España, la Independencia de EE. UU. y el precio de una ayuda no correspondida ¿Un error estratégico?

España, la Independencia de EE. UU. y el precio de una ayuda no correspondida ¿Un error estratégico?

 

¿Por qué España no debió intervenir más allá de la defensa de sus territorios y de los pueblos indígenas?

 

En este artículo se analiza desde una perspectiva crítica la participación española en la Guerra de Independencia de EE. UU. (1776–1783), cuestionando la narrativa habitual que la presenta como un gesto altruista o como un capítulo glorioso del Imperio español.

En este sentido, se plantea la hipótesis de que dicha intervención, lejos de beneficiar a España, allanó el camino para la expansión estadounidense, la pérdida de nuestros territorios en Norteamérica y la tragedia que posteriormente sufrieron los pueblos indígenas, cuya supervivencia había sido históricamente más estable bajo la administración española.

Se contrastan posturas historiográficas, se repasan los antecedentes, el conflicto, sus consecuencias y se llega a la conclusión de que España habría podido ganar permaneciendo neutral, limitándose únicamente a la defensa de sus fronteras y aliados nativos.

 


Introducción

Un “orgullo” equivocado

Mucho se ha hablado de la contribución hispana o española a la Independencia americana de las Trece Colonias, una ayuda materializada en la figura del héroe Bernardo de Gálvez. Esto es celebrado a menudo como un gesto decisivo contra la hegemonía británica en Norteamérica. Sin embargo, este relato puede ocultar un error estratégico ya que España contribuyó a crear un “aliado” que nunca le correspondió pues alimentó el relato de la Leyenda Negra para, posteriormente, arrebatarle los territorios americanos y abandonar –y perseguir- a los pueblos indígenas.

Es decir, en la hipótesis se expone que España no debió intervenir en la independencia estadounidense más allá de proteger sus dominios y a las naciones indígenas aliadas.

dicha intervención, lejos de beneficiar a España, allanó el camino para la expansión estadounidense, la pérdida de nuestros territorios en Norteamérica y la tragedia que posteriormente sufrieron los pueblos indígenas

Antecedentes

Un mundo imperial en tensión

El imperialismo británico y la presión sobre sus colonias

Para situarnos en el contexto americano, habría que desplazarse en el tiempo a los Pactos de Familia y la Guerra de los Siete Años, ambos hechos coetáneos.

En primer lugar, los Pactos de Familia fueron una serie de alianzas entre las monarquías de España y Francia, renovadas varias veces (1733, 1743, 1761) para contrarrestar el poder de Inglaterra. Con estos pactos se buscaba reforzar los lazos dinásticos (casa de Borbón) para intentar recuperar territorios perdidos. Como consecuencia, España se vio obligada a participar en guerras europeas y americanas, como la Guerra de los Siete Años (1756-1763), entre otras. A cambio de estos apoyos, España obtendría territorios –Nápoles, Sicilia o Parma- aunque, a veces, asumiendo costes como las pérdidas de Florida y la Colonia de Sacramento –compensada después con la Luisiana-.

Concretamente el ultimo pacto es el que nos interesa debido al contexto y su relevancia para con las Trece Colonias, pues se firmó en 1761, en plena guerra de los Siete Años.

La guerra de los Siete Años, a grandes rasgos, fue una serie de conflictos internacionales entre 1756 y 1763 para obtener el control sobre Silesia y la supremacía colonial en América del Norte y la India por parte de Gran Bretaña.

En América del Norte, Francia se encontraba en retroceso tras haber cedido en 1748 la fortaleza de Luisburgo. La rivalidad colonial entre Francia y Gran Bretaña se debía al control y disputa por las tierras situadas al oeste de los montes Apalaches. Francia quería frenar la expansión británica hacia el oeste. España, gracias a los pactos ya mencionados, se ve obligada a intervenir del lado francés en 1761.

Con respecto a España, Gran Bretaña había aumentado los agravios de modo considerable, como se muestra con el apresamiento arbitrario de buques españoles, establecimiento en Honduras o el aumento del contrabando, entre otras cosas. En este sentido, el gobierno de Carlos III no tuvo otra salida que buscar el acuerdo con Francia ante la necesidad de defenderse de la agresividad británica.

Tras la Guerra de los Siete Años (1756–1763), Gran Bretaña emergió como potencia dominante. Para pagar la enorme deuda del conflicto, desde Londres –la metrópolis- se aplicaron impuestos a las Trece Colonias (Stamp Act, Townshend Acts, por ejemplo), alimentando una tensión que desembocó en la ruptura. Una ruptura que se materializó en la Guerra de la Independencia (1775-1783), un conflicto armado que formó parte de la Revolución de las Trece Colonias, en la que las fuerzas independentistas estadounidenses derrotaron al Ejército británico del Reino Unido.

Las alianzas borbónicas entre España y Francia, los llamados Pactos de Familia, obligaban a que ambos reinos actuaran conjuntamente contra Inglaterra, como se ha visto. Es por ello que cuando Francia apoya a los revolucionarios americanos, España queda, en la práctica, empujada hacia el conflicto.

España y sus territorios en la Norteamérica del siglo XVIII

España, en el siglo XVIII, todavía controlaba: Florida (Occidental y Oriental), Luisiana, Texas, Nuevo México, Las Californias y gran parte del Suroeste de América del Norte (Arizona, Nevada, Utah, Colorado…), así como zonas de otros estados como Oregón, Washington, Idaho, Montana, Wyoming, Kansas y Misisipi. Esto era parte del Virreinato de Nueva España. Es decir, cuando estalla el conflicto entre las Trece Colonias y Gran Bretaña, España conservaba el Virreinato de Nueva España, dominio suyo que colindaba con el territorio en conflicto.

Eran territorios eran administrados por la corona y defendidos por presidios -alianzas con grupos indígenas- así como una política de frontera donde la convivencia era tensa pero regulada.

Se trata de una presencia en Norteamérica estratégica, no marginal, que desde hacía siglos era una realidad. O séase, por todos conocida.

¿Por qué entra España en la guerra?

Motivos oficiales:

  • Recuperar Gibraltar y Menorca.
  • Debilitar a Gran Bretaña. Enemigo de España.
  • Blindar y proteger sus territorios norteamericanos.

Según nuestra hipótesis:

España luchó por sus propios intereses territoriales, no por los estadounidenses, pues no reconoció su independencia hasta el final de la guerra. España ve amenazados, con el estallido del conflicto y por la cercanía al mismo, sus territorios, por lo que, además de estar aliada con Francia, también debe ser preventiva y hacer una guerra defensiva.

En realidad, España no “envió ayuda” desde la metrópoli -en el sentido romántico moderno-, sino que más bien lo que hizo fue movilizar las fuerzas ya presentes en sus territorios americanos. Un ejemplo de ello, el mas sonado quizá, es la participación de Bernardo de Gálvez –militar y político español, virrey de Nueva España- en la batalla de Pensacola (1781) la cual marcó la culminación del esfuerzo de España por reconquistar las Floridas del dominio británico.


El conflicto

España lucha en América… para beneficio de otros

 

Campañas decisivas

Bernardo de Gálvez toma Baton Rouge (1779), Mobile (1780) y Pensacola (1781).

La Armada española protege convoyes y bloquea suministros británicos.

Asedio de Gibraltar (1779–1783), que fracasa.

Estas campañas perjudican a Inglaterra, pero, a pesar de ello, no fortalecen a España. España, en este sentido, no saca redito o beneficio, no sabe aprovechar la situación.

 

Los Estados Unidos no son aliados

Aunque España combatiese del lado de las Trece Colonias, jamás se coordinó con Washington ya que EE. UU. deseaba tener acceso al Misisipi, expansionarse hacia el oeste –donde estaban las tierras españolas- y, consecuentemente –y de manera directa o indirecta- el debilitamiento de España.

España, lógicamente, deseaba lo contrario. Aunque no en este momento, en el siglo XIX se verá ya este distanciamiento fruto del choque de intereses cuando a EE.UU. no le quede más remedido que declarar la guerra a España para quitarle las ultimas posesiones ultramarinas que le quedaban.

Por lo que, como se ha ido viendo, desde el principio ambas potencias eran incompatibles. EE.UU. demostró no ser aliado de España, ya que nada más terminar la guerra su fijación fueron las tierras españolas, el llamado en la ficción “lejano oeste”.

 


¿Por qué España no debió intervenir?

Porque fortaleció a un futuro enemigo directo

Tras la guerra, EE. UU.

-        reclama navegación y derechos sobre el Misisipi,

-        firma tratados contra los intereses españoles (Treaty of San Lorenzo, 1795[1])

-        inicia una política expansionista que terminará arrebatando a España: Florida, Luisiana (comprada a Francia, pero basándose en el territorio español previo), Texas, Nuevo México, California, Arizona, Nevada y Colorado.

España contribuyó al nacimiento de la potencia que después absorbería la mitad de su imperio americano.

Entra en juego, pues, el concepto de Destino Manifiesto. Es decir, la creencia de que EE.UU. estaba destinado a expandirse por América del Norte en búsqueda de tierras y recursos, hasta lograr su actual forma continental mediante la colonización, compras (como Luisiana), tratados (el ejemplo de Oregón) y guerras (posteriormente con México) que le darán acceso al Océano Pacífico y vastos territorios, a menudo a costa del desplazamiento forzado de los pueblos indígenas, como se verá a continuación.

Porque aceleró la tragedia indígena

Bajo dominio español, los pueblos indígenas del norte vivían en:

-        alianzas militares,

-        acuerdos de paz,

-        misiones (polémicas, pero integradoras) y

-        comercio regulado.

Con la expansión estadounidense se inicia un proceso muy distinto –distinto incluso de las películas de indios contra vaqueros-:

Desposesión, deportaciones (Trail of Tears[2]), exterminio cultural y militar.

La política española hacia los indígenas, pese a sus defectos, no fue genocida, mientras que la estadounidense sí incluye episodios con ese carácter, como señalan autores como Roxanne Dunbar-Ortiz. España, evitando la Leyenda Rosa, realizó políticas de integración hacia los súbditos de su corana.

Porque alimentó la Leyenda Negra moderna

Paradójicamente, EE.UU. acogió con entusiasmo la propaganda anti-hispana de matriz anglosajona.
En este sentido, la ayuda española no evitó –entre otras cosas-:

-        caricaturas racistas de españoles,

-        la narrativa de un EE. UU. “libertador” frente a un “despótico” imperio español y

-        el olvido sistemático del papel de Gálvez y España en su independencia.

España ayudó a su propio difamador, y futuro enemigo.

Porque no se recuperó lo que se buscaba

España quería:

-        Gibraltar,

-        Menorca y, sobre todo,

-        seguridad fronteriza

mientras que el resultado fue distinto:

-        Gibraltar perdido,

-        Menorca en el aire (ida y vuelta) y

-        fronteras más expuestas que antes.

O séase, un rendimiento desastroso.

 

Consecuencias

El precio del apoyo a las Trece Colonias

 

La Doctrina Monroe (1823)

La doctrina es básicamente el ya conocido por todos “América para los americanos.” Cuya traducción real es: Europa fuera; España, por supuesto, también.

Los mismos que recibieron apoyo directo de Gálvez declararon que España era una potencia intrusa. Y no es casual pues por estas fechas se independizaban la mayoría de los territorios españoles en el continente americano, siendo el culmen y ocaso los años 1824 (Ayacucho) y 1829 (Tampico).

Se sabe además que, mientras el continente americano ardua, EE.UU. intervino apoyando y promoviendo la sublevación de distintos territorios en el norte de América, como la Florida Occidental, Florida Oriental y Texas. Todo ello a través de expediciones de voluntarios liderados por generales estadounidenses. Florida occidental fue anexionada de inmediato (1810). Esto es tan solo un ejemplo. El resto de posesiones como se ha mencionado, irán cayendo unas tras otras mediante la venta, sublevaciones y motines…, ante un gobierno español corrupto e incapaz de defender sus intereses –no por coraje y valor de sus soldados, sino por la traición de los políticos-.

Se produce, así, el inicio de la pérdida del imperio español en América del Norte que se hará efectivo a lo largo del siglo XIX. Y es que EE.UU. se anexionará todos los territorios españoles del norte.
Culminada su expansión y asentamiento en América del Norte, solo quedaba la puntilla. Y es que las posesiones españolas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas –entre otras- también “molestaban” y suponían un peligro estratégico para los intereses de EE.UU. La consecuencia ya la sabemos, la declaración de guerra con la excusa –y casus belli- del Maine.

EE.UU. había estado alimentando rebeliones e insurrecciones en América, apoyando las independencias y financiando campañas, como se ha visto, sin embargo, en abril de 1898 explota un barco americano –el acorazado Maine- que “casualmente” estaba allí y se culpa a España –aunque el informe demostró lo contrario-. Acto seguido EE.UU. declara la guerra a España.

El genocidio indígena del Oeste

España había mantenido un sistema de alianzas y misiones que, aunque discutibles, no implicaban exterminio sistemático. Estas alianzas, misiones, presidios… hacían estable la zona, al menos controlable y se podía convivir.
EE. UU., libre tras su victoria frente a Gran Bretaña, ejecutó políticas de:

-        deportaciones masivas,

-        confinamiento en reservas,

-        asesinatos (Sand Creek, Wounded Knee…) y

-        destrucción cultural sistemática.

Todo ello como meros ejemplos, de igual forma que ocurrió sobre todo en Filipinas y en menor medida en Cuba y Puerto Rico. Y es que la persecución, el genocidio y la destrucción cultural son parte del modus operandi estadounidense como se viene repitiendo de un tiempo a esta parte.

En la TV, la radio, y en la literatura en concreto, se nos ha presentado el “western” las películas de “indios y vaqueros” o el “lejano oeste” como un género del séptimo arte, de la literatura americana… algo que se asentó en el ideario colectivo como unos vaqueros buenos y unos indios salvajes, justificando, o posicionándonos, sin darnos cuenta aquella expansión a costa de los nativos e indígenas. Davy Crockett y su Álamo, el Séptimo de Caballería… son ejemplos de aquellos héroes americanos que nos han vendido sobre una época en la que supuestamente EE.UU. se defendía de otras amenazas.

Para entonces, en las reservas morían aquellos indios de plumas en la cabeza, o debían huir para salvar a su familia y con ella a su identidad.

La intervención española, al debilitar a la potencia británica en la región, facilitó su expansión territorial posterior. Es decir, que España ayudó a EE.UU. pero nadie ayudó a España una vez el yugo británico quedó fuera de América del Norte. Al contrario, EE.UU. actuó como un oportunista y una vez vio el terreno a su favor, con una España débil –sobre todo desde el gobierno-, actuó.

 

Conclusiones

Una victoria que fue una derrota

España se equivocó de aliados ya que debido a los Pactos de Familia se enfrentó a Inglaterra ayudando, así, a Francia e indirectamente a EE.UU. Todos ellos usaron a España en su favor para beneficiarse de su ayuda, sin embargo, en muy poco tiempo, tanto Francia, Gran Bretaña y EE.UU. financiaron y apoyaron de un modo u otro los movimientos insurreccionales que tendrían como consecuencia la independencia de Hispanoamérica de su “metrópoli” en diversos países.

El haber ayudado a EE.UU. en parte se debe a la defensa de las fronteras españolas, pero, a la larga, será un gran error ya que EE.UU. se hará potencia hegemonice en América de donde expulsará, en primer lugar, a los españoles arrebatándoles sus territorios y, consecuentemente, anexionándoselos y, después, a los indígenas a quienes expulsará, deportará y en el peor de los casos asesinará, eliminando su cultura e identidad.

España ganó batallas, pero perdió el futuro.

Fortaleció a un aliado que no lo era, debilitó a otro enemigo histórico –Gran Bretaña-, permitió el ascenso de una potencia expansionista y dejó desprotegidos a los pueblos indígenas con los que había convivido durante siglos.

La hipótesis,  por tanto, cobra sentido histórico ya que España no debía haber intervenido salvo para defender sus presidios y sus aliados nativos.
Una política de neutralidad habría evitado, o retrasado enormemente, la pérdida de sus territorios y el drama humano del Oeste estadounidense. Además, se hubiera contrapuesto al poder estadounidense –aún en fase inicial- y contrarrestado su expansión.

Al alardear de nuestro apoyo a las Trece Colonias estamos contribuyendo, sin darnos cuenta, al relato de la Leyenda Negra ya que la persecución de los indígenas es fruto de aquella guerra de independencia y el expansionismo posterior. Aunque, suponemos, eso no se sabía en aquel momento.

Bibliografía recomendada

Autores hispanistas

Thomas E. Chávez — Spain and the Independence of the United States

Manuel Lucena Salmoral — El régimen colonial español en América

Bernardo Ares — La participación española en la Independencia de los Estados Unidos

Enrique García Hernán — España y la Independencia Americana

Historia indígena y crítica a la expansión estadounidense

Roxanne Dunbar-Ortiz — An Indigenous Peoples’ History of the United States

Pekka Hämäläinen — The Comanche Empire

Dee Brown — Bury My Heart at Wounded Knee

Historiografía crítica estadounidense

Howard Zinn — A People’s History of the United States

Noam Chomsky — Year 501: The Conquest Continues



[1] El tratado de San Lorenzo de 1795 (también conocido como tratado de amistad, límites y navegación o tratado de Pinckney en los Estados Unidos) fue firmado por España y los Estados Unidos para definir las fronteras entre los Estados Unidos y los territorios españoles en Norteamérica y regular los derechos de navegación en el río Misisipi.

[2] Sendero de Lágrimas. hace referencia a la reubicación forzada de miles de pueblos indígenas (Cherokee, Choctaw, Chickasaw, Creek y Seminole) de sus tierras ancestrales en el sureste de Estados Unidos hacia el Territorio Indio (actual Oklahoma)

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