Batalla cultural y batalla espiritual: dos guerras que no pueden librarse por separado

 ¿Es suficiente dar la batalla en los medios, las aulas y las leyes si por dentro estamos vacíos?

<< Hoy en día, el concepto de "batalla cultural" está en boca de todos. Discutimos con fervor sobre educación, lenguaje, tradiciones e identidad, conscientes de que quien moldea la cultura termina moldeando la sociedad. Sin embargo, estamos cometiendo un error crucial: ignorar la batalla espiritual. Occidente no solo atraviesa una crisis intelectual y política; sufre una crisis de sentido. Hemos sustituido la trascendencia por el nihilismo, y al alma por el consumo. >>

En este artículo analizamos por qué la cultura y la espiritualidad no son frentes enemigos, sino la misma guerra combatida en dos escenarios distintos. 

Descubre por qué una victoria cultural sin raíces espirituales solo conquistará instituciones vacías, y por qué el futuro de nuestra civilización depende de que volvamos a unir ambos frentes antes de que el vacío termine por devorarnos.


Batalla cultural y batalla espiritual: dos guerras que no pueden librarse por separado

        Hay una extraña contradicción en nuestro tiempo. Una contradicción que parece que todos queremos afirmar, mientras nos destruye. Y es que precisamente todos queremos lo mismo, pero renunciamos a la batalla. La cultural, por un lado, y la batalla espiritual, por el otro.

Y es que cada vez son más quienes hablan de batalla cultural. Se discute sobre educación, medios de comunicación, lenguaje, historia, identidad, tradiciones y valores, entre las principales carencias o atributos a recuperar. Se denuncia, así, la imposición de determinados relatos ideológicos y la cada vez más acentuada, y progresiva, expulsión de cualquier pensamiento disidente del espacio público (aquello políticamente incorrecto). Se comprende, en definitiva, que la cultura importa, porque quien domina la cultura termina moldeando la sociedad.

Pero, al mismo tiempo, muchos de los que han comprendido la importancia de la batalla cultural parecen haber olvidado una batalla mucho más profunda: la batalla espiritual. Y es que la espiritual no es solo una batalla profunda, sino que es vital, pues en ella se halla la sociedad en su conjunto, una civilización que, a su vez, se pierde, se olvida, no se reconoce, que ha abandonado a Dios en favor del nihilismo.

Y es ahí donde reside uno de los grandes errores de nuestro tiempo. Porque ambas luchas no son enemigas. Son la misma guerra combatida en dos frentes distintos. No se puede pensar en una sin la otra y la misma existencia de una debe conllevar consigo la otra batalla. Deben ir unidas, no se entienden por separado.

Durante décadas, Occidente ha asistido a una transformación profunda de sus fundamentos culturales. Las universidades, gran parte de los medios de comunicación, buena parte de la industria cultural y numerosos centros del poder intelectual han ido construyendo una visión concreta del mundo que hoy se presenta como neutral, inevitable o simplemente correcta. Una transformación que, por ende, ha sido impuesta y aceptada sobre todo en lo que llamamos Occidente.

Las nuevas generaciones han crecido dentro de ese marco. No conocen otro.

Se les ha “enseñado” qué pensar sobre la historia, qué pensar sobre la nación, qué pensar sobre la familia, qué pensar sobre la religión e incluso qué pensar sobre sí mismos. ¿Qué pensar? Más bien qué no pensar, ya que son conceptos inexistentes o carentes de significado en la actualidad.

Sin embargo, no se les ha obligado a través de la fuerza. Ha bastado algo más eficaz, convertir determinadas ideas en lo normal y otras en lo impensable. Años y años de “lavado de cerebro” han desembocado en este resultado.

Y es que la verdadera victoria cultural nunca ha consistido en prohibir al adversario hablar. No. Consiste en lograr que deje de hablar porque teme hacerlo. El adversario, en este caso, la amplia mayoría, se autocensura, se calla, se esconde y asiente, acata lo impuesto. Lo impuesto, a su vez, se transforma en normal y, después, en ley. Ni siquiera sabe que existe una alternativa.

Por eso la batalla cultural sigue siendo necesaria. No para sustituir una propaganda por otra, ni para imponer una nueva ortodoxia. No. La batalla cultural es necesaria para algo mucho más valioso y necesario, ya que es el derecho a buscar la verdad sin miedo. A pensar por nosotros mismos, a ser críticos, comparar, diferenciar…

Pero, incluso una victoria cultural sería insuficiente. Seria incompleta. Porque la crisis que atraviesa Occidente no es únicamente intelectual.

Es, también y por otra parte, espiritual.

Nuestra época ha producido una paradoja extraordinaria. Increíble. Poco verosímil. En este sentido, nunca hemos tenido tanta información y, a la vez, tan poca sabiduría. Nunca hemos dispuesto de tantos medios para comunicarnos y nos hemos sentido tan solos. Nunca hemos tenido tantas comodidades y tan poca capacidad para soportar el sufrimiento. Y los de arriba, los que “mueven los hilos” lo saben.

Se nos prometió que el progreso material bastaría. Que la técnica resolvería nuestros problemas. Que el bienestar sustituiría a la trascendencia. Que el consumo llenaría el vacío. Que la psicología reemplazaría a la religión. Que el entretenimiento ocuparía el lugar de la contemplación. Que el individuo sería suficiente para sí mismo.

Y, sin embargo, el vacío sigue ahí. Quizá más grande que nunca. Ansiedad, estrés, depresión, tristeza…, sexo en lugar de amor, dinero en lugar de valor, lo material en pro del progreso y del futuro.

Nada de esto supone despreciar la psicología, ni la ciencia, ni los avances médicos, ni otras disciplinas como, por ejemplo, las orientales, ni ninguna herramienta capaz de ayudar al ser humano. No. Sería absurdo hacerlo.

La cuestión es más bien otra.

La cuestión es que una sociedad que únicamente sabe hablar de salud mental termina olvidando hablar del alma. Una sociedad que únicamente sabe hablar de bienestar termina olvidando hablar del sacrificio. Una sociedad que únicamente sabe hablar de derechos termina olvidando hablar de deberes. Y una sociedad que deja de mirar hacia lo trascendente acaba encerrada en sí misma. Tan encerrada que no se sabe si existe. Es decir, lo queremos todo y cuanto antes, sin dar nada a cambio, sin renunciar a nada, como si todo fuese inagotable.

Hace más de un siglo, Nietzsche proclamó que Dios había muerto. Muchos interpretaron aquella frase como una celebración. Quizá no comprendieron toda su profundidad, ya que Nietzsche no estaba describiendo una victoria. Estaba anunciando una catástrofe.

Si Dios desaparecía del horizonte moral de Occidente, alguien ocuparía su lugar. Y así ocurrió. Así lo estamos viendo.

Porque cuando una sociedad deja de adorar a Dios no deja de adorar. Simplemente cambia de objeto.

El Estado. La ideología. La identidad. El dinero. La fama. El placer. El propio ego… cambian de Dios o idolatran otras cosas, materiales en su mayoría, no espirituales, sin alma, poniendo de manifiesto su reflejo, el vacío humano, carente de alma.

El hombre moderno presume de haberse liberado de los altares (eso sí cristianos y, sobre todo católicos), pero sigue arrodillándose ante algo. Con la diferencia de que los nuevos dioses exigen mucho y ofrecen muy poco. Y el hombre moderno creyéndose libre.


Por eso la batalla espiritual resulta inseparable de la batalla cultural. Es por ello que ambas son necesarias. Porque una cultura sin raíces espirituales termina convirtiéndose en propaganda, en marketing, en producto de un sistema impuesto, en servilismo a merced de otros, de otras culturas, identidades, discursos... Y una espiritualidad sin presencia cultural termina reducida a una reliquia encerrada entre cuatro paredes.

Necesitamos, pues, ambas.

Necesitamos reconstruir una cultura que vuelva a valorar la verdad, la belleza, la historia, el arte, la poesía, la responsabilidad y la libertad auténtica. Y necesitamos reconstruir una vida espiritual capaz de recordar que el ser humano es algo más que un consumidor, un votante o un productor. Que tiene un propósito y una misión en esta vida terrenal.

No se trata únicamente de salvar iglesias vacías. Se trata de salvar aquello que las levantó. Y mantenerlo.

No se trata solamente de recuperar tradiciones. Se trata de recuperar el significado que las hizo posibles. Y mantenerlo.

No se trata de volver al pasado. Se trata de impedir que el futuro se construya sobre un vacío. Y mantenerlo, por supuesto.

Porque ninguna civilización puede sobrevivir mucho tiempo cuando deja de creer en algo superior a sí misma. Como le pasó al Imperio Romano, primero en Roma y, después, en Constantinopla.

En este sentido, toda batalla cultural que ignore la dimensión espiritual acabará conquistando instituciones mientras pierde almas.

La batalla cultural es necesaria. La batalla espiritual es indispensable.

Por ello, el gran desafío de nuestro tiempo consiste en comprender que la primera jamás podrá ganarse si la segunda ya ha sido abandonada. Y viceversa.

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