Asturias. Allí empezó todo
Asturias. Allí empezó todo
Corría el año 722 y la Hispania Visigoda había sucumbido como un rayo, de la noche a la mañana. Un ejército musulmán había sido invitado a entrar por la facción visigoda rival del rey Rodrigo. Los musulmanes vencieron en Guadalete, en Écija y Sevilla. Después, en su acometida, que no entraba en los planes visigodos, caían Córdoba, Toledo, Cáceres…. Los cristianos, hispano-romanos y visigodos, dieron batalla, pero de manera desorganizada, otros, huyeron y se refugiaron en el norte de lo que quedaba de aquella Hispania. En su camino perdieron la vida muchos y otros tantos consiguieron salvar la vida y las importantísimas reliquias cristianas y tesoros. Nadie se podía imaginar lo que sucedía, nadie.
El verde norte pasó desapercibido para las hordas musulmanas que prefirieron asentarse en el poder y organizar el territorio. En el norte solamente había unos 300 asnos salvajes que eran indiferentes. Todo cambió drásticamente. La Hispania que conocían ya no existía. Allá donde había un templo cristiano, los musulmanes construyeron mezquitas. Muchos hispanos tuvieron que convertirse a la nueva fe para salvar la vida y obtener privilegios. La ley, la economía, las monedas, la política…, la vida en general había cambiado radicalmente.
La facción visigoda que dio el golpe de Estado contra Rodrigo, apoyada por los musulmanes, rápidamente entendió de qué se trataba aquello. Los moros no habían venido para ganar una simple batalla, no. Vinieron para quedarse. Con el beneplácito de los godos o sin él, los musulmanes se instalaron en España. Solamente las regiones de los cántabros, vascones y astures, se mantuvieron libres de esa ocupación. Los francos, los rubios vecinos germanos del norte miraron tal hecho con temor también. En un suspiro, el que contuvo toda la cristiandad, Europa tuvo tiempo de abrir los ojos y prepararse. Lo que quedaba de la España visigoda también. Negras tormentas se avecinaban para una España dormida, sucumbida y rendida a los cantos de sirena de la religión de Oriente.
El Islam había nacido en Arabia en el año 622 y en apenas 100 años se había extendido hacia la India, por toda la península arábiga y por el territorio que un día fue la cuna de la civilización, Babilonia. Amenazaba directamente el territorio de los persas, aquel que fuera aqueménida y sasánida y se extendía por la tierra de los faraones hasta el occidente. En apenas 100 años el Islam tocaba la puerta de la Mauritania Tingitana, es decir, de la provincia de Hispania.
Durante el reinado conjunto de Égica y Witiza, las luchas entre facciones visigodas se sucedían siendo el pan de cada día. Daban igual los concilios que se celebrasen, el sometimiento de la población mediante impuestos y la desunión. Los visigodos tuvieron que hacer frente a un sinfín de cosas, como la organización territorial en medio de incesantes cambios de reyes o las incursiones en tierras del norte para poner orden ante los vascones y astures. Todo un entramado que trajo consigo unas luchas intestinales de tal magnitud que cuando Rodrigo fue elegido como rey por la asamblea, la facción que reivindicaba el trono, la de Witiza, rápidamente se puso en marcha para destronarlo.
Los godos habían controlado el territorio de la provincia romana de Hispania, en el que estaba Mauritania Tingitana, además de haberse hecho con el control de la Narbonensis de los galos, el sur del territorio que comenzaban a controlar los francos. Así, en el año 711 se produce la primera toma de contacto con los moros y para el 722 estos ya dominaban el 90% de Hispania.
Si en el 710 Rodericus ascendía al trono, este no llegó a controlar enteramente el territorio. Asentado en la Narbonensis, Agila se había nombrado rey también de los godos hispanos y las luchas entre las facciones se sucedían. En el sur, el noble Don Julián, conde de Ceuta, accedió a pactar con los musulmanes debido a las presiones de la facción de Witiza y Agila. Los musulmanes cruzan el estrecho de Gibraltar y en torno al año 711 se produce la batalla de Guadalete en la que el rey Rodrigo cae y en la que se le pierde la pista.
***
Un joven espatario, y primo, del rey Rodrigo, a quien el destino le tenía una misión guardada, ya había destacado en Guadalete, combatiendo firmemente al lado de su señor. En el caos monumental de la batalla, donde se pierde todo un reino, aquel espatario de nombre Pelagius o Pelayo, junto con más visigodos e hispanos, huye al norte, donde mantenía buenas relaciones con las tribus paganas que allí se asentaban. Era el año 711 y la Cristiandad se tambaleaba por enésima vez.
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| Don Pelayo, Parte del cuadro de Ferrer Dalmau |
En apenas 10 años, la Hispania visigoda fue invadida casi por completo, quedando la tierra de los cántabros, astures y vascones como zona libre de la ocupación.
En los montes de los astures, conscientes todos de la crispación de aquella corrupta Hispania, el espatario visigodo, el tal Pelayo es erigido por todos como caudillo. Un hombre conocido, leal y combatiente, que representaba la unión y amistad entre aquellos paganos y los cristianos entre las tribus y los hispano-godos. Fue entonces cuando aquel hombre unió a todos y comenzó una resistencia contra los invasores.
En el monte Auseva Pelayo hizo ver a todos que ya no eran ni astures, ni vascones, ni cántabros, ni godos ni hispanos, no. Pelayo les dijo que todos eran españoles y que debían luchar por la tierra perdida. Sea como fuere, los unos y los otros lo aceptaron pues los moros se asentaban cerca, había que pagarles cada vez más impuestos, y muchos de ellos habían sido apresados por estos convirtiéndose en esclavos.
Pasaba
el año 722 sin novedades, un clima agradable y los niños jugando y correteando
por esos prados verdes que estremecían el alma. La niebla matutina hacia
aparición en las montañas dejando todo a su suerte. Los ganaderos vigilaban a
sus bestias y los agricultores intentaban sacar algo de la tierra. Los manzanos
decoraban aquel paisaje propio del paraíso, protegido entre montes. Las tribus
se habían hermanado, los hispanos y visigodos se adaptaban a su nueva tierra y
los ríos transportaban el agua cristalina que hacia todavía más hermoso aquel
paisaje idílico.
Bajo
la protección de la Virgen María, que un ermitaño custodiaba en la Cova
Dominica, Pelayo sabía que aquel lugar estaba a salvo. Por allí paseaba todas
las semanas, intentando establecer un plan conciso, allí, quizá sería el lugar
elegido ante una posible e inminente batalla. Era un lugar magnifico,
impregnado de magia. La cueva era pequeña y apenas el ermitaño la custodiaba y
habitaba, sin embargo, estaba llena de protección debido al Monte Auseva y los
bosques que rodeaban el entorno.
El
bereber Otman ben Neza, ya conocido por los cristianos como Munuza, era el valí
de la zona noroeste de aquella Hispania que ahora llamaban los musulmanes Al Ándalus.
El tal Munuza era el encargado de cobrar los diversos tributos a los
cristianos. Sin embargo, estos cada día aguantaban menos. Desplazados al trozo
de tierra de los cántabros, astures y vascones, comenzaban a estar cada día más
hartos de los tributos musulmanes y en seguida surgieron desavenencias. Así, en
la primavera de aquel año de 722, los cristianos dejaron de someterse a las
cargas fiscales, aunque venían ya molestos de años atrás, y comenzó una
revuelta de la que el ya conocido como
Don Pelayo era el líder.
Pronto
la cosa fue a más, la situación se agravó y aquel acto de rebeldía se tornó en
una revuelta contra el poder islamista de los sarracenos. Munuza, viendo la
gravedad del asunto pidió refuerzos. Estos se hicieron patentes ya en torno a
mayo cuando Al Qama, uno de los más prestigiosos generales de los ejércitos musulmanes,
acudió al norte de aquella solitaria España. Si bien las cifras no son exactas,
el ejército musulmán que acudió a la tierra de los Astures era muy grande, en
comparación con el reducto que suponían aquellos hombres del norte.
Las
verdes e inhiestas montañas pronto verán una batalla, fruto de aquella
rebelión. Los nobles se prepararon, las mujeres y los niños, avisados todos
ellos, sabían lo que había que hacer. El lugar ya estaba elegido, de hecho era
la única zona por la que se intuía que un ejército podría cruzar. Cerca de
Cangas de Onís, y con la Cova Dominica de fondo, en el entorno del Monte
Auseva, los cristianos guiados por Don Pelayo darán batalla.
El
ejército de Munuza, comandado por Al Qama, rondaba los 20.000 soldados[1] y con tal ejército se dirigió
a Asturias. Pelayo, por el contrario solamente había reunido a unos 300
hombres, entre los que había arqueros visigodos, jinetes paganos y guerreros a
pie. Desde Cangas de Onís, el cuartel general, Pelayo dirigía sus operaciones,
mientras que sus hombres se mostraban a su disposición en los Picos de Europa.
Los musulmanes tenían de su lado a la fuerza pero los cristianos tenían su
tierra. Dios decidiría qué valía más.
Los
hombres de Pelayo se van concentrando en Cangas. Jinetes, arqueros, honderos….,
mientras que, con el tiempo encima, los musulmanes van avanzando lentamente
debido al gran ejército que llevaban. Parten los cristianos hacia una montaña
mágica, la que Don Pelayo conocía bastante bien, el Monte Auseva, que será su
refugio. Allí darán batalla. Allí morirán si ese era su destino.
Según
llegaban al monte, en ese justo momento en el que el tiempo se para, se frena,
Pelayo tiene una visión. Mirando al cielo, como ya le pasara a Constantino
hacia unos 400 años, ve una inmensa cruz en tono bermejo, rojizo, que sin duda
interpreta como una señal divina. Si dios estaba con ellos, ¿Quién iba a estar
contra ellos? Estupefacto, pensativo, y calmado, se mesa la barba, con los ojos
abiertos de admiración, entiende que aquella cruz es el pendón perdido de los
visigodos, entiende que es una señal de sus antecesores y se dispone para la
batalla. Era, sin lugar a dudas, un mensaje del pasado, el pendón perdido en
Guadalete hacia 11 años. Sin apenas tiempo para santiguarse, se le aparece la
Virgen María y le anuncia que la victoria estará de su lado. Pelayo estaba
convencido de la victoria, había tenido suficiente. Cierra los ojos,
pensativos, quizá rezando dando las gracias, confiado y tranquilo, como quien
no teme a nada, se reincorpora. Sin embargo, el ermitaño de la Cueva, aquel que
tantas veces se había cruzado con Pelayo, se acerca a este y le entrega una
cruz confeccionada con ramas de roble que le había dado la virgen. Ambos habían
visto a la virgen, ambos sabían lo que habían visto. Aciertan a decir,
convencidos y al unísono, que aquella cruz que la virgen les había entregado
era la Cruz de la Victoria.
Pelayo
está convencido. Su ejército también.
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***
Apenas
había amanecido en los montes astures, apenas la niebla se disipaba, cuando las
voces confirmaron el avance del enemigo. Tal y como estaba planeado, se
dirigían por el lugar escogido, por lo que ya denominaban como Covadonga. Era el año 722 para los cristianos, el año
100 para los musulmanes, según la Hégira. La suerte estaba echada, ya no había
vuelta atrás.
El
ejército musulmán avanza, un ejército numerosísimo. Con él iba el arzobispo
visigodo de Toledo, hijo del rey Égica, Don Oppas. Oppas se convirtió al Islam
pensando que así tendría más beneficios o al menos conservaría lo que ya tenía.
¡Iluso Oppas! La táctica musulmana fue, en primer lugar la de enviar a Oppas a
hablar con Pelayo. Tras animarle a la rendición, ofrecerle todo tipo de
promesas e intentar convencerle de la bondad de los musulmanes y su religión,
quienes además le devolverían sus tierras, desparece. Nunca más se supo de
Oppas.
Pelayo
está convencido de la victoria por un lado y de que la batalla que está a punto
de librar no es por las tierras sino por la cruz. No serán siervos de aquellos
sarracenos, no. Lucharan por la cruz.
El
28 de Mayo del año 722 Pelayo se había preparado ya, junto a su fiel ejército,
para la batalla de su vida, y si esta no lo era se le parecía por las
dimensiones de aquel ejército. La niebla se mantenía como aliada entre aquellos
montes. Los moros, al haber fallado la táctica de Oppas, debían dar batalla.
Los
tambores musulmanes retumban a su paso. Intimidar es lo que pretenden. El eco
de las montañas favorece la expansión de su sonido. Aterrador, sin duda. El
paso coordinado de los musulmanes se vislumbra a lo lejos. Los jinetes
mantienen el paso lento también de sus caballos. La infantería avanza. Pero
todos ellos a paso lento pues aquel lugar no era como se lo habían imaginado, e
incluso lo desconocían, motivo tal vez de su lentitud.
Pelayo
y su ejército, aquellos 300 irreductibles, se atrincheran en la Cova Dominica,
en Covadonga. Los musulmanes continúan avanzando por el desfiladero. Sin
embargo, aunque en inferioridad, los cristianos conocían el terreno a la perfección.
Nadie huía, todos estaban clavados en sus posiciones, agazapados entre rocas y
protegidos por los árboles, esperando las órdenes de aquel caudillo. Era el
amanecer y muchos desearían que fuese de noche.
Las
hordas musulmanas, despiadadas avanzaban. Los cristianos expectantes
aguardaban. El cielo no parecía querer abrirse y ningún pájaro emitía aquellos
dulces sonidos que un tiempo atrás distraían a la naturaleza de aquel paisaje.
Y fue justo en ese momento, entre la niebla, entre los soldados y el acero. Sin
el arzobispo traídos, y con todos en sus posiciones, cuando estalló la
tormenta. Perfección en la sincronización. Astucia, valor y desdén. Paciencia
milimétrica.
Se
produce la emboscada, para sorpresa del inmenso ejército. Emboscan y vuelven a
sus posiciones. Desde abajo, los sarracenos pueden ver perfectamente la lluvia
de piedras y flechas que caen montaña abajo. Apenas pueden maniobrar. Una tras
otra, se producen repetidamente las emboscadas. Se replegaban y volvían al
ataque. Los musulmanes habían sido cogidos por sorpresa. La montaña fue testigo
de aquello, los gritos de espanto y dolor resonaban en perfecto coro repetido y
aumentado por el eco incesante. Abandonaban
las posiciones y combatían cuerpo a cuerpo, parecían jabalíes embistiendo. Los
mahometanos no habían visto algo si nunca. Se creían que iba a ser una batalla
como en Guadalete y resultó ser una derrota en Covadonga.
Nadie
intentaba huir, nadie. Nadie mostraba temor. Daban su sangre con tal valor que
poco les importaba morir. Habían huido hasta estas montañas y ahora debían
luchar. Su ideal, su tierra, su familia y sobre todo la cruz. La cruz era lo
que se veía en lo más alto, alzada por la mano de Don Pelayo. En la otra, la
espada, la que ahora era su Dios. Caían muchos, sí, pero con honor. Los
musulmanes caían aún más, por cientos y miles. Atroz fue la embestida
inesperada. Atroces fueron los gritos que se consumaban. Aquella cueva fue su
refugio, la virgen llevaba razón, suya era la victoria. Y volviendo la vista
hacia el cielo, ensangrentado y sudoroso el rostro, agotado el cuerpo y
dolorido el brazo por los golpes en la batalla, Pelayo aun tuvo fuerza para
levantar la espada. Un hecho victorioso sin duda, que fue seguido por los
supervivientes, por los irreductibles de Pelayo.
Las
tropas musulmanas fueron diezmadas y huyeron. Munuza consiguió huir de Gijón
mientras que Al Qama encontró la muerte en Covadonga. Además, los musulmanes
dejaron unas 2000 bajas en tal lance. En la desordenada huida, provocada por la
batalla, muchos musulmanes murieron debido a que, sobre ellos, se desplomó toda
una ladera, quizá provocada. Un desprendimiento de tierras sorprendió a los
invasores cuando huían hacia la zona cántabra, cerca de Cosgaya.
***
Tras
la batalla se celebró la victoria. Fuera una batalla enorme o una simple
escaramuza, aquello marcó el inicio de algo más grande. Los cristianos,
aquellos asnos salvajes, como los llamaban los musulmanes, lograron enfrentarse
al ejército invasor. Pelayo comenzó a unir a los habitantes del norte, a las
tribus, a los gallegos, cántabros, vascones y astures, a los godos y los
hispanos. Todos, a partir de ese mismo momento, se unieron a la causa rebelde.
La noticia corrió como la pólvora por aquellos lares. La capital, de lo que se
vislumbraba como una posible patria, se puso en Cangas de Onís y desde ahí se
comenzaba a tener conciencia como algo más que un pueblo. Pelayo contrajo matrimonio con Gaudiosa y
fruto de este tuvo dos hijos, creando una dinastía. Con el beneplácito de los
nobles y las tribus, el hijo de Pelayo, Favila se convertía en el segundo rey
de aquel reino, el Reino Astur, mientras que su hija, Hermesinda, se casó con
Alfonso de Cantabria, hijo del duque Pedro de Cantabria, y futuro rey de Asturias.
Aparecía
una revolución, una batalla y una larga guerra contra el invasor. Pero aparecía
también un reinado y una dinastía. Asturias era España….
[1] La
crónica musulmana establece el ejercito de Al Qama en torno a los 185.000
soldados, sin embargo, en el relato usaremos fuentes de los historiadores.
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