el deseo de influir en
las relaciones, cosa que se materializará con el tiempo, siendo España un
referente en las relaciones diplomáticas y comerciales ya en el siglo XVI.
Las ideas de conquista revelan tanto el espíritu expansivo
del imperio español como sus límites prácticos. Las distancias, las
complejidades culturales y las realidades geopolíticas asiáticas frenaron los
sueños de un dominio total. Sin embargo, estos proyectos y embajadas son
testimonio de una visión del mundo en la que Asia no era un confín remoto, sino
un centro clave en la ambición universal de Felipe II.

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