LA HISTORIA LLEGA TARDE, PARA VARIAR
Siempre llego tarde. Se decía mientras se miraba al espejo.
Otro día más intentando prepararse para la rutinaria monotonía.
No es por descuido. Es por costumbre.
La gente cree que la Historia es puntual, que se levanta
temprano, que camina firme entre fechas exactas y nombres bien escritos.
Mentira.
Yo me despierto cuando puedo. Cuando el ruido del mundo me
atraviesa la sien. Cuando los muertos empiezan a golpear desde dentro. Porque
no duermen. Nunca duermen. Ojalá durmiesen o al menos descansasen.
Me llamo Historia. Aunque ya lo sabéis. Sí, así, sin
apellidos. Historia a secas.
Y no, no soy una señora respetable, no soy la típica que se
viste con americana. Tampoco soy una musa desnuda bailando en mármoles blancos.
Soy una mujer vieja y atractiva a la vez, de esas que nadie sabe bien cuántos
años tiene, pero todos opinan sin haberla conocido.
Porque nadie llama a la Historia para nada hermoso.
El espejo está frente a la cama. Me mira antes de que yo
pueda mirarme. Me incorporo despacio. Me observo. No me reconozco. En mi cara
hay capas superpuestas: una guerra, una revolución, una mentira, una promesa
rota... En mis ojos hay siglos mezclados como alcohol barato. A veces creo que
soy joven. A veces me siento anterior al polvo. Esas impurezas las intento
disimular con el maquillaje del olvido, y es que intentar ser normal a veces me
hace pasar desapercibida.
Soy atractiva, dicen. Les atrae lo que creen que puedo
justificarles. Pero nunca se quedan cuando empiezo a hablar.
Me pongo un café, me enciendo un cigarro y toso. Siempre
toso con el primer humo. Es como la primera verdad del día. El humo sube, como
los muertos. No hay manera de que se quede abajo.
Hoy, como todos los días, saldré a la calle a recibir la
lluvia de mentiras, los insultos, los usos, los excesos, las apropiaciones
indebidas de mi cuerpo… porque soy un cuerpo. Sí. Por ello, me pisotean, me
fragmentan, me prostituyen en editoriales, parlamentos, tabernas y redes
sociales.
Me llaman cuando necesitan ganar. Me escupen cuando
estorbo. Nadie me lee, nadie me pregunta, pero, supongo, hay que seguir
adelante, como todo el mundo.
Salgo de casa. La escalera huele a pasado húmedo. En cada
rellano vive una versión distinta de mí. Una me llama traidora. Otra me
necesita. Una tercera me reescribe sin avisar.
La ciudad está llena de gritos. Gritos y silencios. A veces
no escucho, o eso intento creer.
Camino despacio. Como siempre. Las prisas no me sientan
bien. Ya he visto demasiadas estampidas.
Hoy vuelvo a llegar tarde al mundo, para variar. Abro los
ojos y recuerdo –eso que nadie quiere hacer- y aún me zumban las balas. No las
de ahora. Las viejas. Esas que nunca se van. Me duelen en la cabeza como una
resaca heredada, como si me las hubieran disparado directamente en los
recuerdos.
Nadie me escucha. Prosigo mi camino, me abrigo, me tapo
quizá. Disimulo e intento ser normal, una más.
En una esquina, un grupo de jóvenes alza una bandera. No
saben coserla. No saben doblarla. No saben de dónde viene el rojo que veneran.
Solo saben gritar. Y gritan fuerte. Con rabia heredada, con consignas copiadas,
con una furia sin archivo.
—¡Viva lo nuestro!
—¡Mueran los otros!
Y me pregunto si sabrán quiénes fueron los nuestros y
quiénes murieron de verdad.
Al otro lado de la plaza, otros jóvenes, otras banderas,
otras canciones robadas a otros muertos. Cambian los colores, los enemigos, las
sílabas del himno. Pero el odio es el mismo. El odio no tiene ideología. Tiene
pereza. Mis ganas se desvanecen en este falso mundo. Pero he de seguir. Quizá
algún día encuentre a la verdad. Quizá.
Camino entre ellos como un fantasma con zapatillas. Bueno,
lo intento. Uno me mira. Aunque suelo ser invisible casi siempre. Desapercibida
es la palabra.
—Tú no sabes nada de esto —me dice.
Sonrío. No contesto. Bajo la cabeza, me abrigo un poco con
la chaqueta raída fruto del paso del tiempo. Continuo mi camino.
Me acerco al Congreso. Allí me violan a diario con trajes
caros y palabras limpias. Dentro compiten a ver quién ha matado menos. A ver
quién recuerda peor. A ver quién manipula mejor mi cadáver.
—Nuestros muertos son más dignos.
—Los vuestros eran culpables.
—Nosotros pedimos perdón antes.
—Vosotros nunca lo hicisteis.
Y así con todo. Una ya se acostumbra. Una pasa de todo.
Me siento detrás, sola, con una libreta invisible, anotando mentiras como quien colecciona cromos. Todos tienen muertos que exhibir. Nadie tiene memoria que compartir.
Salgo de allí con náuseas. Me tiemblan las manos. Me
tiemblan siempre cuando usan los huesos como argumentos. Las fosas son mi
estómago. Me lo abren cada vez que hablan.
De tanto andar, paso por una de esas fosas. Tiene una placa
pequeña, mal escrita. Un nombre mal puesto. Una fecha dudosa. La exactitud solo
les importa para los discursos. Para los muertos no hay presupuesto.
Una anciana está allí. Limpia la piedra. No sabe
exactamente a quién busca. Solo sabe que alguien suyo está ahí. Yo le pongo una
mano en el hombro. No me ve. Pero llora un poco menos.
Encima de la piedra hay flores de plástico. Siempre flores
de plástico. Lo verdaderamente muerto no puede oler bien. Aquí nadie quiere
abrir nada. El pasado huele mal. Mancha. Salpica. Mejor taparlo con discursos y
una placa mal escrita.
Las balas del pasado siguen sonando. Ningún arma desaparece
del todo. Solo cambia de boca. Y yo aquí sola, no es que quiera estarlo, sino
que me han abandonado. Todos. Todos son iguales.
Atrás dejo las fosas, miro las paredes que me rodean.
Construidas con nombres. Escritos con sangre, tinta y, otros, con mierda. En mi
cabeza, junto a las balas guardo los gritos, las mentiras repetidas, las
cunetas… entonces lloro a escondidas. No
por debilidad. Lloro porque soy un archivo vivo y nadie sabe archivarme sin
mutilarme.
Entro en un bar. Pido algo fuerte. Me sirven leyenda.
Siempre me sirven leyenda. La gente prefiere que yo esté borracha. Cuando me
emborracho, me vuelvo fácil. Me repito. Me exagero. Me convierto en sermón
patriótico o en nostalgia rentable.
En la barra discuten.
—Con Franco se vivía mejor.
—Con la República hubiera sido distinto.
—Todo se arreglaba con mano dura.
—Todo se arreglaba con libertad absoluta.
Nadie estuvo allí. Nadie pasó hambre. Nadie escondió a
nadie. Nadie huyó… ya saben.
Pero todos opinan.
Me entra la risa. Y luego ganas de llorar.
A veces me emborracho. Lo confieso. Me meto en tabernas
donde todavía se cantan gestas falsas. Me sirvo una copa de leyenda. Dos de
mito. Tres de épica recalentada. Luego vomito héroes inflados y traidores
convenientemente mal colocados.
Salgo del bar. Veo a un chaval hacerse un selfie frente a una estatua derribada.
El pedestal está manchado de pintura. No sabe a quién correspondía. Le da
igual. Lo importante es la foto. La memoria hoy se mide en “me gusta”. El fondo
de la imagen: huesos. Filtro: sonrisa.
—Eso fue hace mucho —se dice.
—Eso ya no importa —repite.
—Eso lo usan los políticos —finaliza.
Y tiene razón. Usan la historia y se lo entregan a los
jóvenes envuelta en ignorancia.
Doblo la esquina, ahí estaban otra vez.
Los veo desfilar. Descerebrados de todas las banderas, con
la boca llena de consignas heredadas, gritando revoluciones que no vivieron y
defendiendo consignas que solo conocen por vídeos mal editados. Se creen dueños
de mí. Se reparten mis huesos como cromos.
—Mi república —dicen unos.
—Mi dictadura —susurran otros.
—Mi guerra, mis muertos….
Nadie dice nunca nuestros. Nadie pregunta por qué. Todos
presumen de no haber apretado el gatillo. Pero todos huelen a pólvora.
Yo no olvido. Yo nunca olvido. No porque sea perfecta, sino
porque estoy hecha exactamente de eso: de lo que no se fue.
Paso frente a una escuela. Están dando una lección sobre
mí. Yo, fuera. Ellos, dentro. Repiten fechas como robots. El profesor habla de
mí como si fuera un objeto. Como si yo no estuviera ahora mismo fumando en la
puerta.
—La Historia es objetiva —dice.
Me da la tos.
Objetiva… Me hice objetiva a base de que me desangraran
hasta quedarme sin bando. Me arrancaron las vísceras hasta que solo quedaron
datos. Luego me culparon por ser fría.
Nadie enseña a los niños que yo también siento. Que también
me equivoco. Que también he sido escrita por manos sucias y luego corregida por
manos valientes.
Nadie les dice que estudiar Historia no es memorizar
muertos, sino entender por qué siguen muriendo. Qué risa. La objetividad es una
cicatriz bien cerrada, no una virtud espontánea. Me hice fuerte porque no me
dejaron ser débil.
1492. 1936. 1789…. No entienden nada. Solo memorizan
cadáveres en fila.
Nadie les enseña a olerme. A tocarme sin guantes. A leerme
sin banderas. Nadie les cuenta que soy bella no por ser justa, sino por
incompleta. Que mi belleza está en la búsqueda, no en la consigna.
Por eso huyo de los gobiernos que no quieren memoria. Me
persiguen. Me esconden. Me recortan. Me convierten en asignatura optativa, en
relleno de discursos, en munición electoral. Dicen que mirar atrás es
peligroso. Lo peligroso es no mirar jamás.
Como veis, camino entre estatuas derribadas. Unos aplauden.
Otros lloran. Nadie estudia. El bronce es más importante que la verdad. Yo miro
los pedestales vacíos y me pregunto cuándo se cayó también el pensamiento.
Soy atractiva, dicen. Y me lo repito. Es algo que no
entiendo. Y todo porque prometo explicación. Pero cuando empiezo a hablar de
causas y consecuencias, de cobardías colectivas y responsabilidades
compartidas, la gente se cansa. Prefiere villanos claros. Héroes simples.
Blancos y negros, rojos y azules. Me quieren como película, no como documento.
Sigo caminando. Me cruzo con bibliotecas cerradas y
pantallas abiertas. Me prostituyo más en los vídeos de quince segundos que en
los archivos polvorientos. La velocidad me mata. Yo no sirvo para el clic
rápido. Yo soy una herida que necesita tiempo.
Llego a casa de noche. Siempre cansada. Me quito los
zapatos llenos de esas consignas pisadas. Me quito el abrigo de etiquetas. Me
miro al espejo, otra vez. Tengo arrugas hechas de guerras. Trincheras y surcos
que ni el colágeno tapa. Estrías hechas de revoluciones. La espalda cargada de
generaciones enteras que creen haber inventado todo. No hay fisios para mí. Suspiro y me masajeo la
sien.
Ya no me reconozco. Soy todas las versiones que han hecho
de mí.
La gloriosa. La vergonzante. La heroica. La criminal…. Soy
la amante del vencedor y la puta del derrotado. Me abro un vino, añejo, de los
que me gustan. Un coetáneo mío. Me sirvo otra copa.
Pienso en Clío y la desprecio por su pureza insolente. Siempre
tan limpia. Tan ordenada. Tan estéticamente agradable. Ella nunca pisa el
barro. Yo no soy una musa. Soy una puta de archivo. Me han usado todos.
También me distancié de Heródoto y Homero. Los quise. Los
respeté. Pero empezaron a contarme como si yo fuera un poema. Y yo no soy un
poema: soy una herida abierta que aprende a hablar. Heródoto me quiso curiosa.
Homero me hizo épica. Luego todos me convirtieron en propaganda. Mienten.
Pero, aun tengo esperanza.
Yo quería ser ciencia. Letras. Números. Archivo. Discusión
honesta. Me hicieron altar y vertedero. Quise ser independiente, pero no me
dejaron.
Sé que, algún día, alguien va a buscarme de verdad. No para
utilizarme. No para competir conmigo. Sino para entenderme. Un historiador o
una historiadora sin dueño, sin espada, sin partido. Alguien que me mire como a
una ciencia y no como a una trinchera.
Quiero ser independiente. Me lo dicen a menudo. “La
Historia debe ser neutral”. Neutral no es muda. Neutral no es cobarde. Neutral es
honesta. Y la honestidad cuesta caro. Yo, de hecho, lo pago con soledad.
Cojo la copa. Aún quedan un par de tragos. Me enciendo un
cigarro y me asomo a la ventana. La ciudad duerme. Los muertos no. Los muertos
nunca duermen, pienso. Están todos dentro de mí. Despiertos. Ordenados por
tragedias. Clasificados por silencios. A veces me pesan tanto que sueño con ser
olvidada. No por cobardía. Por descanso.
Pero luego recuerdo que olvidar no es descansar. Olvidar es
repetir sin saber por qué.
Y entonces aguanto.
Soy vieja. Soy atractiva. Soy incómoda. Soy necesaria.
Mañana volveré a llegar tarde. Volveré a recibir insultos
de los que se creen herederos de glorias que no sembraron. Volveré a ser usada
como piedra, como excusa, como arma.
Pero también está ese alguien. Siempre hay alguien.
La esperanza personificada, aquello que me repito cada día.
Una estudiante que abre un archivo por primera vez y
tiembla, un profesor que se salta el guion, una investigadora que desentierra
huesos sin gritar venganza o un lector que duda por primera vez de su propio
bando.
Por ellos sigo saliendo a la calle.
Yo no quiero banderas. Quiero preguntas. Yo no quiero
vencedores. Quiero causas y consecuencias. Yo no quiero que me amen. Quiero que
me comprendan.
Porque solo cuando se me comprende dejo de ser arma y
empiezo a ser herramienta.
Apago el cigarro. El humo sube una vez más. Como los
muertos. Como las palabras que nadie quiso escuchar a tiempo.
Me acuesto.
Mañana llegaré tarde. Como siempre. Pero llegaré. Me repito
antes de dormir. Una y otra vez.
Porque mientras alguien me piense sin miedo, yo, la Historia, seguiré viva.
Se me cierran los ojos.
Susurro. Al final, siempre queda el susurro.
Porque yo no soy el pasado. Yo soy el pulso que impide que
el mundo se repita a ciegas.

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