El día que España perdió su imperio: la guerra que nunca debió ser

El día que España perdió su imperio: la guerra que nunca debió ser

 


En 1898 España perdió las últimas piezas de su imperio ultramarino: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El detonante fue la misteriosa explosión del acorazado estadounidense USS Maine en el puerto de La Habana, atribuida sin pruebas a España y utilizada por Estados Unidos como excusa para declarar la guerra.

Fue el inicio de una agresión planificada, revestida de patriotismo, que terminó con la humillación nacional en el Tratado de París. Aquella derrota no solo significó el final del poderío colonial español, sino también una amarga sensación de traición por parte de la élite política que, con cobardía, vendió la sangre de los soldados y el sacrificio de quienes resistían en ultramar por unas miserables monedas.


 

El hundimiento del Maine: un casus belli prefabricado

Era un 15 de febrero de 1898 y el acorazado estadounidense USS Maine explotó en el puerto de La Habana. Murieron más de 250 marineros norteamericanos. Sin esperar una investigación seria, la prensa sensacionalista de EE. UU. —el ya conocido "yellow journalism" de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer— señaló inmediatamente a España como culpable.
Años más tarde, investigaciones independientes apuntaron a que la explosión probablemente fue causada por un accidente interno en las calderas o en los depósitos de carbón. Pero ya era tarde: la maquinaria belicista estaba en marcha.

El hundimiento del Maine sirvió como excusa –buscada y deseada- de los EE.UU. para declarar la guerra a España. Una excusa que funcionó, como unos años después funcionaria en las dos guerras mundiales. EE.UU. se estaba expandiendo y la doctrina Monroe –de 1823- debía aplicarse en toda América. España, en resumen, molestaba.

En este sentido, durante el proceso de independencia cubana con respecto de España (1895-1898), EE.UU. tenía estratégicamente situado su acorazado cerca de Cuba. Así, como se ha visto, EE.UU. intervino militarmente en Cuba mientras declaró la guerra a España.

 


La guerra hispano-estadounidense: David contra Goliat

España y EE.UU. se complementaban, históricamente hablando, y también se podían comparar, aunque no con los mismos resultados, de manera inversa. El siglo XIX fue crucial para ambas naciones, sin embargo, una estaba en declive y la otra en pleno crecimiento.

El siglo XIX representó para España su declive como potencia –invasión de Napoleón, pérdida del imperio ultramarino en América…- mientras que para EE.UU. representó lo contrario, el siglo XIX para EE.UU. fue un siglo de cambio que lo alzaba como potencia mundial tanto económica y política, como financiera, militar, industrial….

EE. UU., que no había participado en el reparto de África (ni de Asia), desde principios del siglo XIX había llevado a cabo una política expansionista en América, sobre todo, fijando su área de expansión en el Caribe y, en menor medida, en el Pacífico, donde su influencia ya se había dejado sentir en Hawái y Japón. Estos intereses chocaban con los reductos de territorios españoles –Cuba y Filipinas, sobre todo, Puerto Rico…-.

A pesar de ello, EE. UU. sabía la situación de España y no iba a dejar escapar la oportunidad de rapiñar los restos del imperio que quedaban en América y Asia.

El 25 de abril de 1898, Estados Unidos declaró la guerra a España. El enfrentamiento fue breve y desigual. Como se ha mencionado, España estaba en decadencia mientras que EE. UU. se erigía como potencia industrial y marítima o naval, primeramente y, en apenas 30 años, en potencia política y económica.
España contaba con soldados muy valientes y oficiales que lucharon con honor en Cuba y Filipinas, pero se enfrentaban a un enemigo mejor armado, con recursos infinitamente mayores y con el viento de la propaganda a favor. Además, la política española era el primer signo de esa decadencia, era la cúspide de la pirámide, la cara visible. La mayoría de los estudios establecen (entre comillas y, en muchos casos, de frente) que la primera traición –y paso hacia la decadencia- proviene de los diversos gobiernos de España que no supieron y no quisieron afrontar la situación a la que se enfrentaban. Tras ello, se puede ver que las fuerzas eran dispares y de igual forma ocurría con el armamento. A pesar de ello, España podría haber hecho frente a EE.UU., pues las fuerzas en combate eran similares en número, cosa que no hizo.

España en apenas unos meses había perdido la guerra, una guerra que se podía haber peleado. Pues si la guerra comienza en abril, en agosto España trataba de negociar la paz –que se haría efectiva entre octubre y diciembre (Tratado de Paris)-. Una España derrotada primeramente por su corrupción y decadencia y, después, fruto de ello, por su aislamiento internacional, sin apenas aliados.

El siglo XIX representó para España su declive como potencia 

El Tratado de París: traición y humillación

El tratado de Paris puso fin a la guerra hispano-estadounidense. Un tratado vergonzoso ya que España se rendía sin honor alguno, además que, en comparación, el tratado era desigual.

El 10 de diciembre de 1898 se firmaba el Tratado de París. España entregó Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, todo ello a cambio de 20 millones de dólares, una cifra irrisoria en comparación con el valor humano, estratégico y económico de los territorios perdidos. Pero que pone de manifiesto la corrupción, dejadez y decadencia de las instituciones políticas de España.
Las élites políticas españolas prefirieron vender lo que quedaba del imperio antes que prolongar la resistencia de los soldados que aún luchaban con coraje. La patria se vendió al mejor postor.

En resumidas cuentas, el Tratado supuso:

El fin de la guerra y de la presencia española en América y Asia.

La renuncia de España sobre los derechos de Cuba que declaraba su independencia (bajo el “amparo” de EE.UU. que estuvo presente hasta 1902 aproximadamente).

El traspaso de Puerto Rico y Guam: Estas islas fueron entregadas a Estados Unidos.

Venta de Filipinas: El archipiélago de Filipinas fue vendido a Estados Unidos por 20 millones de dólares. Esto supuso un gran descontento que condujo a una nueva guerra entre Filipinas y EE. UU.

Surgimiento de EE. UU. como potencia mundial al consolidarse su influencia e imperialismo en América y Asia.

Descontento de los territorios “independizados”. Su representación en el marco de las negociaciones y acuerdos de paz no se tuvo en cuenta.

Las conversaciones de paz tuvieron lugar en París, con una clara desigualdad de poder entre España y Estados Unidos, que contaba con una clara superioridad militar y, a partir de ese momento, influencia política. España solamente acató, no peleó ni intentó nada más. Todo ello mientras los españoles combatían salvando el honor de su patria y la imagen de sus políticos.

 

El precio de la derrota: fin del Imperio, inicio de la irrelevancia

La pérdida de 1898 significó el derrumbe definitivo del Imperio español y el inicio de una profunda crisis moral, política y social. La "Generación del 98" lo plasmó en su literatura y pensamiento: España debía reinventarse o resignarse a la decadencia. Así lo mostraron autores como Unamuno, Azorín, Valle-Inclán, Pio Baroja, Machado o Maeztu entre otros.

Preocupación por España:

Estos autores reflexionaron sobre la decadencia de España, cuestionaron la Restauración y la crisis moral de la época, y propusieron una renovación del país. Con ello, rechazaban lo anterior –conformismo y falta de espíritu- para romper con las formas literarias clásicas y establecer una renovación a través de la literatura –a través de la novela y el ensayo-.

Mientras tanto, Estados Unidos se consolidaba como potencia imperialista, aplicando su doctrina del “Destino Manifiesto” y proyectando su influencia sobre América y Asia. Se consolidaba la Doctrina Monroe –América para los americanos- y emergía un gigante dormido que tenía todo muy bien atado. Pues en apenas unos años, sobre todo tras la I Guerra Mundial, EE.UU. se alzará como principal potencia militar, política, industrial, económica…

 La pérdida de 1898 significó el derrumbe definitivo del Imperio español 

Conclusión: una lección amarga

    El 98 no solo fue una derrota militar, sino también una muestra de cómo la manipulación mediática y la cobardía política pueden condenar a una nación entera.

España perdió su imperio no tanto por la fuerza del enemigo, sino por la falta de visión y dignidad de sus propios gobernantes.
La historia del Maine y la guerra hispano-estadounidense sigue siendo un recordatorio de que los imperios no siempre caen por la espada, sino también por la mentira y la traición. Sobre todo, y más bien, por la usura y la codicia.

El 98 deja tras de sí una nueva realidad, España debía dejar paso a una potencia que emergía con fuerza, abandonaba sus territorios –que desde el siglo XVI eran españoles- y ponía de manifiesto lo que se avecinaba para el siglo XX, un nuevo orden mundial dictado por EE.UU.

España dejaba atrás todo sin intentar defenderse, cegada por la decadencia de sus políticos, no tanto de la valía de sus soldados, quienes sí que dieron la cara. Surgía una nueva potencia, imperialista y colonizadora, y, a nivel cultural, la Generación del 98 que proponía un cambio de mentalidad manifestando en sus obras el malestar general de toda la nación.

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