Clavijo

 

Nunca olvidaré aquella mañana.

Habíamos acampado, nos habíamos refugiado, entre colinas pedregosas y campos de encinas, al pie de los montes de La Rioja. La tierra olía a polvo seco y a hierba aplastada por las botas y los caballos. Durante la noche apenas había dormido. Nadie lo había hecho en realidad. Los hombres hablaban en voz baja junto a las hogueras, afilaban las hojas de sus espadas o miraban en silencio hacia el valle oscuro donde dormía el enemigo.

Yo venía de las montañas de Asturias, de un valle donde los inviernos muerden la piel y los hombres aprenden desde niños a vivir con poco. Allí el viento canta entre las rocas y el mar ruge contra los acantilados. Allí había crecido, y allí había oído por primera vez la palabra que nos había traído hasta aquel lugar: libertad.

El amanecer cayó sobre aquellos montes como una espada dorada. La niebla aún se aferraba a las encinas cuando tomé mi lanza y miré a mis hermanos de armas. Éramos hombres de la tierra de los astures y vascones, de León, de las montañas donde el viento sopla duro y la fe se agarra al pecho como hierro. Cuando el primer resplandor del alba apareció por el este, vi cómo la niebla se levantaba lentamente del valle. Era una bruma baja, como un velo que se retiraba del campo de batalla.

Entonces los vimos.

Miles.

Las tiendas, los estandartes, los caballos, las lanzas brillando con el sol naciente. El ejército enemigo ocupaba el valle como un mar oscuro. Desde nuestra posición en las colinas parecía interminable. Alguno se frotaba los ojos, otros miraban al cielo, alguno tragaba saliva. Era increíble aquel ejercito de los sarracenos.

El rey había pasado entre nosotros al alba. No habló mucho. No hacía falta.

Sabíamos por qué luchábamos.

Al fondo, de nuevo, el valle.

Ante nosotros, el horizonte hervía de estandartes enemigos. El rumor de sus tambores subía como un trueno lejano. Éramos menos, sí, pero en nuestros pechos ardía algo que no se cuenta con números: la certeza de que aquel día escribiríamos nuestra memoria en la tierra. Era eso o perecer como la misma hierba ante el peso de los caballos.

Y es que la noche anterior tuvimos muchas bajas, el enemigo también, pero éramos minoría. El rey Ramiro se fue a dormir y, sin embargo, a media noche corrían soldados de aquí para allá a socorrer al rey. Este con fiebres y sudores fríos se había levantado sofocado, dando la orden de que todo cristiano debía estar descansado pues a la mañana sería la batalla.

Santiago se repetía el rey como absorto. Santiago. Caminaba, se terminaba de ajustar su protección. Se apoyaba en un paje que lo ayudaba a montar su caballo. Clavó espuelas y su sequito le siguió en formación. Atrás quedaba su tienda.

Uno de mis compañeros escupió al suelo.

—Muchos —dijo.

Yo asentí, pero no sentí miedo. Tal vez porque todos sabíamos que aquel día no se trataba de números. Además, la suerte estaba echada. Todos sabíamos que un choque era inevitable.

Mientras mirábamos al horizonte, al brillo de aquellas lanzas y banderas mahometanas, llegó el rey. Cabalgaba despacio entre nuestras filas. No llevaba una armadura excesiva ni adornos de oro como los príncipes de los que hablan los juglares. Pero había algo en su mirada que hacía que los hombres se enderezaran cuando pasaba.

Se detuvo cerca de nosotros.

—Hoy no luchamos sólo por esta tierra —dijo—. Luchamos por todo lo que vendrá después. Luchamos por lo que amamos, ellos lo hacen por odio y codicia.

No hizo falta más.

Cuando se marchó, los hombres comenzaron a prepararse en silencio.

Apreté el cinturón de mi espada. Probé el peso de la lanza en mis manos. El escudo, de madera, cuero y hierro, colgaba de mi brazo izquierdo. Santiago, se murmuraba al paso del rey.

Y así fue apenas salió el sol…

Sonó el cuerno. Un sonido profundo que atravesó el aire frío de la mañana.

La línea comenzó a moverse. Bajamos del cerro como un torrente aquel cerro. Lentamente al principio, formando una larga fila de escudos y lanzas. A cada paso la tierra crujía bajo nuestras botas.

El enemigo también se movía.

Y a medida que nos acercábamos podíamos ver en sus caras la sorpresa, pues, aunque estaban formando y esperándonos quizá no creían que tardásemos tan poco en bajar. O tal vez esperaban ordenes de subir a buscarnos. Incluso otros creían en una rendición al ser ellos más en número para después… lo de siempre: nos desarman y nos pasan sus cimitarras por el cuello. Esta vez no.

Santiago.

Ese murmullo se tornaba en grito.

El rey tomaba las riendas.

Cada vez cogíamos más velocidad. El enemigo cerca. 300 metros. 100 metros.

—Por Santiago —gritó Ramiro.

Se elevan al cielo las espadas. Se acelera el paso. Las lanzas en ristre. Jinetes y peones en bloque.

—Por Santiago —respondimos al unísono.

Sus jinetes avanzaron primero, desplegándose como un abanico sobre el valle. Detrás venían sus infantes, filas densas de hombres armados con lanzas, arcos y espadas curvas que brillaban bajo el sol.

Durante unos momentos nadie habló.

El mundo parecía contener la respiración.

Y entonces comenzó la batalla.

Entonces… lo inevitable.

El choque fue descomunal. Hierro contra hierro, escudo contra escudo. Recuerdo el olor de la tierra removida, el grito de un compañero, el brillo de un alfanje que pasó rozándome la cara. Estertores de la muerte, agonía y gritos de supervivencia.

Un caos.

Relinchos de caballos atravesados por lanzas. Cuerpos yacentes descompuestos, pisados. Polvo. Barro. Sangre. Sudor. Dolor… y más dolor.

Los jinetes cayeron sobre nuestras líneas con un estruendo de hierro y gritos. Vi un caballo estrellarse contra un muro de escudos y derribar a dos hombres. Las lanzas bajaron como una tormenta de madera y acero.

Sentí el impacto de mi lanza contra un cuerpo y el retroceso en mis brazos.

El combate se convirtió en un torbellino.

Polvo.

Sangre.

Hierro.

Los gritos se mezclaban con el ruido de las armas chocando. Apenas podía distinguir amigos de enemigos entre el humo y la tierra levantada por los caballos.

A mi lado luchaba Martín, un hombre enorme de León. Lo vi derribar a un adversario con un golpe de escudo y luego clavar su espada con una fuerza que parecía capaz de partir una roca.

Pero también vi caer a muchos de los nuestros.

imagen ficticia generada con IA


La batalla parecía inclinarse hacia todos los lados al mismo tiempo.

En un momento creí que nuestras líneas se romperían. El empuje enemigo era enorme. Su número parecía interminable.

El cansancio y la fuerza del enemigo hacían mella. Resistíamos. La visión perdida. El desgaste. El sol…

Y entonces ocurrió algo que jamás olvidaré. Ocurrió algo extraño.

Un clamor recorrió nuestras filas. Primero como un susurro.

Luego como un grito. No sé quién lo gritó primero. Pero sé que algo cambió en ese instante.

Ese nombre antiguo, poderoso, que se repetía de hombre en hombre como una chispa que corre por un campo seco. Un nombre sagrado. Aquel grito que sin darnos cuenta habíamos repetido al bajar el cerro, ahora resonaba con fuerza en aquel valle de la muerte.

—¡Santiago!

—¡Santiago!

—¡Santiago!

Ese nombre se alzó sobre el estruendo. Y de pronto nuestra línea avanzó con una furia nueva, como si toda la cristiandad empujara desde nuestras espaldas. Los hombres avanzaron con una fuerza renovada. Nuestros escudos empujaron hacia adelante, nuestras lanzas encontraron huecos en las líneas enemigas.

Era como si una sola voluntad guiara a todo el ejército.

Los enemigos comenzaron a retroceder.

Primero paso a paso. Luego huyendo.

Después en desorden. Una desbandada.

Y es que en lo alto de aquel cerro se pudo ver una silueta de un jinete como legendario. No parecía ser de este mundo. El jinete alzó la espada, su caballo galopaba a una velocidad insólita. Portaba un estandarte cristiano. Vestía de blanco…

Al verlo, lo supimos. Aquel valle era nuestro.

Avanzamos.

Les perseguimos.

Aquel trueno radiante como el sol había desaparecido a lomos de su caballo blanco.

Los cadáveres llenaban el campo. Las tiendas mahometanas no existían. La victoria fue nuestra, justo cuando nuestras filas flaqueaban.

Sangre. Barro. Polvo… dolor y muerte.

Fue aquel jinete que se llamó Santiago quien nos ayudó.

Recuerdo subir una pequeña pendiente entre los cadáveres y las armas rotas. Desde allí vi cómo el valle entero comenzaba a moverse en retirada.

Sus estandartes se alejaban. Sus jinetes huían.

Cuando el sol ya estaba en lo alto, el campo era nuestro. El viento agitaba nuestras enseñas sobre el valle conquistado.

El combate había terminado.

Los supervivientes nos reunimos entre el humo y el silencio que siempre sigue a las grandes batallas.

Miré alrededor.

Muchos amigos no estaban.

Pero el valle, aquel valle que al amanecer parecía imposible de conquistar, estaba ahora bajo nuestras banderas.

El viento agitaba los estandartes sobre la colina.

Y mientras limpiaba la sangre de mi espada pensé que quizá, algún día, los hombres hablarían de aquella jornada como del día en que comenzó algo más grande que nosotros mismos.

El día en que los hombres de las montañas bajaron al valle… y vencieron.

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