EL LUNESDE LAS NAVAS
EL LUNESDE LAS NAVAS
Las cosas habían cambiado en Castilla desde la jornada de Alarcos hacia unos 17 años. El rey castellano había crecido, ya era un hombre
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| Ferrer Dalmau |
Comenzaba
el verano y con este el calor en aquella seca y agrietada tierra que los moros
habían bautizado como Al Ándalus. Las cosas habían cambiado en Castilla desde
la jornada de Alarcos hacia unos 17 años. El rey castellano había crecido, ya
era un hombre, pero no un hombre cualquiera, no, era un señor con los pies en
el suelo y con gran sentido de la milicia, un hombre sabio y letrado, fiel a su
Dios, alejado de vicios banales. Alfonso VIII, el rey de Castilla se había
propuesto dar un golpe sobre el tablero de España e iba a ser este verano del
año 1212.
Los
cristianos peninsulares carecían de unidad. Se hallaban enfrentados, sobre todo
los reinos de León y Castilla. Tras haber sido derrotados en Alarcos en 1195,
los castellanos tuvieron que reorganizarse, reorganizar sus fronteras y sus
hombres. Los villanos tenían mucho trabajo en la zona de frontera, los
campesinos a menudo sufrían algún saqueo en sus tierras y, en el peor de los
casos, la destrucción de sus parcelas o la muerte. Los sarracenos se habían
radicalizado. Habían perdido terreno en las Españas y eso les llevó a un
declive de hegemonía. Este declive trajo consigo una dinastía nueva que desde África
se había impuesto a las que reinaban en las Españas. A partir del siglo XII los
Almohades –los que reconocen la unicidad
de Dios- se habían hecho con el control territorial y político, así como
con el militar, de los antiguos musulmanes que poblaban España. Eran unos
fanáticos religiosos, muy radicalizados y con vocación militarista, dispuestos
a reconquistar el terreno perdido por sus antecesores, es decir, dispuestos a
acorralar a los reinos peninsulares que, a su vez, cogían fuerza amenazando al
islam desde el norte. Alarcos, por tanto, fue un respiro para los musulmanes
pero no fue así para los cristianos, sobre todo para los castellanos.
Alfonso
VIII se alió con el rey Alfonso II de Aragón. Junto a él logra
recuperar territorios al rey navarro, Sancho VI, favoreciendo, después, el
matrimonio de su tía Sancha de Castilla con el propio rey y aliado de Aragón. Reforzó sus fronteras castellanas con la
ayuda de las órdenes militares a las que cedió terreno para la defensa del
mismo. Castilla rápidamente comenzó a
estar más protegida y los estandartes de Santiago y Calatrava se podían ver
ondeando en muchos castillos junto al pendón castellano. El rey se había impuesto la voluntad de
unificar las Españas y estableció alianzas con todos los reinos cristianos de
España, una alianza que se romperá al entrar en guerra con su primo el rey de
León, Alfonso IX. Sea como fuere, en su cabeza estaba la idea de la unificación
del reino visigodo y el relanzamiento de la reconquista. Y así será.
***
Sabían
los castellanos que los moros se estaban reagrupando y cogían fuerza. Habían
sembrado el terror con los que denominaban mozárabes de manera despectiva,
cristianos que mantenían su religión en tierras musulmanas. Sus ataques a las
fronteras cristianas se retomaban cada vez con más intensidad. Imponían sus
leyes por la fuerza. Los almohades eran un enemigo fiero, un enemigo a batir.
Castilla,
pues, había logrado afianzarse como el “primus inter pares” de la España
cristiana. Los reinos de Portugal, León, Navarra y Aragón así lo atestiguaban y
reconocían. El rey castellano era por tanto el imperator de aquella región que un día, sus antepasados, habían
bautizado como Hispania, una región que debían reconquistar.
En
la primavera de aquel año de 1212 comenzaban a llegar guerreros foráneos, sobre
todo francos. El Papa Inocencio III había predicado una cruzada, esta vez en
Hispania. De esta forma podrían participar en ella caballeros de toda Europa,
de la Cristiandad. Rubios y fuertes, siempre dispuestos para la batalla por la
fe, hacían aparición por el norte, los francos. Muchos de estos guerreros eran
templarios, otros simplemente románticos. Así, aparte de la prestigiosa y
guerra orden del Temple, y junto a su pendón negro y blanco, aparecían voluntarios
occitanos y narbonenses, además de los hospitalarios. La cruz ondeaba en lo
alto, mientras al trote, formando un grupo compacto, aquellos guerreros
avanzaban hacia Toledo, el punto de reunión de los cristianos.
Sancho
el fuerte, rey de Navarra, había accedido también a estar presente en aquella
batalla, la madre de las batallas. Llevaría un pequeño contingente, pero
estaría. Pedro, el católico, el hijo del casto, conde de Barcelona y señor de
Montpelier, el rey de Aragón se comprometió a estar a la altura y quiso
participar. Junto a él, siempre dispuestos y aguerridos los almogávares y,
además, se veían los pendones orgullosos de Nuño Sánchez, señor del
Rosellón; Sancho I de Cerdaña; el
caballero fiel al rey, Jimeno Cornel; Hugo IV de Ampurias y Guerau IV de
Cabrera. Además, cerca de Pedro II, quisieron estar los obispos de Barcelona y
Tarazona, Berenguer de Palou y García Frontín I, respectivamente. Lo mejor de
lo mejor ¿verdad? Mil caballeros aragoneses y unos 300 navarros.
Todos
ellos, habiendo recibido la comunión durante la misa, partieron de sus reinos
rumbo a Toledo, la Roma hispana. Al trote marcharon para ponerse del lado del
rey castellano.
Para
sorpresa de muchos, caballeros portugueses y leoneses también iban de camino,
de manera voluntaria, salvando el honor de sus reinos que, enfrentados con
Castilla, no iban a participar en la cruzada decretada por Alfonso VIII y el
Papa Inocencio III. Eran pocos, sí, pero hombres de gran lealtad y valor,
hombres de fe. Marchaban sin embargo, cruzando la estepa castellana, a lomos de
sus caballos, con las paradas justas para que estos bebiesen agua, sin apenas
dormir con la esperanza de no ser los últimos en llegar. Marchaban, sí.
Era en Toledo, si, donde la Cristiandad debatirá su ser como tantas y tantas otras veces, aunque esta vez con la idea clara de aplastar al enemigo. El 20 de mayo, día de Pentecostés, abandonaba Toledo el ejército cristiano. La suerte estaba echada.
Los
castellanos con su rey Alfonso VIII al frente, seguido este del “Toledano”, el
arzobispo navarro-castellano Jiménez de Rada y acompañado también por el conde
de Vizcaya, don Diego López de Haro, entre otros, aguardaban la espera de las
tropas en Toledo. Allí estaban ya descansando y a la espera las Milicias Concejiles
de Madrid y Segovia, de Ávila, Valladolid, Soria, Medinaceli, San Esteban de
Gormaz, Béjar, Arévalo o Medina del Campo entre otras. Allí, al frente,
destacaba un tal Álvaro Núñez de Lara, alférez de Castilla y, cercanas al rey
en todo momento su sequito habitual, la Mesnada Real.
Era
allí, en la grandísima capital de los godos, la ciudad de los concilios, en el
Toletum romano, donde esperaban los cristianos y era en Toledo donde se
reuniría un gran y magnifico ejército aquella primavera de 1212. Era en Toledo,
si, donde la Cristiandad debatirá su ser como tantas y tantas otras veces,
aunque esta vez con la idea clara de aplastar al enemigo.
El
20 de mayo, día de Pentecostés, abandonaba Toledo el ejército cristiano. La
suerte estaba echada.
***
Las
patas de todos los caballos habían sido revisadas, sus herraduras perfectamente
colocadas. En la retaguardia se habían asegurado los víveres y las provisiones.
Los escuderos así lo afirmaban. Así unos 70.000 cristianos marchaban de Toledo
hacia Úbeda. Los estandartes decoraban aquel desfile interminable de hombres
serios. Al trote marchaban castellanos, navarros, leoneses, aragoneses,
portugueses y hombres francos. Al trote iba la Cristiandad para rescatar una
batalla perdida, la del honor y la libertad.
Y
es que, la verdad, no quedaban más opciones. Atrás quedaban las disputas
territoriales entre los diferentes reinos. Les unía el deseo de acabar con el
tal Miramamolín, como los cristianos
conocían al califa Muhammad An-Nasir.
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Tras
alguna parada en el camino. Tras dormir lo justo y necesario. Montando guardia
mientras se dormía. Con tropas adelantadas que informaban. Así marchaban los
cristianos desde Toledo. Polvo levantado por aquellos equinos al andar. Sudor
que recorría la cara de aquellos cruzados. Pues el calor era insoportable a
medida que bajan, a medida que llegaban al sur de las Españas. Así lo
manifestaban aquellos animales que precisaban beber agua en charcas o ríos. Así
lo verificaban también los cruzados que, quitándose el yelmo, bebían también a
la sombra que le ofrecían los arboles de aquella seca tierra.
El
camino fue largo, y durante la marcha se tomaron los castillos de Malagón y
Calatrava. Se auguraban buenas nuevas para los cristianos.
“¡Por
fin!”, acertó a decir un guerrero. A lo lejos se veían unos montes. Estaban llegando
a la frontera de la zona que los romanos y, después, los visigodos conocían
como la Bética, es decir, la provincia del sur de Hispania. Acamparían cerca de
aquellos montes, podría haber patrullas de moros vigilándoles.
Allí
los cristianos establecieron su campamento.
Con
la firme convicción de vencer, Alfonso el de Castilla mandó llamar a su tienda
a los demás nobles para establecer un plan de batalla.
***
El
calor también azotaba a aquellos almohades aunque estos estaban acostumbrados,
era su día a día. Provenían del África, eran hombres duros y acostumbrados a
una vida seca. Tenían un plan en la mente, sabían que los cristianos estaban
desunidos, que se enfrentaban cada cierto tiempo, solo les movía la codicia,
pensaban, no la fe. Habría que aprovechar ese momento de debilidad pensaban los
sarracenos.
En
el año 1147 se había impuesto aquella dinastía bereber desde el norte de África
y desde ese momento fueron una amenaza constante en la Península. Los
Almohades, los que reconocen la unicidad de Dios, eran unos fanáticos guerreros
del Islam. Aguerridos y siempre dispuestos a imponer su fe costara lo que
costara. Sus espías habían informado ya, por estas fechas, sobre el avance de
un gran ejercito cristiano. Esto les valió para poder reunir otro ejército más
numeroso.
La
media luna ondeaba tranquila en tierras de Al Ándalus. La leve brisa de aquel
mes de julio permitía que los estandartes se viesen en movimiento. El
campamento musulmán también se apostaba en aquella zona. Un grandísimo
campamento que se disponía a preparar la batalla. Entre todos los musulmanes
que componían aquel ejército de unos 200.000 hombres destacaban los
soldados-esclavos, los despojados o Imesebelen, que formaban parte de la
Guardia Negra de An-Nasir.
Todo
parecía tranquilo, ninguno de los ejércitos quería errores. Todos meditaban,
cada uno rezaba a su Dios. Aquellos ejércitos estaban para librar una de las
mayores batallas de la Cristiandad.
***
En
un descampado llano, la zona rasa y árida, los Llanos de la Losa como la
denominaron los cristianos, cerca de Santa Elena, al Noroeste de Jaén ultimaban
los cristianos su plan. Se pretendía librar una gran batalla, al más puro
estilo de la época, una batalla campal, en campo abierto. Sin embargo,
Miramamolín había cortado el acceso de los cristianos al valle situando hombres
en puntos estratégicos. Los cristianos
quedaban rodeados por las montañas y, consecuentemente, con una limitada maniobrabilidad.
Y
en ese justo momento, cuando más alto estaba el sol, las sombras apenas aparecían
y el desconcierto cundía en la mente de los cristianos, cuentan que un pastor
de nombre Martin Alhaja, que los cristianos rápidamente creyeron que era el
mismísimo San Isidro que, como Santiago hiciera en Clavijo, se había
personificado ante ellos, les desveló un camino por el cual serian conducidos
directamente ante los sarracenos.
El
ejército cristiano, hizo caso a aquel pastor y se zafó de aquella maniobra de
los sarracenos aproximándose al enemigo por el oeste, a través de un paso que
llamaban Puerto del Rey. Aquello les permitió cruzar, cuando todo parecía
perdido y cuando apenas podían maniobrar, y atravesar la conocida ya como
Sierra Morena para salir directamente a un terreno llano. Allí seria la
batalla.
Con
ello, el ejército musulmán se vio obligado a dar batalla sobre un terreno que
no había elegido y que seguramente no era favorable para su manera de combatir.
A pesar de ello, contaban con la ventaja de estar situados en alto, con
respecto al ejército cristiano. Al estar en alto se les escapaba la posibilidad
de realizar una de las más comunes maniobras, la huida fingida o el
desbordamiento por los flancos, ya que estas maniobras requerían un campo
llano. Además, hay que sumar las desavenencias del terreno, estrecho para su
plan de batalla, apenas unos 2 o 3 kilómetros de ancho presentando fuertes
desniveles en los laterales, por lo que la imposibilidad de realizar la táctica
deseada era muy difícil y, de hacerse, era temeraria.
En apenas un instante, lo que tardó el ejército en cruzar aquella sierra, se divisaban los dos ejércitos. El sol hacia aparición queriendo ser uno más en la batalla. Sangre y sudor, por supuesto era lo que habría en Úbeda. Sangre y sudor
En
este sentido, los flancos cristianos, debido a la magnitud del ejército,
estaban cubiertos por el rey navarro y aragonés, un hecho que les permitía
cubrir buena parte del campo e impedir el flanqueo rival.
En
apenas un instante, lo que tardó el ejército en cruzar aquella sierra, se
divisaban los dos ejércitos. El sol hacia aparición queriendo ser uno más en la
batalla. Sangre y sudor, por supuesto era lo que habría en Úbeda. Sangre y
sudor.
***
Tras
algunos encontronazos y escaramuzas, el ejército cristiano se preparaba para el
ataque en su desplazamiento hacia el sur. Hacía mucho calor, apenas predominaba
la vegetación, ni una sola nube se asomaba al balcón azul del cielo. Las
miradas atentas, los ojos ya no parpadeaban en los rostros de aquellos hombres
provenientes del norte. Ya no había tiempo para pensar, ya no.
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Don
Diego López de Haro, veterano de Alarcos, comandaba la primera línea. Le
acompañaban caballeros señoriales y cistercienses así como los occitanos y
leoneses, aparte de algún caballero voluntario más. López de Haro sabía bien las tácticas
musulmanas y esperó a que estos actuasen. Como era de esperar fingieron una
retirada. Simularon la derrota. López de Haro avisó a la segunda línea.
La
orden de Santiago, calatravos, hospitalarios y templarios, caballeros de honor
de las más prestigiosas y fieras órdenes militares, se hallaban en el centro.
Los musulmanes, por el contrario, sin quedarse atrás, habían dispuesto, sobre
todo a bereberes y subsaharianos en su centro. En los flancos la caballería
pesada. Un conglomerado imparable.
Una
cosa quedaba clara en aquellos secos lares. El ejército musulmán no pudo actuar
como lo venía haciendo en batallas pasadas. Sus tácticas no servían, aquellas
que tantos éxitos les habían dado. Sus
movimientos no servían. Sin embargo, los cristianos sí que usaron sus tácticas
tradicionales.
Se
miraban, se cruzaban las miradas. Los yelmos deslumbraban con la luz del sol.
Las espadas fueron desenvainadas. En lo alto ondeaba la media luna y se
invocaba a Alá. La mirada al cielo durante unos minutos y después todos ellos
bajaron la cabeza y se prepararon al grito de ¡Allāhu ʾakbar!
Aquel
atronador grito, favorecido por su disposición en la montaña, fue contestado
por un mentalizado ejército desplegado en sus inmediaciones. Los pendones de
Castilla, Aragón y Navarra se desplegaron por los portaestandartes, las lanzas
se dispusieron en ristre y se desenvainaron al unísono las espadas. En mitad de
aquella parafernalia, se escuchó primeramente el ¡Desperta Ferro! de los
almogávares y después, acto seguido, con más rabia todavía la invocación al
apóstol con un grito aterrador ¡Santiago!, que fue contestado por la otra mitad
¡Y cierra!
***
Los
yihadistas y los voluntarios musulmanes ocupaban el centro de su ejército. A
sus flancos los arqueros a caballo. Tras esta formación la infantería pesada
almohade junto a la bereber, portando picas y protegida por la caballería
ligera. En la retaguardia, el ejército profesional, conocido como Yûnd, junto a
la caballería pesada y la Guardia Negra, esta era la última línea, la que
rodeaba al califa.
Los
cristianos se disponían de manera tradicional. Diego López de Haro comandaba la
primera línea, a los caballeros ultramontanos y los voluntarios franceses,
leoneses y portugueses. Junto a él, la vanguardia navarra y las milicias
castellanas con los caballeros de Ávila en el flanco derecho, mientras que la
vanguardia aragonesa junto a las milicias castellanas de Burgos, Sepúlveda y
Carrión, entre otras, completaban el flanco izquierdo. Tras esta primera línea
se situaban las órdenes militares comandadas por Núñez de Lara, con más
milicias castellanas en sus flancos. La
retaguardia cristiana, como era de esperar, se distribuía con Alfonso VIII y
Jiménez de Rada en el centro, mientras que Pedro II se situaba en el flanco
izquierdo y Sancho VII en el derecho.
Así
estaban las cosas aquel lunes 16 de julio de 1212.
Tras
sus fallidos intentos, tras las falsas retiradas y sucesivas escaramuzas que se
habían ido produciendo los días anteriores, desde el 13 de julio concretamente
cuando hizo aparición el ejército cristiano, los almohades atacan.
Tras
ello se produce la carga de López de Haro junto a la vanguardia aragonesa y
navarra. En primer momento repelen a los voluntarios musulmanes haciéndoles
incluso huir. Los almohades, doblemente superiores a los cristianos realizan la
táctica que tantas veces les había dado éxitos., el tornafuye. La caballería
ligera y los arqueros de vanguardia simulan una retirada inicial frente a la
carga cristiana para después contraatacar, apoyados por el grueso de sus
fuerzas de elite situadas en el centro, mientras que desde los flancos, la
caballería ligera almohade, atacan con los arqueros y tratan de dañar a los
cristianos a través de una excelente labor de desgaste. Tras ello, se pretende
una maniobra de envolvimiento desde el centro por parte de andalusíes y bereberes
que rematarían el ataque.
Recordaba
lo sucedido en Alarcos, López de Haro viendo la previsibilidad y el peligro del
ataque almohade, al tener estos mayor número de hombres, ordena mantener una
línea de frente sin exponerse excesivamente en el ejército enemigo,
persiguiendo a la caballería ligera y los fugitivos voluntarios. Con ello
evitaba ser rodeado y envuelto, como pasó en Alarcos. Ordenó por tanto
estabilizar la línea y no exponerse demasiado al ejército almohade.
Sin
embargo, en ese mismo momento, el haz central del ejército almohade avanza
hacia la línea de López de Haro que comienza a flaquear. El esfuerzo anterior había
sido muy grande y duradero y eso lo iban a pagar los cristianos. Los moros
arriba y los cristianos mientras avanzaban debían cargar cuesta arriba, lo que favorecía
a los moros que obtenían mayor ventaja. La caballería musulmana comienza
entonces una maniobra envolvente, empeñados en aquella táctica los musulmanes
deciden dar un paso adelante ante el desgaste cristiano. El campo estaba lleno
de hombres, el sol y el cansancio hacían mella y la sangre seca y ya de color
negro predominaba en la sequedad de un territorio que se mostraba hostil y
caliente.
Era
mediodía y los cristianos perdían muchos hombres. El calor se había apoderado
de la batalla y los musulmanes lo sabían. Era un momento crítico. A pesar de
todo, ambos ejércitos logran mantener las líneas y se producen ataques y
contraataques durante bastante tiempo. Las espadas ya no brillaban pues se teñían
de un rojo espeso. En el suelo agonizaban los cadáveres pisoteados por los
caballos. Era un caos de dolor y muerte, los gritos desesperantes afloraban de
las gargantas de los caídos en el lance.
Sin
embargo, a pesar de los sucesivos ataques y contraataques, la batalla no se
decantaba del lado de nadie. Nadie quería perder, nadie quería cometer errores.
Contra todo pronóstico, el ataque de la caballería musulmana de los flancos, la
maniobra envolvente, había diezmado al ejército cristiano tanto que a punto
estuvo de decidir la batalla.
Estaban
llegando a la tarde, el tiempo pasaba. Los buitres se apostaban en las inmediaciones
deseando que todos muriesen. Los carroñeros se escondían relamiéndose.
Las
acometidas almohades mediante el hostigamiento por parte de la caballería y
simultáneamente por ambos flancos estaban resultando beneficiosas. El ejército
cristiano, si nadie lo remediaba, perdía.
Desde
la retaguardia cristiana, Alfonso VIII observaba la batalla. Veía como había
banderas que caían, difícil saber si eran las de Madrid o las del conde de
Vizcaya. Cerraba los puños, agarraba las riendas de su cuatralbo y se mesaba la
barba. No podían perder, otra vez no.
El
Miramamolín tenía la batalla donde quería. Los cristianos estaban cayendo. Los
musulmanes tenían el terreno a su favor. El grueso de la batalla, aunque
todavía no se decidía, estaba enconado. Luchaban como podían, ya no como
sabían. Los cristianos sacaban fuerzas de donde fuese. Cuchilladas, tajos
inesperados, a diestro y siniestro. Agotados sus brazos resistían acometidas
tras acometidas. Doloridos los huesos y los músculos. Ensangrentada la cota,
las manos apenas respondían. El sudor inundaba todo su cuerpo. Presenciaban, en
primera fila, los horrores de aquellos mahometanos. Decapitaciones y un hombre
para tres de ellos. Caballos apuñalados, atravesados como un pincho moruno.
Relinchos de dolor que estremecían el alma. Apenas sabían ya contra quien
luchaban. Los ojos intentaban ver con nitidez, enfocarse en el enemigo, pero
era muy difícil. Seguían llegando almohades, que cargaban, caían muchos y
volvían a sus posiciones.
La
tarde caía y ahí estaban los dos ejércitos.
Es
entonces, ante tal impotencia, cuando aparece el coraje que determinará la situación.
La determinación de aquel rey fue crucial para los suyos.
En
la vanguardia, Alfonso no aguantaba más. El nerviosismo de Jiménez de Rada y la
intranquilidad de aquellos otros dos reyes, estaban aflorando. El corazón se
aceleraba al ver tal situación. Y fue en ese momento cuando el rey de castilla,
adalid de la libertad, se colocó el yelmo y le dijo al toledano “¡Arzobispo,
vos y yo aquí muramos!”
Esa
frase seguida de su galope convenció no solo al arzobispo de Toledo sino a
todos los que estaban en vanguardia impotentes. Rápidamente, Pedro y Sancho
agarraron las riendas de sus caballos, clavaron espuelas y se pusieron a la
altura de Alfonso. Los tres, en un acto sin parangón alguno, cabalgaron contra
los sarracenos. El ejército que los custodiaba hizo lo mismo y los cristianos
que no podían más, al ver tal envite, sin dar crédito a lo que veían, se
levantaron, sacaron aún más fuerzas y comenzaron a clavar sus espadas en el
enemigo.
Sucedió
algo que ni por asomo se esperaba nadie. Aquel rey, imbuido de un valor
sobrenatural, se lanzó a la carga, sin importarle las consecuencias, y arrastró
con él a todo un ejército falto de moral. Los pendones del suelo se levantaron
y los cristianos, en efecto en cadena, se levantaron y avanzaron.
El
ejército navarro, apenas unos 200 hombres, arrasó a su paso con todo y en un
acto inconsciente, movido por el impulso de aquel castellano, con los ojos en
sangre y salidos de orbita, se presentaron ante el palenque de Miramamolín.
Allí los imesebelen, la Guardia Negra, hombres fieros y rudos, fieles a su
juramento de proteger al califa, se hallaban enterrados hasta la rodilla y
encadenados entre ellos formando una muralla humana. Poco le importó al navarro
aquello, poco sí. Fue el rey que pasó por encima a aquellos indeseables
fanáticos. Cayeron todos.
Se
había puesto el sol. El califa había huido, su ejército se desmoralizó al ver
que los cristianos habían llegado a la tienda califal. Pensando tal vez que
habían cogido a su rey, comenzaron a huir. Los cristianos, a estas horas
perseguían a los fugitivos. No importaba el botín, que era lo habitual en aquel
momento, con la caída del sol, no. Los cristianos dieron caza a los moros
durante unos 25 kilómetros nada más y nada menos. El ejército almohade fue derrotado. Unas
10.000 bajos sufrieron los cristianos y 20.000 los musulmanes, un lunes que
nadie iba a olvidar, el Lunes de las Navas.
***
Ensangrentado
aquel campo de 1212, lleno de almas y sangre. Las moscas hacían aparición
decorando aún más el paisaje de la muerte, pero también el de la libertad.
Aquel campo era ya un camposanto plagado de cruces. La cruz de la Cristiandad
ondeaba erguida, sin prisas, prudente y orgullosa, en tierras de Jaén, junto a
Despeñaperros.
La
huida del Miramamolín de Jaén, precipitada huida, favoreció a los cristianos.
Tras
ello, se produce un declive de los almohades en la Península. La cruzada
hispana favoreció que el mismo Alfonso VIII conquistase después Úbeda y Baeza,
las llaves del Guadalquivir. Su nieto,
Fernando III tomaría en 1236 Córdoba y diez años después Jaén, y Sevilla en
1248. También con Fernando III caerían para los cristianos Arcos, Medina
Sidonia y jerez, mientras que su hijo, Alfonso X el Sabio tomaba Cádiz en
1265.
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