España contra sí misma: una lectura quijotesca

España contra sí misma: una lectura quijotesca

 

Introducción

Pocas obras han sido capaces de sobrevivir al paso del tiempo como el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Leída como una parodia de los libros de caballería, una meditación sobre la locura, o una crítica profunda a la sociedad de su época, la obra de Cervantes no ha dejado de transformarse con cada generación.

Pero hay una lectura, quizás inevitable –necesaria si se quiere- para quien ha crecido bajo el peso de la historia española, que convierte al Quijote no solo en personaje, sino también en un símbolo: símbolo de un país dividido, desgarrado entre sueños e imposibles, entre la España que mira hacia atrás y la que anhela un futuro distinto…

Esta teoría, que aquí propongo, parte de una intuición: Don Quijote representa la eterna lucha entre “las dos Españas”, como ya analizaran diversos y pretéritos autores –yo, a su lado, soy un mero aprendiz-. No solo a través de la dualidad entre el caballero andante y su escudero, sino dentro del propio protagonista: la escisión entre Alonso Quijano, el hidalgo cuerdo, y Don Quijote, el caballero loco.

Esa lucha interna, entre lo que somos y lo que quisiéramos ser, entre la realidad árida y el delirio esperanzado, entre la realidad y lo soñado, puede leerse como una metáfora poderosa del alma dividida de España –no solo de antaño sino de hoy-. A lo largo de este ensayo, exploraré cómo esta división ha sido interpretada a lo largo del tiempo, y por qué el Quijote sigue siendo, aún hoy, un reflejo inquietante de nuestras propias fracturas.

 Pocas obras han sido capaces de sobrevivir al paso del tiempo como el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha


Alonso Quijano contra Don Quijote.
Una batalla interior

 

Antes de lanzarse al camino con lanza y armadura, Don Quijote fue Alonso Quijano, o séase, un hidalgo de mediana posición, lector empedernido, y en apariencia tan sensato como cualquier vecino del lugar. Pero algo ocurre -¿lectura excesiva?, ¿ansias de sentido?, ¿hambre de justicia?...- y ese hombre supuestamente cuerdo se transforma en el caballero andante que cambiará la historia de la literatura. Para siempre.

Este desdoblamiento no es solo un recurso literario, sino un retrato psicológico de una escisión interna, una evolución también o cambio de mentalidad.

Quijano no enloquece por completo: su locura es parcial, intermitente, profundamente humana. A veces sabe quién es, a veces no. A veces se deja arrastrar por la fantasía, y otras la contempla con distancia irónica. Este vaivén entre realidad e ilusión refleja una tensión muy española: la de un país que oscila entre la resignación y la utopía, entre el desencanto histórico y el impulso por reinventarse.

Y así nos va, no sabemos si vamos o venimos, si existimos si quiera.

Así como España ha vivido siglos de contradicciones -entre el progreso ilustrado y el peso de la tradición, entre el catolicismo y las vanguardias rebeldes, entre imperios y repúblicas-, en Don Quijote conviven dos almas en pugna.

Quijano es, en este sentido, la España del pasado: sensata, contenida, estructurada. Don Quijote, por el contrario, es la España soñadora, radical, desbordada… Una no puede existir sin la otra. La lucha no es entre el bien y el mal, sino entre dos formas de entender la vida, la historia y la identidad –individual y nacional-.

Antes de lanzarse al camino con lanza y armadura, Don Quijote fue Alonso Quijano, o séase, un hidalgo

Este conflicto interior -revelado en los momentos de lucidez del caballero, en su melancolía, en la forma en que muere: volviendo en sí- es también una tragedia nacional: la imposibilidad de reconciliar los sueños con la realidad. Y quizás, como le ocurre al propio Quijote, esa imposibilidad sea la clave de nuestra grandeza y nuestro fracaso.

Todo ello, recordemos, en un contexto de auge y esplendor de la Monarquía Hispánica, con muchas guerras también, tanto internas como externas, donde España no se cuestionaba más, pues sabia quien era.

 

Dualidades eternas.
El Quijote como espejo de las tensiones españolas

 

Una de las grandezas de Don Quijote de la Mancha es su capacidad para articular dualidades universales en una clave profundamente local, es decir, en una clave de un solo personaje y su némesis, antagonista...

La novela se construye a base de contrastes, no solo entre Quijote y Sancho, sino entre visiones del mundo que siguen definiendo el alma española. El idealismo frente al realismo, la tradición frente al cambio, el campo frente a la ciudad, lo heroico frente a lo burocrático…, es decir, son polos opuestos que no se anulan, sino que conviven, se rozan y se desgastan mutuamente, se complementan incluso, para dar sentido a la vida en la que viven.

 

A.   Idealismo vs. Realismo

Don Quijote ve gigantes donde hay molinos, pero también es una alegoría y ve causas justas donde hay injusticia callada. Su locura, en este sentido, es una forma de lucidez moral.

Sancho Panza, en cambio, representa el realismo popular, el sentido común campesino que pisa tierra firme. La España que quiere volar frente a la España que arrastra los pies. Y, sin embargo, ambos se necesitan, y se complementan. Porque sin los sueños de Quijote, Sancho no saldría jamás de su aldea; y sin el equilibrio de Sancho, Quijote se perdería para siempre en sus fantasías.

 

B.   Campo vs. Ciudad

La geografía del Quijote también es reveladora.

Es una novela profundamente rural, pero escrita desde una mirada moderna, que roza lo urbano. Es, según el contexto, rompedora, disruptiva y radical.

El campo no es idílico, es áspero, cruel, lleno de ventas disfrazadas de castillos y bandidos disfrazados de caballeros. El mundo que recorre Don Quijote está en crisis, ya no es medieval, pero tampoco ha llegado la modernidad –nos habla un coetáneo en el tiempo de cómo es ese mundo en el que vive, a través de una novela-. Es una España detenida, esperando definirse. Una España que aún hoy reconoce en esos caminos polvorientos parte de su identidad.

Una de las grandezas de Don Quijote de la Mancha es su capacidad para articular dualidades universales en una clave profundamente local

 

C.   Tradición vs. Cambio

Quijote quiere revivir un pasado que ya no existe y, sin embargo, al hacerlo, crea algo nuevo. Su parodia de los libros de caballería no destruye ese género, lo reinventa –y lo cambia para siempre-. Cervantes se burla de los modelos antiguos, pero al mismo tiempo los honra. En esa tensión está el germen de la literatura moderna. De igual modo, la historia de España ha oscilado entre el deseo de conservar lo antiguo y la necesidad de transformarse. Y esa oscilación rara vez ha sido pacífica, nos está hablando de las revoluciones, en su sentido más amplio, así como de las crisis de conciencia...

A través de estas dualidades, El Quijote se convierte en una metáfora móvil, capaz de adaptarse a cada época. Porque lo que representa no es solo una lucha entre personajes o estilos, sino una tensión existencial, política y cultural que sigue viva. Y que, quizá, defina lo que significa ser español.

Es una novela, atemporal y temporal, pasada y coetánea, moderna y antigua, ya que se aplica a cada época con una nueva lectura –no adaptación- pero que, sin embargo, no pasa de moda nunca, a pesar de haberse escrito siglos atrás.

 

El Quijote a través del tiempo.
Espejo de cada España


Una de las razones por las que Don Quijote nunca ha dejado de leerse es su capacidad de transformación: cada época lo reinterpreta, cada generación encuentra en él una España distinta. Así como el caballero andante ve castillos donde hay ventas, nosotros vemos en su figura los conflictos que nos atraviesan. El Quijote no cambia, pero nosotros sí. Y al hacerlo, lo volvemos a leer con ojos nuevos.

Quizá sea una de las razones para que este libro sea el más leído y traducido después de la Biblia, por ejemplo. El Quijote nos muestra la belleza y la lucha, la locura, la templanza y sabiduría, a través de diferentes figuras y métodos, nos hace perseguir nuestros sueños, pero también el ocio y la justicia, la libertad, el amor… es decir, tiene fabulas y un mensaje subliminal. Pues los gigantes a los que se refiere quizá sean los magnates, políticos o prestamistas contra los que hay que luchar, es también, a la vez, una pugna por la persecución de nuestros propósitos y sueños, el no rendirse jamás y que en la vida solo está aquel que está, o quiere estar.

Decíamos, pues, que no pasa de moda y su lectura depende de los ojos con la que lo leamos. Pues en España siempre habrá dos seres enfrentados, uno contra el otro, y complementándose a la vez, pues uno no existiría sin su antagonista o contrario.

 

A.   El siglo XIX. El Quijote romántico y regeneracionista

Tras la Guerra de Independencia (1808-1814) y el derrumbe del Imperio (a partir de 1820, por ejemplo), España entra en un siglo convulso. Los románticos (Espronceda, Bécquer, Zorrilla…) ven en Don Quijote la encarnación del alma heroica y solitaria, un símbolo de resistencia frente a la mediocridad de su tiempo. Más tarde, los regeneracionistas (como Joaquín Costa o Ganivet, por ejemplo) lo leerán como una advertencia: España se quijotiza, pierde el norte en sueños imposibles mientras el mundo avanza sin ella –necesita un cirujano, pues está enferma-. Para unos, es inspiración; para otros, diagnóstico.

 

B.   El siglo XX. Guerra Civil y las “dos Españas”

Es en esta época donde la lectura de Don Quijote como símbolo de una España dividida alcanza su mayor potencia. Antonio Machado escribe sobre las dos Españas que han de helarte el corazón. Unamuno, por su parte, ve en el caballero un modelo de fe, de lucha espiritual, de dignidad frente a la nada.

En plena Guerra Civil, Don Quijote deja de ser solo un personaje literario: se convierte en bandera, en lamento, en símbolo del desgarramiento nacional. Cada bando lo reclama, y en cierto modo, ambos lo contienen. La lectura del Quijote toma partido, más que nunca, en este siglo XX a través de Ortega y sus discípulos, se opone a la Republica y después al Franquismo, los azules y los rojos, en esa dualidad –nuevamente- de Quijote vs Quijano, sin que nadie tenga la razón, sin que hubiera un Sancho Panza poniendo límites y estableciendo un equilibrio.

 


C.   La actualidad. Un Quijote postmoderno

Hoy día, en una España plural, fragmentada y digital, Don Quijote sigue vigente, aunque la gente no sepa quién es o simplemente “haya oído hablar de él”.

En un mundo saturado de ruido y desencanto, su locura suena menos extraña pues acaso ¿no somos todos, de algún modo, quijotescos al intentar darle sentido a esta realidad? En el caballero vemos al idealista que se niega a rendirse, pero también al personaje perdido en sus propias ficciones. Una figura que habla tanto del pasado como del presente. De lo que fuimos, pero también de lo que seguimos siendo.

El Quijote, al final, es un personaje abierto, como España misma -contradictorio, apasionado, irónico, trágico y esperanzado a la vez-. Cada lectura histórica no lo agota, sino que lo amplifica. Por eso sigue ahí, como una figura en el camino, esperando a que volvamos a mirarnos en él.

Hoy, más que nunca, debemos derribar esos molinos que se ríen de la miseria del pueblo, que lo ahogan y dejan ciego a la vez, que lo estrangula y mata, pues quizá, los molinos no estén en el campo si no en un parlamento, en una televisión, en un banco, en cada esquina… en nosotros mismos.

 

Conclusión

Don Quijote de la Mancha no es solo la primera novela moderna, ni una sátira de caballerías. Es mucho más que eso. Es, pues, ante todo, un espejo profundo de la condición humana… y muy especialmente, del alma española. En su dualidad, una constante entre lo que se es y lo que se sueña ser, donde podemos leer una España en conflicto consigo misma: la que se aferra a sus tradiciones y la que lucha por reinventarse, la que se desangra entre extremos, pero también la que, a pesar de todo, sigue caminando, la que existe y la que se niega….

Esa lucha entre Alonso Quijano y Don Quijote, entre cordura y locura, entre razón y delirio, no es una enfermedad, es una forma de existir. Porque quizás ser español -como ser humano- sea aceptar esa contradicción esencial. Y tal vez, como sugiere Cervantes, no se trate de curarnos de la locura, sino de aprender a vivir con ella. A convivir con nuestras dos Españas –o tres-, a escucharlas, a no negarlas. Como Sancho y su señor, distintas, pero caminando juntas.

Por eso Don Quijote no pasa de moda. Porque no solo habla del pasado, sino que sigue preguntándonos, en cada época, qué clase de país queremos ser. Y al hacerlo, nos recuerda -con humor, ternura, melancolía, filosofía…- que a veces, solo los locos se atreven a soñar con justicia.

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