¿Cayó Roma en 476 o en 1898? El Imperio español como heredero de Roma

 ¿Cayó Roma en 476 o en 1898?
El Imperio español como heredero de Roma

 

La caída del Imperio romano de Occidente en 476 d.C. es uno de los momentos más simbólicos de la historia universal. Del mismo modo, la caída de Constantinopla en 1453 selló el destino del Imperio romano de Oriente. Es decir, se puede constatar la caída del Imperio en 1453.

Sin embargo, si entendemos el Imperio romano no solo como una estructura política concreta, sino como un ideal civilizador, jurídico y cultural, ¿podríamos pensar que su último heredero no cayó hasta 1898 con el fin del Imperio español?

Nos proponemos analizar la continuidad simbólica e histórica del proyecto imperial romano en la Monarquía Hispánica.

La continuidad romana se puede ver en los siguientes puntos: el cristianismo como misión imperial, la idea de continuidad en la monarquía católica, el derecho romano como base jurídica, la lengua o la cultura, por ejemplo.

 

Roma, Bizancio y la idea de continuidad imperial

Cuando Rómulo Augústulo fue depuesto en 476, el poder imperial sobrevivió en Constantinopla. Durante casi mil años más, el Imperio bizantino preservó el legado de Roma. Sin embargo, al caer Constantinopla en manos otomanas en 1453, se abrió una pregunta: ¿Qué potencia heredaba entonces el "imperium" romano?

Aunque el Sacro Imperio Romano Germánico intentó asumir esa misión simbólica desde Carlomagno, su carácter feudal y fragmentado lo distanciaba del ideal clásico. En cambio, la Monarquía Hispánica emergió con una vocación imperial, universalista y centralizada mucho más cercana a la Roma clásica.

Esta idea de continuidad imperial lo han intentado varios imperios, pero el que más se aproxima al ideal romano, el que lo imita –si se quiere-, es uno solo, el Imperio Español o La Monarquía Hispánica.

si entendemos el Imperio romano no solo como una estructura política concreta, sino como un ideal civilizador, jurídico y cultural, ¿podríamos pensar que su último heredero no cayó hasta 1898 con el fin del Imperio español?

Aunque es cierto que Bizancio toma el relevo de Roma, también es innegable que ni Rusia, ni el Imperio Romano Germánico, por ejemplo, o los posteriores como el Imperio Austro-húngaro, el Imperio británico o el alemán, fueron capaces de aglutinar las bases del Imperio romano y ponerlas sobre el papel. Sin embargo, España, deudora de Roma, siempre quiso imitar a quien la creó, y puede ser por ello que el Imperio español sea el que más se parezca al romano –o el que mejor supo imitarlo-.

 


Cristianismo y misión imperial. La Monarquía Católica

El cristianismo fue el hilo conductor entre Roma, Bizancio y España.

La Iglesia católica heredó parte de la organización y autoridad del Imperio romano. La Monarquía hispánica, sobre todo desde los Reyes Católicos y ya a partir de Carlos V, asumió una misión providencialista: expandir la fe cristiana y la civilización.

La Monarquía Católica aludía no solo a una confesión religiosa, sino a una universalidad política y espiritual, como la que encarnaba el antiguo Imperio romano. A pesar de ello, el vasto territorio del Imperio español era más amplio que el romano, por lo que la tarea “civilizadora” era aún más difícil para este que para Roma –el Imperio español se afincaba en todos los continentes-.

Por lo que el imperio, para los españoles, era sinónimo de cristianismo-católico y su expansión responde a esa voluntad de expandir la fe –igual que roma expandió la república y la filosófica, Napoleón la revolución…-.

 

El derecho romano como base jurídica imperial

La Monarquía española se edificó sobre el legado jurídico romano, a pesar de haber pasado por ocho siglos de Reconquista. Desde las Siete Partidas de Alfonso X hasta las leyes de Indias, el derecho español bebió de la tradición romana. La división territorial en virreinatos, audiencias y capitanías generales guarda paralelismo con las provincias romanas. También la expansión territorial, la hispanización –en lugar de romanización-, el pacto con otros pueblos para preservar el poder, el ejército como eje vertebrador de las ideas y el imperio (los tercios, por ejemplo, a imitación de las legiones), la lengua, la mezcla de razas y costumbres o la adaptación de estas para con las costumbres cristianas, la adaptabilidad en el terreno y su transformación, las leyes, la fundación de ciudades y la manera de construir, la misión civilizadora, la contruccion de bienes y servicios para el pueblo –no solo para los magnates-…

Sin embargo, el derecho romano que en España duró hasta el siglo XIX aproximadamente, fue uno de los pilares socio-políticos en el que España basó su jurisdicción, y con ello todo el imperio –tanto el europeo, como el africano, el americano o el asiático-. Pues la jurisdicción, a la par que el catolicismo, sustentaron esta idea imperial sobre el mundo, teniendo enfrente a muchos detractores y enemigos, pero también a muchos más súbditos que lo apoyaban.

 

Lengua, cultura y simbolismo imperial

Por otro lado, haciendo hincapié en aquello de “armas y letras” –es decir, no se puede expandir un imperio sin la lengua, pero tampoco sin las armas, aunque es más efectiva la primera que la segunda- el castellano y lo que ello conlleva culturalmente fue crucial para la expansión y afianzamiento imperial.

El castellano, era la lengua heredera, directa, del latín vulgar, y un fue instrumento de unidad imperial, hablado en América, África, Asia (Filipinas), y Europa, pues recordemos que a los territorios de Europa (sobre todo el Franco condado, las actuales Italia, Holanda y Bélgica, por ejemplo) habría que sumar ahora una grandísima parte (la mayoría) del continente americano –de norte a sur-, las posesiones de África y también las de Asia, por lo que el idioma tomaba fuerza ante tal situación de expansión imperial.

En cuanto a lo anterior, la cultura fue una clave para la imposición y mantenimiento del imperio. La cultura del Siglo de Oro estaba impregnada de referencias grecolatinas y sustentada por el Cristianismo humanista propio del Renacimiento y, después, del barroco. La literatura y el arte, sobre todo, iban de la mano del imperio y de la lengua, quedando el castellano como lengua internacional y vehicular en el vasto territorio de la Monarquía Hispánica. También, en este sentido, y a la par surgían y se asentaban, por un lado, la Escuela Militar Española y, por el otro, la Escuela de salamanca.  España expandía el saber a otros lugares del mundo y con ello las escuelas y las universidades, la ciencia y, con ella, los hospitales, su metodología, filosofía, arte, religión…

Los monarcas españoles, sobre todo Carlos V y Felipe II, adoptaron una iconografía imperial al estilo romano: el águila bicéfala, el globo terráqueo, lemas como el de Plus Ultra… y como se ha visto, acompañado de los Tercios españoles –representación más conocida del poderío de la infantería imperial española-. Carlos V, además, fue simultáneamente emperador del Sacro Imperio y rey de España, encarnando la fusión de las dos grandes tradiciones imperiales europeas: la germánica y la hispano-romana.

Por lo tanto, en coincidencia con el punto anterior, la cultura y la simbología van también unidas a la idea de Imperio, al menos en esa simbiosis con Roma.

 


La caída en 1898: ¿el fin de Roma?

Con la pérdida de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam, tras la guerra hispano-estadounidense, España dejó de ser un imperio global. Anteriormente durante el primer tercio del siglo XIX, había caído la I Roma –en comparación con la caída de Roma en 476-.

Si aceptamos que la Monarquía Hispánica fue el último gran heredero de Roma, entonces podríamos fechar la “verdadera” caída del Imperio romano en 1898, es decir, en comparación, esta segunda caída seria la definitiva –como Bizancio en 1453-, quedándose el imperio en nada y España sola ante el mundo, recogida y aislada, como le ocurrió a Roma a partir de aquel 476.

No se trataría de una continuidad institucional directa, sino de una línea de herencia simbólica, jurídica, cultural y religiosa, en la que el Imperio español es el imitador, a grandes rasgos, del Imperio Romano, pasando por sus fases y comparando su metodología de expansión, sus construcciones, su cultura y costumbres, el cómo se proyecta el imperio en general, por cierto, el español, universal.

 Los monarcas españoles, sobre todo Carlos V y Felipe II, adoptaron una iconografía imperial al estilo romano

Conclusión

El Imperio romano no cayó de forma definitiva en 476 ni en 1453, sino que sobrevivió en nuevas formas. Si Roma fue una idea de orden, universalidad y civilización, entonces la Monarquía Hispánica puede considerarse su heredera más fidedigna. En ese sentido, 1898 marca no solo el fin de un imperio colonial, sino también el cierre de un ciclo histórico que había comenzado con la fundación de Roma.

A grandes rasgos, el Imperio español se basó en la idea de universalidad, en expandir la fe y también el castellano, en la construcción de obras públicas y sociales, en el ejército como columna vertebral de ese imperio, en la integración y mezcla tanto de personas como de costumbres, el provincializar ese territorio –mediante los virreinatos-, es decir, hacerlo parte misma de la metrópolis, extender una cultura, un idioma, una manera de pensar y actuar… por lo que la Hispanidad sería un sinónimo de Romanización, es decir, una civilización como Roma hiciera en su día.

 

Bibliografía

Elliott, J.H., El viejo y el nuevo mundo (1492-1650), Crítica, 2000

 Fernández Albaladejo, P., La crítica ilustrada de la historia, Marcial Pons, 2001

Gómez Espelosín, Francisco J., El imaginario imperial en la España de los Austrias, Alianza, 1998

Kagan, Richard L., Clio and the Crown: The Politics of History in Medieval and Early Modern Spain, Johns Hopkins University Press, 2009

Vázquez de Prada, M., Carlos V: El césar y el hombre, Planeta, 1987

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS CINCO ROSAS. Una historia simbólica de la Falange Española a través de sus cinco fundadores

Nicola Bombacci: Del comunismo al fascismo revolucionario