Las expulsiones de 1492 y 1609: religión, política y la búsqueda de la unidad en la Monarquía Hispánica

 Las expulsiones de 1492 y 1609: religión, política y la búsqueda de la unidad en la Monarquía Hispánica

 

La expulsión de los judíos en 1492 y la de los moriscos entre 1609 y 1614 constituyen dos de los episodios más debatidos de la historia de España. Con frecuencia se han reinterpretado desde ópticas ideológicas contemporáneas, reduciéndolos a actos de intolerancia o racismo. Sin embargo, un análisis histórico riguroso revela que ambos procesos respondieron, ante todo, a razones de índole política, religiosa y de seguridad interior, en el contexto de la construcción de un Estado moderno y la consolidación de la Monarquía Hispánica.

 

Introducción

Pocas decisiones de la historia española han sido objeto de tanta controversia como las expulsiones de judíos y moriscos, entre las más sonadas.

Y es que en el imaginario moderno se les asocia a una España intolerante o retrógrada, por mencionar algunos calificativos, sin embargo, tales interpretaciones suelen ignorar el contexto geopolítico, religioso y social del siglo XV y XVI. Porque el contexto es importante además de tener claro que no debemos ver la historia con ojos del presente.
La unidad política y espiritual del reino era entonces un objetivo esencial para los Reyes Católicos y sus sucesores, quienes entendían que la cohesión religiosa equivalía a la estabilidad política. Las expulsiones no fueron, por tanto, actos de odio étnico, ni racial o identitario, sino medidas de Estado en una época en que la religión era el eje estructurador del poder y la identidad colectiva.

La expulsión de los judíos en 1492 y la de los moriscos entre 1609 y 1614 constituyen dos de los episodios más debatidos de la historia de España 

Contexto y causas de la expulsión de los judíos (1492)

En el tema judío hay que destacar que no fue único de España –quizá uno de los países donde más tarde se les expulsó- y fue un tema muy meditado y debatido. Así, el Edicto de Granada, firmado el 31 de marzo de 1492 por los Reyes Católicos, ordenó la salida de los judíos que no aceptaran la conversión al cristianismo. Es importante señalar que no se trató de una medida repentina, sino del desenlace de un proceso largo y complejo.
En este sentido, durante la Edad Media, la presencia judía en la Península había sido constante y, en muchos casos, próspera. Sin embargo, la fractura social generada por las conversiones masivas que hubo en el siglo XIV creó una nueva categoría: los conversos o cristianos nuevos, muchos de los cuales continuaban practicando el judaísmo en secreto (criptojudíos). Esto generó desconfianza y derivó en conflictos sociales, exacerbados por rivalidades económicas y tensiones religiosas, en muchos casos.

En 1478 se instaura el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, fundado por los Reyes Católicos y controlado por la corona, que tenía el objetivo precisamente de controlar y perseguir estas prácticas clandestinas para preservar la ortodoxia. Finalmente, tras la toma de Granada y la culminación de la unidad territorial, los Reyes Católicos decidieron unificar también el ámbito religioso, entendiendo que la permanencia de comunidades no cristianas suponía un obstáculo para la cohesión del reino.

No obstante, el edicto ofrecía dos opciones. Por un lado, la conversión al cristianismo, con la conservación de bienes y derechos o, por el otro lado, la salida del territorio, llevando consigo sus pertenencias. Muchos eligieron convertirse y otros, alrededor de 100.000, marcharon hacia Portugal, el norte de África o el Imperio Otomano, entre otros lugares.

Es crucial subrayar que España no fue la primera ni la única en expulsar a los judíos, como se ha mencionado. En este caso, Inglaterra lo había hecho en 1290, Francia en 1306 y 1394, y varios estados alemanes e italianos también habían tomado medidas similares, entre otros tantos ejemplos. Y es que el hecho de que se insista en la singularidad española responde, más a menudo, a lecturas ideológicas que a la realidad histórica comparada.

la permanencia de comunidades no cristianas suponía un obstáculo para la cohesión del reino 



La expulsión de los moriscos (1609-1614)

Un siglo y poco después nos encontramos con otro problema similar, los moriscos. El problema de los moriscos —descendientes de musulmanes convertidos tras la caída del Reino de Granada en 1492— se había convertido en una cuestión de Estado.
Aunque oficialmente cristianos, muchos mantenían sus costumbres, lengua y religión en secreto, formando comunidades cerradas especialmente en el Reino de Valencia, Granada y Aragón. Ello favorecía algaradas, discrepancias, revueltas sociales….

La Rebelión de las Alpujarras (1568-1571) fue el primer gran síntoma del conflicto. En plena política de asimilación promovida por Felipe II —que prohibía el uso del árabe y las vestimentas tradicionales—, los moriscos se alzaron en armas. La revuelta fue sofocada con extrema dureza por los tercios españoles bajo el mando de don Juan de Austria.
A pesar de la victoria, la desconfianza persistió ya que se temía que, en caso de invasión otomana o berberisca, los moriscos pudieran actuar como quinta columna dentro del territorio peninsular, como puente.

Sin embargo, a pesar de ello, será durante el reinado de Felipe III, y bajo la influencia del duque de Lerma, cuando se decidió la expulsión progresiva de los moriscos entre 1609 y 1614, iniciándose en Valencia. A diferencia del caso judío, esta expulsión fue total y no se ofreció la opción de permanecer mediante conversión, ya que la mayoría lo eran ya nominalmente.

Las consecuencias económicas fueron graves, sobre todo en el Levante, donde los moriscos constituían buena parte de la mano de obra agrícola.

El problema de los moriscos —descendientes de musulmanes convertidos tras la caída del Reino de Granada en 1492— se había convertido en una cuestión de Estado 


Conclusiones

Las expulsiones de 1492 y 1609 deben entenderse en su contexto político y religioso, no desde los valores del siglo XXI. Ambas respondieron a una concepción del Estado que equiparaba unidad religiosa con unidad nacional y que consideraba la diversidad confesional una amenaza potencial para la estabilidad, en un tiempo donde la religión era el vínculo con el pueblo.
Reducir estos hechos a actos de racismo o fanatismo es desconocer el marco mental de la época, en el que la religión no era una elección privada, sino un elemento estructural del orden social.

España, al igual que otros reinos europeos, actuó movida por la lógica de su tiempo, es decir, la de la unidad frente a la disgregación. Las expulsiones, con sus luces y sombras, formaron parte de ese proceso de consolidación del poder político y de la identidad cultural de una monarquía que aspiraba a ser una y católica.

En definitiva, no se trató de “odio”, sino de razón de Estado en un mundo en el que la religión, la política y la seguridad formaban un todo inseparable.

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