CASTELNUOVO. QUE VENGAN CUANDO QUIERAN
CASTELNUOVO. QUE VENGAN CUANDO QUIERAN
“Héroes gloriosos, pues el cielo/ os
dio más parte que os negó la tierra,/ bien es que por trofeo de tanta guerra/
se muestren vuestros huesos por el suelo.
Si justo desear, si honesto celo/ en
valeroso corazón se encierra,/ ya me paresce ver, o que se atierra/ por vos la
Hesperia vuestra, o se alza a vuelo.
No por vengaros, no, que no dejaste/
a los vivos gozar de tanta gloria,/ que envuelta en vuestra sangre la
llevaste;/ sino para probar que la memoria/ de la dichosa muerte que
alcanzaste,/ envidiar se debe más que la victoria[1]”.
Y
así comienza esta historia, una de tantas, de la agigantada tragicomedia de
España. Unos españoles que lucharon y un epitafio que lo recuerda. Pues tan
grande eres España que te muestras siempre desdichada como tu historia, como
tus hombres.
Durante
el primer tercio del siglo XVI España se había erigido como reina del orbe, tal
era así que sus enemigos comienzan a atestiguarlo, comienzan a ser testigos en
primera persona de aquello. Carlos I de España era a su vez el emperador de la
Cristiandad, con más poder que el Papa, tenía en sus dominios un continente
entero, el Nuevo Mundo o lo que comenzaba a llamarse América, además de las
posesiones del norte de África y los territorios europeos del Franco Condado,
Flandes, Luxemburgo, y la mayoría de la península itálica y Alemania, Hungría…
que le pertenecían por ser el emperador. Francia e Inglaterra habían sido
desplazadas en aquella lucha por la hegemonía pero, a pesar de ello, el Cesar no estaba solo.
La
Cristiandad y Europa peligraban por la amenaza que se había impuesto en el Mar Mediterráneo.
En 1453 había caído Constantinopla, a la que llamaron Estambul. El Imperio
Otomano arrasaba por donde pisaba y amenazaba las posesiones cristianas del Mediterráneo.
Los otomanos aspiraban a controlar Europa, a llegar más allá que sus
antepasados musulmanes, y unificar, con ello, el Islam. Sin embargo, en frente
tenían a otro imperio que se lo pondría muy difícil.
Dos
civilizaciones estaban en juego, la supervivencia de una determinaba la muerte
de la otra, en una Europa que oscilaba entre el bien y el mar. Los otomanos se
habían hecho con el control de Tierra Santa y ahora estaban muy cerca del
centro de Europa.
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| José Ferre Clauzel |
Nuestro
emperador, se había hecho con su esfuerzo y sudor, a capa y espada, con Italia.
Los franceses del arrogante Francisco I se habían empeñado en poseer el antiguo
territorio de los Cesares pero, concretamente, en Italia había surgido algo
nuevo, imparable y lleno de valor que, conjugado, nos hacía invencibles ante la
caballería gabacha. En Italia nuestro ya fallecido Gran Capitán, y vaya si lo
fue, había introducido una novedad que solo a un genio se le pudo ocurrir. Don
Gonzalo Fernández de Córdoba impuso en los campos de batalla la infantería sobre
la caballería, más ligera y con más libertad de movimiento, portando picas y
con una excelente disciplina y preparación, hacia frente mediante la artillería
ligera, cada vez más apreciada por los soldados de las Españas. Varias veces
fueron expulsados los franceses de Italia, con victoria siempre de las armas
españolas. Allí andábamos a la gresca catalanes, castellanos, gallegos, vascos,
extremeños, navarros… contra los alemanes. Aquellos lansquenetes siempre se
creían superiores, para que luego tuviéramos que acudir nosotros en su ayuda.
El
Cesar no había empezado bien su reinado. En las Españas tuvo que hacer frente a
unas revueltas, las cuales aplastó. En Europa, se había quitado del medio a los
pérfidos, que ahora eran aliados, y después a los franceses, quienes nos
odiaban. En Alemania surgió un clérigo que se creía más sabio que el propio
Papa de Roma e inicio una guerra que nos costaría mucho tiempo y recursos
aunque también victorias. En Roma, Carlos V demostró tener más poder que el
Papa, quien tuvo que esconderse. Sin embargo, había surgido un enemigo
terriblemente fiero, que inspiraba temor a los europeos ya que por donde
pasaban lo saqueaban y sembraban el lugar de cadáveres al tiempo que lo
desvalijaban completamente. No conocían límites aquellos turcos, radicales
hasta la medula, adoradores de un Dios al que llaman Alá, unos fanáticos
religiosos. Y estos eran el problema de nuestro Carlos. Aun así, allí estábamos
los amantes de la muerte, los soldados de la Cristiandad, españoles, pocos pero
con más “huevos” que toda Europa. Allí estábamos con nuestros morriones
brillando al viento.
En
1529 unos piratas berberiscos protegidos por Barbarroja habían tomado
Gibraltar, para sorpresa nuestra. ¡Estaban ahí mismo!, como decíamos. En ese
mismo año fuimos llamados unos 700 españoles para socorrer Viena, el emperador
no confiaba en nadie más que en los españoles. Y así cumplimos. En torno a 1534
los turcos intentan tomar Túnez pero el emperador se lo impide al año siguiente
y sin embargo, tras posicionarse en puntos estratégicos de África y el sur de
Italia, con ayuda de los piratas, los turcos nos infligen una severa derrota
por mar en Preveza en el año 1538. Tras ello, se avecinaban tempestades, y así
fue, dicho y hecho.
***
Era
Julio de 1539 y el Tercio Viejo de Sarmiento defendía la ciudad de Castelnuovo
por orden de Carlos V ya que el Imperio Otomano se había propuesto recuperar
dicha ciudad (punto estratégico entre Viena y Estambul) siendo una vía segura
en el Mar Mediterráneo con lo que se podía controlar el comercio, suponiendo
una gran amenaza para Europa.
Un
calor abrumador. Los hombres sudando, con sus relucientes armaduras al viento.
La melena de aquellos españoles brillaba húmeda y pegajosa, pues tal era el
calor de aquel mes. Vasijas de agua y de vino se resguardaban en las sombra y
en lugares frescos. Unos hacían guardia en la muralla de aquel bastión y otros
descansaban. Pocos hombres había allí, muy pocos, pensaba Sarmiento.
El
verano había hecho aparición y era tan real que apenas paseaba la gente de
aquella plaza. Los zapadores españoles habían terminado de fortificar las
murallas de aquel solitario y rocoso lugar. El horizonte en calma, había veces
que dejaba tranquila la mente al mirarlo durante un tiempo. Es precisamente un
aliado en la guardia. Miraban al horizonte, allí donde el mar y el cielo se
juntan, aquellos españoles que descansaban sobre una roca. Sentados y bebiendo
un trago de vino, vinagre más bien, habían reposado sus alabardas sobre la
pared. Echaban de menos a sus mujeres que se habían quedado en Castilla.
A
menudo aquellos hombres honrados, valientes y temerarios españoles de toda
clase y condición, recordaban a sus amores, sobre todo a sus madres y esposas. Bravucones
descarados, bebedores y pendencieros. Españoles, todos ellos que a final de
cuenta estaban allí de buena gana, a las órdenes del mayor emperador del orbe.
Pues el Cesar había confiados en ellos la misión, una misión que, como era de
esperar, la cumplirían los mejores soldados, la elite y vanguardia del Ejercito
Imperial, los tercios españoles.
La
vida parecía desarrollarse con normalidad en aquel lugar tan solitario, alejado
de su patria. Mujeres y hombres realizaban sus cotidianos quehaceres, los niños
correteaban por las empedradas calles. Sin embargo, en el aire un ligero olor a
desgracia se cernía sobre la mente de todos. ¿Qué hacían allí aquellos soldados
de la Cristiandad?
Era
inminente un posible ataque de los sarracenos en aquel apartado lugar. Las olas
mecían levemente el paisaje que se oteaba desde la muralla. Las gotas de sudor
resbalaban tímidamente por la sien, mientras el morrión seguía posado en la
cabeza de aquellos soldados que achinaban los ojos de vez en cuando, haciendo
sombra con la mano en la frente, para divisar mejor aquel horizonte.
El
aire, aunque caliente, se agradecía de vez en cuando. La noche había sido
intensa en Castelnuovo y los más acalorados y aventureros se bañaban en el mar.
Había tiempo para todo. A pesar de todo, las órdenes de nuestro capitán se
cumplieron, claro está, y los baluartes defensivos finalmente quedaron
terminados. Las murallas habían sido reforzadas, sin tregua, y apenas tiempo
para orinar pues teníamos el tiempo echado encima.
***
La
Cruz de Borgoña ondeaba a lo lejos. Levemente mecida por la brisa del aire
costero, en Castelnuovo se veía, blanca y radiante, atravesada por el aspa
roja. En la torre más alta, precisamente allí, se divisaba decorando el paisaje
marinero de aquella fortaleza. Los días de aquel maldito mes de julio no querían
pasar, el tiempo nos marcaba el cansancio pero todo estaba previsto para dar
batalla.
Manteníamos
la idea de esperar refuerzos, ya que sabíamos que aquel sarraceno, el tal
Barbarroja gustaba de realizar las cosas a lo grande. Ya nos había avisado
varias veces en el Mare Nostrum y
varias veces habíamos respondido. Los cristianos estábamos desunidos y los de
la media luna lo sabían. Piratas y sultanes, menudo contraste, ¿verdad? Pero,
ahora que lo pienso, nada difiere de nuestra sociedad, los Papas y reyes, los
nobles y aristócratas vivían mejor que cualquier campesino y agricultor de la
seca España, nuestra tierra. Sin embargo, no podíamos permitir que los
sarracenos entrasen en Europa, no. A saber que harían a nuestras mujeres y
niños, no lo quiero ni pensar. Eran la encarnación del demonio. Su Dios estaba
enfadado porque no cumplían su cometido de la Guerra Santa y, para más inri, los gabachos andaban de la mano con
estos, nuestros enemigos.
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Con
un calor como bien podía hacer en Sevilla, aquella ciudad imperial de España de
la que tanto nos acordamos, los españoles continuábamos vigilando. Intentábamos
distraernos hablando y contando penas, chistes, cuentos patrios y leyendas.
Otros preferían pasar el tiempo cantando. La vida en aquella ciudadela parecía
ser normal, quizá no venía aquel Barbarroja, pensamos finalmente.
El
emperador Carlos, el más grande del mundo, tenía muchos problemas, a menudo lo
hablábamos entre la camaradería. Los franceses eran unos traidores que con tal
de ver mal a España hacían lo que hiciera falta, e incluso aliarse con los
infieles. Nosotros no podíamos consentir eso y, ante la llamada de la Cruzada,
estábamos los primeros siempre. Ocho siglos luchando contra el invasor dan para
mucho y en este siglo ya estábamos más que escarmentados.
Los
tercios éramos los mejores soldados del mundo, así lo atestiguaban nuestros
enemigos y así lo sabíamos nosotros. La cruz en lo más alto siempre, la bandera
de la Cruz de Borgoña, aunque con algún balazo enemigo que otro, seguía a
nuestro lado, pues ambas no se bajaban nunca. Tras de muertos si acaso, pero
aun así no creo que el enemigo tuviera lo que hay que tener para quitar la cruz
y la bandera. Lo demás poco nos importaba. Rezábamos con el crucifijo en la
mano, nos santiguábamos y nos arrodillábamos ante dios, mirando al cielo. El
emperador debía hacerse con toda Europa y poner las cosas en su lugar,
mencionaban unos camaradas. Sin embargo, bastante tenía. Aun recordamos las
jornadas de Roma, en las que a los tudescos se les fue de las manos y el Papa
tuvo que poner pies en polvorosa. La culpa y la fama, para variar, vino a parar
a nuestras personas. Aun así, el emperador estaba de nuestro lado.
***
Los
pescadores aquel día volvían antes. Pensamos que habría tormenta en la mar. La
mar, sin embargo, parecía estar tranquila por lo que nos extrañó aquella situación.
Haciéndonos gestos, que no se apreciaban bien debido a la lejanía, los
pescadores querían como avisarnos de algo. A medida que llegaban a la costa,
nuestros soldados pudieron entender lo que ocurría. Rápidamente sonaron las
campanas de la iglesia y los soldados se pusieron manos a la obra. Comienza el trajín
caótico de la gente corriendo de un lado para otro. Los lugareños cargados con
cestas, vasijas, redes y diversos objetos corrían a toda prisa. El pueblo
entero se refugió dentro de las murallas. El capellán se santiguó y mirando al
cielo se refugió en su templo. Las provisiones se guardaron debidamente en los
graneros situados cerca de la plaza, allí se puso también vigilancia. Las
provisiones debían estar vigiladas ante un posible asedio, evitando con ello
que cundiese el pánico y comenzase a escasear el alimento y la bebida.
El
18 de julio de aquel 1539 hacia
aparición una gigantesca flota a lo lejos, en aquel horizonte que tanta paz nos
dejaba cuando reflexionábamos. Paz era lo que no iba a haber en estos momentos.
El estandarte de la media luna ondeaba en aquellas embarcaciones, no había duda
de quién venía a visitarnos. Al principio parecían cristalitos moviéndose
lentamente, después, tras pasar la línea del horizonte, ya se veían mejor. Las
velas bajadas, imponentes al viento, mostraban el poderío de aquella armada.
Los tambores resonando cada vez más fuertes, quizá para amedrentarnos. Los
remos perfectamente coordinados suponían la puesta en escena de la guerra, el
escenario bélico de la muerte. Estructurados en una perfecta organización y
colocación, la elite, los jenízaros, turbante en cabeza y cimitarra en ristre,
hacían aparición. Tenían claro su objetivo, la suerte estaba echada, decían.
A
la mente nos vino rápidamente aquella derrota en Preveza, pero también la
victoria en Pavía, Bicoca, Oran, Túnez, Cefalonia, Viena, Garellano y tantas y
tantas otras. Lo que sacamos en claro de aquel dorado recuerdo es que los
españoles estábamos ahí, que nunca pedimos clemencia a ningún rival y que
mantuvimos la frente alta. Ahora la cosa no pintaba bien pero sin embargo
estábamos preparados. Los refuerzos no llegaban, y a estas alturas ya nadie los
esperaba, así que sabíamos nuestro cometido. Aquellas murallas serian testigos
directos de lo que ocurriría y de cómo nuestros aceros combatirían. Aquellas
murallas y no otras eran las encargadas de parar a esos infieles. La entrada a Europa
dependía de Castelnuovo y del Tercio de Sarmiento.
Más
de 20.000 hombres, según los camaradas, hacían aparición por las agitadas aguas
mediterráneas. De ellos, 4.000 eran jenízaros. Nosotros, sonrisa en la boca y
la mirada tranquila, con la digna altivez de un soldado español, nos
disponíamos a ocupar nuestras posiciones. Sarmiento sabía lo que había que
hacer y el emperador también. Rendirse, pues, no era una opción. Por el norte,
cuando habíamos avistado aquella inmensa flota, hacia aparición otra escuadra
con 30.000 turcos más. Cercados por completo, en Castelnuovo los Dioses iban a
presenciar una de las mayores batallas entre los dos grandes imperios del
momento, un choque de titanes que iban con la misma idea, la de vencer, o al
menos resistir en nuestro caso. Esto era
para lo que vivíamos.
***
Barbarroja
era el comandante de aquella inmensa fuerza que Alá nos había enviado para
ponernos a prueba. Él marchaba al frente de ella, con sus jenízaros. La
expedición del norte era llevada a cargo por Ulamen, otro inmenso ejercito de
30.000 hombres. Venían con la idea de aniquilarnos, pero venderíamos cara
nuestra piel. Teníamos la orden directa y simple de morir o vencer y el
cometido estaba en la mente de cada soldado del Tercio de Sarmiento.
Castelnuovo
se encontraba bloqueada, por tierra y mar, por unos 50.000 otomanos.
Dentro
de la ciudadela, fortificada y reforzados sus puntos débiles, aguardábamos
3.500 soldados del Imperio, de la Cristiandad. Teníamos la difícil misión de
defender Castelnuovo a cualquier precio.
Había
transcurrido una semana desde que aparecieron los otomanos y simplemente ambos
ejércitos nos habíamos dedicado a la táctica. Durante esos siete días nos
dedicamos a mejorar las estructuras defensivas, a acatar las órdenes y a construir
trincheras sobre todo. Los turcos harán lo propio. Estábamos sitiados. Además,
los turcos, muy hábiles ellos, se apresuran a emplazar la artillería. Querían
acabar cuanto antes e irse, pues ya habíamos tenido varios encontronazos y no
les gustaba enfrentarse a los españoles. Nosotros, por el contrario, hacíamos
lo que sabíamos, aquello en lo que éramos expertos. Las encamisadas fueron una
constante que nos acompañaron eficazmente durante este tiempo. Los españoles
arriesgaban la vida realizando varias escapadas hacia el campamento enemigo.
Con ello entorpecían las labores del enemigo, aparte de sabotear artillería,
provisiones y llevarse por delante a cuantos más mejor. En una de estas
encamisadas, unos 800 españoles sorprenden al cuerpo jenízaro dejando la zona
sembrada de cadáveres, cientos de cadáveres.
La
situación momentáneamente no se decantaba de favor de nadie. Ambos ejércitos se
habían estado midiendo. Viendo las posibilidades del enemigo e intentando
adivinar sus planes. Castelnuovo se cerró enteramente a capa y espada. Alguna
paloma mensajera era vista por encima de las murallas y con suerte alguna
llegaba a su destino, otras, por el contrario, eran eliminadas por las flechas
enemigas. Sea como fuere, los tercios españoles se clavarían a una tierra que
ya de por si era suya, y como suya iban a defender.
El
23 de julio Barbarroja tiene a sus hombres preparados, la artillería se
dispondrá hacia la muralla. Aun así, para no precipitarse, realiza primeramente
una oferta a los españoles. La oferta de rendición honrosa en la que se
afirmaba que “el tercio tendría vía libre hasta Italia”, donde serían recibidos
por las autoridades españolas, fue rechazada. Ante tal oferta, y sin esperanza
ninguna de recibir refuerzos desde Alemania o Italia, los españoles, sin
temblar ni mostrar debilidad, les contestan a los emisarios turcos que
“Viniesen cuando quisiesen”.
Tras
el rechazo de la oferta, Barbarroja se estremeció. Un leve y frio sudor dejaba
verse en su rostro, tímidamente podía, apenas, disimular el temblor que aquella
noticia le producía y, como podía, se mantuvo firme y dio la orden a sus
hombres.
Solo
en su tienda, cerró los puños llenos de rabia y su cara se tornó rojiza de ira,
los ojos parecían que se iban a salir de las cuencas, y entonces dio dos
puñetazos en su mesa, la cual mostraba unas grietas fruto de aquel impacto. El
mapa de Castelnuovo se rompió en dos cachos y acto seguido mandó llamar a su
general. Imponente, altivo y con gran
fiereza, Barbarroja dio la orden de acabar con todo. “¡De Castenuovo no debe
quedar nada, ni una sola piedra en pie!”. Su orden la escuchó todo el
campamento. El general abandonó la tienda y disimulando su estupor, a paso
rápido y sin mirar a nadie se fue a organizar el ataque.
Tras
haber rechazado la oferta, con la certeza, a ciencia cierta, de saberse
muertos, los españoles se posicionaron y el día 24 de julio comenzó el asedio.
Eran amigos de la muerte y les gustaba combatir, habían nacido para ello, de
hecho deseaban la batalla en cualquier momento. Sus ideales de la patria, la
honra, la fe de Cristo y la lealtad al emperador les obligaba a dicha tarea.
Acogerían la muerte como parte de la vida, sin rechistar, aceptando su destino.
Si vencían o si morían con honor suya era la gloria, de nadie más.
***
La
artillería otomana comenzó a hacer de las suyas. Los primeros impactos causan
estragos en varias partes de la muralla pero esta resiste. Los zapadores
comienzan su incesante labor de reconstrucción. Comienza el asedio de la
ciudad. Los otomanos, cubiertos bajo el fuego de su artillería, se lanzan a
tomar la ciudadela. Si el asedio comenzó el 24 de julio, durante los primeros
días de combate los otomanos pierden unos 6.000 hombres frente a 100 españoles.
Sin
mostrar debilidad alguna, el tercio español se mantiene en pie, las murallas aún
resisten la tormenta de proyectiles. Y tras ellas, se sigue divisando el
campamento enemigo. Ese era el objetivo. Se pretendía disuadir a los otomanos
en su propio campamento. Y así seria.
El
26 de julio, Barbarroja ya un poco más nervioso, porque su plan de acabar con
Castelnuovo no daba resultado, estaba en su tienda como era costumbre, dando
las órdenes oportunas, observando el mapa y dejándose aconsejar por los sabios
consejeros. La situación era favorable a los turcos que superaban por 10 en número
a los defensores. “¡Malditos infieles!” gritaba.
Ese
mismo día, el 26 de julio, en pleno asedio, los españoles ponen en marcha su
temeridad. Sonriendo a la muerte, con la luz de la luna como única guía
posible, saldrán hacia el campamento enemigo. Estaban locos aquellos hombres,
pensaba el capellán. Así, caída la noche ya y sobre la marcha, improvisando si
hiciera falta, 600 españoles, a la vez que se santiguan, salen de Castelnuovo
para realizar una Encamisada. Cogiendo desprevenida a la retaguardia otomana,
que no da crédito a lo que ve en aquel momento, ni siquiera puede reaccionar,
los españoles siembran el pánico en el campamento enemigo. Apenas 600 hombres,
con una camisa blanca encima de su armadura para diferenciarse entre ellos, crespón
rojo atado en el brazo –símbolo de la nación española- los soldados católicos
de su majestad el emperador Carlos causan serios estragos en las filas turcas.
El terror y el miedo fueron tales en aquel campamento que el mismísimo
Barbarroja tuvo que ser refugiado en las galeras que estaban atracadas en la
costa. Las bajas fueron innumerables. Así lo atestiguaron los otomanos a la
mañana siguiente. “¡Malditos españoles!” se volvía a escuchar, “¡Ala está con
nosotros, lo vais a pagar!”.
Aquella
situación desgarradora, en medio de las voces de sufrimiento, llantos
desgarradores, el pánico que surgía en el campamento fruto de la acción de
aquellos valientes, fue vitoreada desde las murallas. Un hecho que motivó aún más
a los tercios, a esos pobres y miserables soldados que combatían en
inferioridad, abandonados a su suerte en una misión imposible. Pero seguirán
resistiendo.
Barbarroja
inseguro, a estas alturas de su victoria, y deseando no perder más hombres, se
jugaba todo a una carta. Mando a todo el ejército contra los españoles. El
asedio no podía durar más. Debían aniquilar todo cuanto se encontrasen en
aquella fortaleza.
***
A
principios de agosto, los otomanos habían destruido casi enteramente la
fortaleza de Castelnuovo. La madrugada del día 4 de agosto se inicia el asalto
a las ruinas de la ciudad y por la noche, estas, ya eran plenamente otomanas.
Sin embargo, los españoles, lejos de rendirse, se refugiaron entre las murallas
que quedaban en pie así como entre los restos de escombros. Agazapados y
cubriéndose con los restos que quedaban, los españoles exhaustos y cansados
daban batalla. Castelnuovo no caía.
El
día 5 de agosto Barbarroja manda a todas sus tropas a tomar definitivamente la
ciudad en un ataque masivo. Este día terminó con la caída de una torre de la
muralla, que todavía seguía en pie, sin embargo, para desgracia otomana, los
españoles seguían sin rendirse. Barbarroja contemplaba la estampa afligido,
cada vez mandaba más y más hombres. Los españoles debían caer, pensaba, cuanto
antes.
Castelnuovo era el mismísimo infierno, humo y
fuego era lo que dejaba su paisaje aquel mes de agosto. Ruinas y polvo. Sangre
y gritos. La estampa perfecta de la guerra. Si el infierno existía, sin duda
los españoles estaban en él. Los proyectiles seguían cayendo, las flechas
pasaban silbando sobre las cabezas de los pocos que allí quedaban. Cadáveres
mugrientos, putrefactos decoraban las calles empedradas de aquella ruinosa
ciudad. Pero seguía sin caer.
El
día siguiente, el 6 de agosto, hubo una fuerte tormenta y la lluvia inhabilitó
la pólvora que, al mojarse, quedaba inutilizada completamente. Ese día, por
tanto, se combatió cuerpo a cuerpo, con la espada y la pica, siendo los
españoles expertos en estos combates. Los turcos desorientados miraban hacia
todos los lados. Los españoles tocaban a 10 turcos por lo menos, pero morían
con la vizcaína en la mano. Empapados, llenos de barro, con la ropa calada que
hacia todavía que sus movimientos fueran más lentos, espada en mano y cansados,
combatían los soldados del tercio de Sarmiento. Ensangrentados, llenos de
heridas, malolientes y sucios, aquellos desarrapados y moribundos hombres aun
guardaban una sorpresa, aún tenían la rabia entre los dientes. Los otomanos
apenas daban crédito de la valentía de aquellos hombres que seguían sin caer.
El
paisaje era gris. El humo y el polvo cubrían toda la ciudad. Regueros de sangre
se entremezclaban con la lluvia que caía. Los charcos eran rojos. El barro impedía
también que se combatiera mejor. Las calles resbalaban, las paredes que
quedaban en pie temblaban. Cascotes ye escombros era lo que predominaba en
Castelnuovo. Muerte y hambre. El hedor insoportable de la muerte rodeaba a
todos los que allí se encontraban. El olor de lo podrido, de la inmundicia.
Aquellos cadáveres seguían en pie, algunos sin un brazo, otros desde el suelo,
arrastrándose como un reptil. Cuchillazos y puñaladas llenos de rabia. Gritos
de dolor, heridas insoportables. Cortes y tajos en el cuello, repetidos varias
veces. Gente agonizando, intentando que tal agonía acabase ya. Más muertos que
vivos, muchos se arrastraban en busca de un arma o algo que pudieran usar como
arma. Debían morir peleando, de lo contrario la crueldad turca iba a ser
insoportable.
El
7 de agosto, último día de los combates, la ciudad ya no tenía murallas, pero los
españoles seguían vendiendo cara su piel. Ya solo quedaban apenas 600 españoles
que se batieron con la espada contra todo el ejército otomano. El combate fue atroz. Los choques fueron
desastrosos. La magnitud del último combate no tenía parangón en ningún libro
de historia. Solos contra todos, aquellos supervivientes, mirándose con
complicidad, sabiendo que confiaban en ellos, camaradas de la muerte, se
lanzaron gritando “¡Santiago!, ¡Por España!”. El grueso del ejército otomano, o
lo que de este quedaba, en un bloque compacto entraba en la ciudad. Sorprendidos
ante lo que allí vieron, un escalofrío recorrió, por un momento, sus cuerpos.
Tragando saliva y con un nudo en el estómago, quedaron estupefactos de lo que
presenciaron sus ojos aquel día.
***
Apenas
unos 200 españoles sobrevivieron. 25.000 turcos habían perdido la vida. La
furia de Barbarroja fue tremenda. Al enterarse de las pérdidas de su ejército
mando ejecutar a 100 españoles. Los españoles de rodillas, maniatados, deseaban
que acabase aquel infierno, deseaban la muerte. Los 100 españoles ajusticiados
miraron en todo momento a su enemigo a los ojos, sin pedir clemencia alguna y
con una leve sonrisa, como de haber estado a punto de vencer, tan cerca quizá
pensaban en su última hora, aceptaron el destino de ser pasados a cuchillos.
Degollados yacían sus cuerpos en una hilera. Allí reposarán sus huesos para
siempre.
El
resto de los españoles que sobrevivieron, apenas otros 100, fueron llevados a
Constantinopla donde trabajarían como esclavos. ¡Maldita suerte! Pensaron
muchos.
Sin
embargo, el epilogo de esta historia se cerrará en junio de 1545 cuando hizo
aparición por el puerto de Messina un barco con prisioneros que habían
conseguido escapar de las cárceles de Constantinopla, entre los que había 30
supervivientes de Castelnuovo.
Los
turcos habían conquistado Castelnuovo, sí, pero a costa de un alto precio,
25.000 muertos. Era una fortaleza vital para el comercio en el Mediterráneo y
además amenazaba directamente a Europa. Los españoles, por su parte,
cumplieron, como siempre, con su cometido y vendieron cara su piel, asombrando
al mundo como tantas y tantas veces. Su leyenda se acrecentó por el mundo y por
toda Europa se cantaron sus gestas. Los únicos hombres en los que confiaba el Cesar
para la defensa y protección del imperio.
A pesar de todo, Castelnuovo cayó en el olvido, debido a que de los
3.500 hombres que lo defendían apenas unos 100 sobrevivieron.
Tras
ello, los turcos vencerían en Argel en 1541, Trípoli en 1551, Bugía en 1555,
Chipre en 1570 y la Goleta en 1573. Las naves otomanas fueron una amenaza
constante en el Mediterráneo hasta la batalla de Lepanto en 1571, en la cual la
intervención española del lado de las fuerzas cristianas fue decisiva para
expulsar a los turcos del Mediterráneo occidental poniendo fin a su amenaza en
Europa.
La
batalla de Castelnuovo pone de manifiesto el valor de los españoles y su forma
de luchar, pues el Tercio combinaba una gran disciplina con la encamisada y la
lucha cuerpo a cuerpo, campos en los que los españoles destacaron y fueron
superiores durante más de 150 años. Además, esta derrota afianzaría una visión
común entre las fuerzas del imperio español y la Santa Alianza, unión que
servirá para una mejor reorganización de la defensa del Mediterráneo así como
una mejor comunicación logístico-militar.
[1] Gutierre
de Cetina (1520-1557), "A los huesos de los españoles muertos en
Castelnuovo"
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