ANNUAL. EL DESASTRE
ANNUAL. EL DESASTRE
Hacía
mucho calor en aquella desértica tierra que las potencias europeas nos habían
regalado para que les dejásemos en paz. España ya no era la del siglo XVI, ni
mucho menos, pero necesitaba aparentar ser, necesitaba saberse viva y saber que
existía. La sociedad española se hallaba entre un sí y no puedo, entre el
sindicalismo reivindicativo y la sociedad de clases como nunca entonces había
existido. Sus políticos, corruptos, intentaban salvar un sistema que estaba
muerto nada más nacer y se contentaban con tener la factoría africana, aquella
que nadie quería mantener. Sin embargo,
España quería saborear de nuevo el orgullo “internacional” de potencia, un
orgullo inexistente que provocaba mofa en las demás naciones.
Salíamos
del siglo pasado con aberrantes perdidas, nuestro imperio colonial ya no
existía, lo habíamos vendido por cuatro pesetas a los americanos. En 1899
abandonaban Filipinas, con honores, eso sí, los últimos españoles que
combatieron por la patria, los últimos. España, por entonces pensaba en
recogerse, o aislarse más bien, del intrépido mundo que comenzaba a salir a
flote. Se desarrollaban las teorías del
reparto del mundo a gran escala, el imperialismo y colonialismo se imponían en
un nuevo mundo en el que España no quería estar fuera. Las conferencias de
Algeciras en 1906, que se ratificaban después en el Tratado de Fez de 1912,
establecían una parte del protectorado marroquí para España, que se
establecería como tal a partir de 1927, tras su pacificación. Y es que, amigos,
hubo de pacificar la zona que nadie quería, la que nos dieron como regalo.
Entre el Rif, Yebala, Tánger o Tarfaya, se establecía el dominio español, un
dominio que desde el primer día estaba condenado a ser inestable. Este es el relato
de unos hombres pobres, que solo tenían por consuelo la bandera nacional, unos
hombres sin preparación militar pero con fusil en mano, unos jóvenes que
acudieron a África a intentar sostener un colonialismo endeble basado en los
principios de grandeza occidental. Es el relato de los españoles del Rif.
***
Corría
el año 1921, en aquel angustioso verano. Insegura y convulsa se aparecía la
década de los años 20, no solo para España, sino para toda Europa, pero esta
vez España iba a ser la protagonista de tal desastre, jamás visto en sus
ejércitos.
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| Ferrer Dalmau |
Las
rutas que se extendían desde Melilla hasta Annual mostraban posiciones
defensivas españolas sin apenas protección alguna. El protectorado era
considerado por los rifeños como una ocupación, una ofensa, y a pesar de su
promesa de no levantarse contra el poder español, vieron una oportunidad que no
iban a desperdiciar con la idea de expulsar a los españoles de aquellas
desérticas tierras.
Las
posiciones españolas comienzan a ser brutalmente atacadas, cayendo una tras
otras. Un salvajismo impensable para los españoles indefensos y desprovistos de
suministros como agua y alimentos, pero también con las armas escaseando entre
sus filas. En Zeluán, por ejemplo, unos
500 españoles fueron asesinados. En otras zonas, tanto oficiales como soldados
fueron quemados o tiroteados y acuchillados a pesar de haberse rendido. Los
rebeldes iban en serio.
Es
en ese preciso instante, tras la crueldad mostrada, con cuerpos descuartizados,
quemados, agujereados y demás vejaciones y tropelías salvajes, cuando cunde el
pánico en las filas españolas. El avance rebelde de los rifeños provoca una
desbandada masiva de los militares españoles que despavoridos comienzan a
dirigirse como podían hacia el campamento y la cuesta de Izumar. Muchos heridos
arrastraban los pies, cansados y moribundos. Los vendajes de sus heridas se
mostraban en tono amarillento y marrón, ennegrecidos por el polvo y la sangre,
pegados a la sucia piel. La sangre seca, negra ya, se mostraba en forma de
costra en la piel de aquellos pobres hombres. Otros mostraban chorretones
masivos de sangre. Otros ya veían su hora agonizando antes de llegar a las
puertas de aquel campamento que cada vez veía y recibía a más soldados.
Tras
la masacre en Igueriben, aquellos moros, con la moral muy alta y
envalentonados, se dirigen a Annual, y allí, precisamente allí, el infierno se
iba posar sobre la tierra.
En
Annual ni el General Silvestre quería estar. Durante la noche se habían
prendido por los alrededores numerosas hogueras que presagiaban lo que iban a
vivir ya de madrugada. Tras contactos telefónicos con Melilla, estableció que
lo mejor era replegarse. Las noticias habían corrido como la pólvora durante
toda la noche y los nuestros, aquellos españoles, sabían lo que se avecinaba.
Era la madrugada del 22 de julio de 1921 y una tormenta del desierto se
avecinaba para las tropas españolas.
Terror
e inseguridad, nerviosismo y temor era lo que mostraban las caras de los
soldados españoles. El miedo recorría aquella posición de esos hombres llenos
de piojos y garrapatas, sucios y despavoridos que habían oído historias crueles
de lo que aquellos moros, más pobres que ellos, hacían a los enemigos antes de
matarlos. Aquella silenciosa mañana en Annual, aquellos soldados destinados en África
se iban a encontrar con la macabra escena de la muerte, con su trágico destino.
Aquella mañana del 22 de julio se escuchó un lejano y solitario disparo que rompía
con la rutina. La calima era densa, apenas se veía con nitidez el horizonte
africano y lo que a los españoles nos faltaba a aquellos moros les sobraban.
Eran audaces, intrépidos y valientes, su brutalidad en el combate ninguno la
deseaba ni para su peor enemigo, no se rendían y gritaban. Los prismáticos,
entonces, comenzaron a apuntar hacia los montes y cerros cercanos, sin divisar
nada. Los oficiales estaban más inquietos que nosotros, más aun si cabe. Los
fusiles en posición de disparar que se movían acorde al ritmo que marcaban las
manos de aquellos que, como si estuvieran muertos de frio, temblaban
incesantemente. Pero no estaban muertos de frio, no, era de miedo.
Y
entonces, comenzó el baile. Tras ese tiro inicial, pasaron apenas 15 minutos de
silencio intranquilo, de calma insegura, de tragar saliva sin cesar sin ver
nada, se produjeron varios disparos seguidos que incluso alguno pegaba cerca en
los sacos terreros que nos protegían. Acto seguido, comenzó el incesante fuego,
una lluvia de balas y gritos que entremezclados con el ambiente enrarecido y el
polvo de aire, desembocó en tragedia y caos, en locura.
Salían
de todas partes, cabalgaban monte abajo desbocados y gritando. Los rifeños
disparaban a caballo. Nosotros no sabíamos ni que hacer, aun cuando aquellas
trincheras eran más bien una prisión de la que no podíamos salir. Las balas
volaban en todos los sentidos, los españoles caían sin saber ni tan siquiera
por donde les disparaban. Muerte y más muerte era lo que había. El suelo seco
de aquel verano comenzó a brotar rojo, charcos y charcos de sangre. Miradas vacías,
sin luz en los ojos que hace un rato brillaban. Los crucifijos en las manos de
esos pobres hombres que clamaban clemencia en hora final. Sesos esparcidos por
el suelo y gestos de pánico en aquellos cadáveres que eran masacrados sin
previo aviso y sin cesar. Los moros gritaban ferozmente, incluso aquellas voces
del terror se oían más que los disparos. Los españoles comenzaron a correr
hacia todos los lados, la retirada fue caótica. Tirando las armas y todo
aquello que les sobraba. Despavoridos y gritando también, los españoles salían
como podían, abandonando sus posiciones. Mientras las balas no paraban de
zumbar cerca de sus cabezas. Las posiciones en las que aún quedaba algún
resquicio para la heroicidad, eran asaltadas por aquellos moros que, sin
piedad, cegados por su ira despedazaban a todo aquel que se mantenía allí. Al
asalto, hombre contra hombre, puñaladas y disparos a quemarropa los españoles caían
como moscas sin poder defenderse ante tal avalancha de locos. Los moros en
busca del botín de aquellos pobres hombres, seccionaban manos para coger los relojes,
ya sin dueño, arrancaban dientes de oro, si es que alguno los tenía, cortaban
cabezas a diestro y siniestro, seccionaban los genitales de los españoles y se
los metían en la boca en perfecto ritual macabro. El ejército español corría,
no miraba atrás. Los moros avanzaban con el empuje de quien se sabe libre y
vencedor.
El
General Silvestre había caído también, como tantos otros, como miles de
españoles. La carrera desesperada de aquellos hombres era su salvación, la de
nadie más. Pues ante tal escena atroz, los españoles corrieron en un “sálvese
quien pueda”. En la marea de soldados españoles
que corrían, había también una gran lucha a codazos y empujones para
hacerse hueco entre ellos. Por detrás, los moros persiguiéndoles, disparando y
alguno corriendo entre el grupo español. Muchos españoles sin esperanza calaban
la bayoneta y combatían hasta el final, eran pocos sí, pero no quedaba otra
salida. El cuerpo a cuerpo fue infernal, abrumador, y los atacantes en
superioridad se enfrentaban a jóvenes que ante la muerte intentaban algún
estoque desesperado que lo salvase.
Cadáveres
eran lo que decoraba aquel camino. Chorreos de sangre incesante recorría el
suelo marroquí de Annual, a pesar del calor extremo. Cuerpos desvanecidos en la huida desesperada,
caras desorbitadas y cuerpos yacentes en el suelo con los ojos entreabiertos. A
los lejos seguían los gritos.
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| Ferrer Dalmau |
***
En
aquel caos, allí donde los máuser españoles apenas cumplían su función, entre
el desorden y el pavor, surgió, como no podía ser de otra forma, la
heroicidad. Estaba todo perdido, sí. Ya
no importaba nada. Pero fue entonces cuando otros locos se unieron al triste y
asqueroso concierto de la parca.
El
ejército español allí desplegado corre hacia melilla en un intento desesperado
por salvarse. Muchos hombres habían caído, unos 10.000, durante esa lamentable
jornada. Apenas ninguna unidad había mantenido el orden y la cohesión. La
desbandada fue eso, una desbandada. Sin ninguna esperanza de salir de aquel
infierno los españoles morían, uno tras otro, desde la colina disparaban unos
cuantos, se defendían como podían. Y entonces, apareció el Regimiento Alcántara.
Ante
aquel desastre, ante aquella situación, solamente una unidad mantenía la
firmeza. El Regimiento de Caballería de los Cazadores de Alcántara del teniente
coronel Fernando Primo de Rivera y sus hombres tenían la orden de cubrir y
proteger la retirada española, de intentar conducir a los españoles a un lugar
seguro que no estuviera al alcance de las acometidas enemigas. Y así fue.
En
aquella huida, hombres, armas, suministros son abandonados por el camino. Piezas
de artillería que los españoles dejan tras de sí para provecho enemigo.
Españoles degollados. Tripas y sesos decoraban aquella alfombra de arena.
Miembros desmembrados de sus cuerpos, mientras los carroñeros se frotaban las
manos a lo lejos a la espera de que todo terminase para darse el festín
deseado.
El
Regimiento Alcántara se despliega a lo largo de la columna española con la
orden clara y concisa de proteger al resto. La orden fue clara y quizá una de
las pocas ordenes claras que se diera durante aquella jornada. ¡Resistir y
resistir! Oficiales y suboficiales sabían lo que aquella acción conllevaba, lo
sabían bien.
Así,
de esta manera, aquel regimiento se lanzó en la retaguardia contra el ejército
rebelde. La primera carga fue atroz, brutal e increíble. Aquella acometida cargada
de odio y rabia sorprendió a las cabilas de Abd el-Krim, aunque cargaron
también valerosamente. Primo de Rivera
al frente, y su caballería con él, desenvainan los sables y se lanzan sobre el
enemigo. La acometida se produce a la altura del cauce del rio Igán. Logran
abalanzarse contra el enemigo al que causan varias bajas. Era la hora del sacrificio,
de honrar a la patria y de cumplir el juramento que a esta le hicieron. ¡España!
es lo que resuena en aquel grito con los sables alzados al sol. Una carga
frontal de una violencia tal que estremecía los corazones.
A
pesar del choque y las bajas causadas al enemigo, los españoles sufren
considerables pérdidas también. Se repliegan ordenadamente y vuelven a la
formación.
Así,
los moros, sorprendidos, observan cómo tras ellos se reagrupan nuevamente los
jinetes del Alcántara. Sin apenas descanso y viendo la situación, aun
peligrosa, de los españoles que huían, se reagrupan y se lanzan al ataque
nuevamente. Era la segunda carga de aquel regimiento, la segunda, sí.
Con
energía y rabia pero, sobre todo, con la convicción de cumplir con la misión
encomendada –una misión suicida, que bien sabrían cumplir- el diezmado
regimiento se lanza nuevamente contra los moros rebeldes. Eran menos que en la
carga anterior pero les quedaban fuerzas todavía. Las cornetas sonaban otra vez
marcando la orden de carga. El sol y el calor, los muertos y los disparos poco
importaban ya. El regimiento vuelve a cargar y en su avance vuelven a ser
disparados por el enemigo. A pesar de ello consiguen avanzar los que quedan
sobre los caballos sables en ristre y de frente al enemigo. Otra vez la
brutalidad de la carga es terrorífica y los rebeldes vuelven a plantar cara,
cayendo también alguno.
Muchas
bajas encajaron los españoles, muchísimas. Pero la heroicidad de su acción hace
sombra al sufrimiento, dolor y muerte que presenciaban. Sudor y sangre en aquel
polvoriento paisaje de la guerra. El uniforme verde era cubierto por el rojo de
la sangre, empapado por el sudor y tiznado de negro del polvo. Los pocos que
quedan del Alcántara vuelven a reagruparse como pueden, pues la huida española está
todavía cerca del alcance marroquí.
Contra
todo pronóstico, se reagrupan y forman. Dan media vuelta y se vuelven contra el
enemigo. Ya no van al galope, no. Al trote, esta vez, llegan hasta el enemigo y
se enfrentan a este. Los moros eran incapaces de entender lo que ocurría. Primo
de Rivera cae al suelo debido a que su caballo perece en aquella tercera carga.
Aun así, se produce el combate. Dan batalla.
Apenas
unos pocos quedan, entre ellos el teniente coronel Primo de Rivera y, viendo
aun el peligro que corría la infantería en aquella huida, como pueden, andando
o corriendo, otros a caballo, ni siquiera al trote ya, se reagrupan en aquella
retaguardia y vuelven a la carga. Heridos y moribundos, sin aliento casi, sin
mediar palabra, alguno se santigua incluso sabiendo el final de antemano, otros
miran al sol como sabiéndose ya con sus seres queridos, otros besan la foto de
su esposa que llevan en el bolsillo…, y todos, los pocos que quedan, cumplen
con su misión hasta el final.
En
aquella cuarta y última carga, el desaparecido Regimiento Alcántara, dejando el
honor y el nombre de su patria en buen lugar, se lanza con más rabia todavía a
por el enemigo. La batalla encarnizada no deja indiferente a nadie y con uñas y
dientes se produce el cruel combate. De los 461 hombres que cargaron aquel día
solamente sobreviven unos 70. La misión estaba cumplida y la retirada se pudo
finalmente cumplir. Sera en Monte Arruit, unos días más tardes, donde se
produzca otra batalla, esta vez defensiva, en sus fortificaciones.
Gangrena
y muerte. Gritos de dolor. Pánico. Todo eso era lo que predominaba en el Rif.
Un paisaje digno del infierno. Sangre y polvo abundaba en la calurosa y seca
geografía marroquí. La epopeya de aquel regimiento salvó el honor de España y
los españoles en una jornada en que unos 12.000 hombres dejaron allí su vida
gracias a la mala planificación de sus generales.
***
El
Informe Picasso pedía
responsabilidades, unas responsabilidades que no estaban dispuestos a dar el
rey ni el ejército y, ante ello, en 1923, el Capitán General de Barcelona,
Miguel Primo de Rivera, se levantó contra el gobierno de Alfonso XIII e impuso
una dictadura militar. Y en el año 2012, esta desdichada tierra que olvida a
sus héroes, en Real Decreto publicado en el BOE a fecha de 2 de junio, otorga
la más grande condecoración que pueda haber a los héroes del Alcántara “por el heroísmo mostrado en la jornada
conocida como Desastre de Annual”. ¡Por fin!
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