LA PRIMAVERA ENSANGRENTADA Crónica de un levantamiento en Madrid
Capítulo I. La mañana engañosa
Madrid. 2 de mayo de 1808.
El sol hacía aparición tímidamente entre las nubes. Lo hacía con la promesa
que sólo la primavera madrileña sabía ofrecer. Un velo ligero de polvo se
elevaba desde los adoquines tras el paso de los primeros carros. El trasiego
con aspecto de normalidad de los trabajadores, murmullos y alguna taberna que
se dejaba entrever a primera hora. La ciudad despertaba sin prisas, ajena en
apariencia a la tensión que desde hacía semanas la anudaba por dentro. Una
tensión, sin embargo, que no había sido más que eso. Tensión. Solamente.
Madrid era villa. Indiscutible. Carlos III se había encargado de decorarla
y dejarla a la altura de París, Viena, Berlín… la piedra que provenía de los
aledaños, las afueras cada vez eran menos afueras, la higiene, la
estructuración de la ciudad y los caminos. Todo se expandía. Madrid crecía.
Ahora con su hijo, Carlos IV y, sobre todo, con aquel Godoy, la villa y capital
del reino parecía encaminarse al futuro.
Sin embargo, últimamente, los motines, las discusiones, disputas… y aquel
maldito ejercito complicaban todo en la capital. A pesar de ello, Madrid
crecía, trabajaba como todos los días.
En la calle Mayor el aroma del pan empezaba a expandirse desde las tahonas
atrayendo el olfato hacia aquellos hornos, y los pregoneros afinaban la voz
repitiendo mercancías y oficios. Noticias aun no, pues era pronto para que algo
importante hubiera ocurrido. Las mujeres de mantón cruzaban las aceras con paso
firme, algunas camino de los lavaderos del Manzanares, otras hacia los talleres
donde tejían o cosían para oficiales y familias adineradas. Los aguadores
avanzaban lentamente cargando sus cántaros, ya que solo el que transporta agua
sabe el precio de derramar una sola gota, mientras que los carreteros arreaban
a sus mulas rumbo a la Puerta del Sol o al mercado de la Cebada. Tras las
murallas de aquel Madrid, canteros y labradores, algún bandolero y caminante
comenzaban a verse también. Los enamorados se despedían en la pradera que
llamaban del Retiro. Una jornada comenzaba.
Todo parecía normal. Demasiado normal.
Algunos, sin embargo, notaban que aquel día vibraba con una frecuencia
distinta. Esa sensación de que algo iba a ocurrir. Un presentimiento, quizá.
Tal vez era el rumor sordo que serpenteaba por las esquinas: que los franceses
no estaban allí sólo para custodiar sino para mandar; que la familia real
estaba prácticamente prisionera; que el pueblo era observado, pesado, evaluado…
A la hora en que los relojes marcaban las ocho, un murmullo inquietante
comenzó a nacer desde el entorno del Palacio
Real. Quienes trabajaban cerca, o quienes simplemente tenían curiosidad,
empezaron a caminar en esa dirección. Solamente eran las ocho, pero el
murmullo, el cotilleo, la curiosidad, a final de cuentas, podía más.
—Dicen que se llevan al infante —murmuró un vendedor de carbón en la Plaza
de Oriente.
—Eso no puede ser… —respondió una mujer mayor—. Si eso es verdad, ¿qué queda ya
de España?
—Pues nada —intervino un joven aprendiz—. Nada más que nosotros.
Aquella frase quedó suspendida en el aire, como si hubiera sido pronunciada
por alguien que aún no era consciente de la verdad que contenía. Y la verdad es
que ninguno de los allí presentes hizo caso a la frase del joven inocente.
Porque aquella mañana, sin que nadie lo supiera todavía, Madrid estaba a punto de convertirse en
España entera.
Cuando los primeros madrileños llegaron a la verja del Palacio, vieron algo
que les hizo, cuanto menos, fruncir el ceño. Un movimiento inusual de tropas francesas.
Dragones, granaderos, oficiales con gesto tenso. Se mostraban inquietos y
nerviosos, con prisas.
No era la guardia rutinaria. Era un traslado. Un operativo. Un movimiento
inusual.
Entonces, los allí presentes, lo vieron. Un niño, el infante Francisco,
rodeado por soldados franceses. Su carruaje preparado. Sus criados disgustados.
La comitiva lista para partir. Nervios en el ambiente. Gestos tensos. Rapidez
en los movimientos. Soldados atentos.
Y la multitud comenzó a agolparse. Primero decenas. Luego cientos. Muy
pronto miles. El rumor se propagó como pólvora sobre la paja seca:
—¡Que se lo llevan! ¡Que se lo llevan!
Aquel grito incesante, repetitivo, cansino… se escuchó por toda la plaza y
como si hubiera eco se difundió. Mujeres, hombres, ancianos… voceros de una
imagen que muy pronto cambiaría tornándose en otra cosa.
Lo que había sido una mañana tranquila se convirtió en un temblor
colectivo.
Madrid, sin saberlo, había empezado ya a rugir.
Capítulo II. El tumulto y el
rugido del pueblo
El ruido crecía. El tumulto también. Los franceses
formaron un muro disciplinado ante la verja. No hablaban español, pero sus
gestos eran bien claros: retroceded. El infante miraba con horror y tristeza
por la ventanilla del carruaje, que intentaba avanzar. Los criados igual. Algún
soldado francés vaticinaba con su semblante lo que estaba a punto de suceder.
Las ordenes, claras. ¡Retroceded!
Pero la multitud no retrocedió. Se sabía lo que querían decir los
franceses. Tanto tiempo en aquella ciudad que los españoles ya sabían lo que
significaban aquellas palabras que cada vez sonaban más alto a la par que
aleatorias:
—¡Reculez!
—Allez, allez…
Un simple tumulto, quizá, como tantas otras veces.
Pero cada minuto que pasaba era peor, a cada abrir y cerrar de ojos
llegaban más: artesanos que habían oído los gritos desde sus talleres; mujeres
que subían corriendo desde la calle Arenal; mendigos y niños que se mezclaban
entre las piernas de los adultos; jornaleros que habían llegado temprano con
productos para vender; e incluso clérigos que veían en aquel traslado una
humillación intolerable. Los enamorados se levantaron de un banco y acudieron
al barullo. Ancianos, tejedoras, aguadores que depositaban sus baldes y jarros
en cualquier lugar que les servían de poyete, carboneros aparcaban absortos sus
carretas, viajeros paraban por doquier poniéndose la mano de visera para poder
ver algo de manera nítida.
Más y más personas. Gritos y murmullos. Nerviosismo.
—¡No permitamos que lo saquen! —gritó un hombre.
—¡Que España no es de Napoleón! —coreó otro.
—Malditos gabachos —repetía un grupo mas alejado.
El ambiente se volvió espeso, cargado de electricidad. Los franceses
trataban de mantener la compostura, pero la presión humana crecía y crecía. Ya
no había nubes. El sol tampoco era el protagonista, aunque el calor comenzaba a
estar presente en el ambiente. La crispación y el odio iban caldeando aquella
mañana. El tono era raro, como cuando se sabe que algo iba a pasar. Las
palabras malsonantes subían de tono, el ánimo se enardecía a medida que pasaban
los segundos. Pues sucedió todo en un instante.
Un soldado francés empujó a una mujer para despejar espacio.
El empujón fue brusco. Demasiado brusco.
Su hijo, un joven herrero, se lanzó contra el soldado sin pensarlo. Hubo un
forcejeo, un culatazo, un grito. Sangre en la cabeza. Una brecha…
Tanto el soldado como el joven sabían lo que había ocurrido.
Fue el punto de ruptura.
Lo que siguió no fue un acto racional, sino un estallido.
La masa avanzó. Los soldados tensaron los mosquetes. Los gritos crecieron hasta
volverse ensordecedores.
Y, entonces, un tambor francés marcó un ritmo seco.
La multitud respondió con un rugido ancestral. Ni los soldados ni las verjas
aguantarían ante tal caos. La avalancha estaba a punto de sucederse.
Y sin que nadie lo esperase llegó el
primer disparo.
No se sabe desde dónde ni quién apretó el gatillo. Pero la chispa había
encendido el barril entero.
El tumulto se convirtió en batalla. Los nervios, entonces, dejaron paso al
caos, al desorden, a la ira, venganza… los insultos y gritos dieron paso a la
violencia.
El sol de aquella mañana querría arroparse con las nubes, pero estas se
marcharon hacía ya tiempo. Era primavera en Madrid. Una primavera calurosa.
Fuego y sangre. Silencio y gritos.
Sangre.
Capítulo III. La primera
sangre
El estampido del disparo pareció partir el aire.
Por un instante, todo quedó suspendido. Un par de segundos de calma tensa,
donde enmudeció el ambiente. Un par de segundos sin sonido alguno. Silencio,
solo eso.
Luego el caos se desató.
Mientras los franceses formaban en cuadro, la multitud retrocedía. Pero no
huyó. No. La tensión explotó en puñetazos, patadas, piedras lanzadas, culatazos
y gritos. La violencia fue indescriptible. Fue de tal magnitud que aquel
ejército, el mejor de Europa, no recordaba algo parecido, ni en la guerra, ni
en la revolución del 89.
Carreras de un lugar a otro. Forcejeos.
En medio de la trifulca un anciano cayó tras recibir un sablazo. Una mujer se
arrodillaba sobre él sin poder frenarlo. Sin poder hacer nada. Un niño lloraba
buscando a su madre.
La gente arrancaba adoquines del suelo para arrojarlos. Otros se armaban
con palos, navajas, picos, estacas…, cualquier herramienta servía. Los soldados
franceses gritaban órdenes entre ellos.
— ¡Tirer à volonté!
Una orden que iban a entender los madrileños muy pronto. Ya que entonces llegó la descarga.
Una línea francesa abrió fuego. El sonido fue seco, inhumano, implacable.
Claro y preciso.
Tres, cuatro, seis, diez cuerpos cayeron en el acto.
La multitud retrocedió.
Nuevamente hubo un silencio terrorífico.
Y después…
—¡A ellos!
—¡A por los franceses!
—¡¡Viva España!!
La calle Mayor se convirtió en un torbellino. Desde los balcones comenzaron
a caer macetas, botellas, piedras, incluso cubos llenos de agua hirviendo. Las
tabernas se vaciaban, los vasos y jarrones salían despedidos también. Madrid
entero se transformó en un organismo vivo que luchaba con uñas y dientes. Todo
valía aquel día.
El murmullo, las carreras, el sonido de botellas y cristales rotos se
entremezclaban con los gritos y los disparos. La agonía del sufrimiento. El
odio y el rencor… la violencia definía el paisaje de aquella mañana en Madrid.
Una vieja, con el pelo recogido y la espalda encorvada, arrojó un martillo
desde su balcón y acertó en la cabeza de un oficial francés. El hombre cayó seco.
La multitud rugió.
Fue el primer francés muerto aquel día. Pero no sería el último.
El descontrol y el caos reinaron entonces en la villa.
Capítulo IV. La ciudad en
armas
El combate se extendió como un incendio incontrolable.
Calle Arenal. Calle Mayor. Plaza de Oriente. Príncipe Pío. Moncloa. Puerta del
Sol. Cuesta de San Vicente. La armería…
En cada rincón surgía una resistencia espontánea. Aparecían, con ello,
trincheras improvisadas. En cada esquina esperaba la muerte. El pueblo
madrileño, sin planificación, sin armas, sin líderes, luchaba con una ferocidad
que tomó por sorpresa incluso a los oficiales franceses, curtidos en la guerra
y que habían servido en Italia, Austria o Prusia, por ejemplo.
Los madrileños se organizaban en pequeños grupos, se dispersaban y volvían
a atacar. Aparecían y se escondían. Desde las ventanas, los vecinos se
convirtieron en artilleros domésticos. Desde los portales, los hombres
emboscaban a soldados aislados. La espontaneidad era el peor enemigo de los
franceses, acostumbrados a la elegancia de la formación, a ordenes concretas.
En la Puerta del Sol, el
combate fue especialmente brutal. Las tropas francesas intentaron despejar la
plaza a sablazos. Muchos cayeron allí, y aún hoy cuesta imaginar aquel círculo
perfecto de sangre extendiéndose sobre la piedra. Los dragones a caballo
intentaban abrirse paso, los batallones trataban de formar. Muchos caían. No
había orden, solo miedo, terror, ira….
En Moncloa, campesinos
recién llegados a Madrid para vender sus productos bloquearon la entrada de las
tropas francesas que venían desde Fuencarral. Detuvieron con palos y hoces a
soldados profesionales durante casi una hora. Cayeron casi todos. Pero el
retraso que provocaron sería crucial. Carretas como parapetos, cadáveres que
servían de trincheras. Sangre y un hedor putrefacto predominaban en el
ambiente. El polvo y la pólvora, el humo del fuego, los lamentos y gritos, los
llantos por los que yacían… la situación era lamentable y trágica.
En Príncipe Pío, hombres,
mujeres y niños lucharon entre las huertas, barrancos y caminos. Muchos de ellos
serían fusilados al día siguiente, en esos mismos terrenos regando con su
sangre la hierba seca, decorando aquel funesto paisaje de muerte.
Madrid resistía como un animal acorralado. Y un animal acorralado es
siempre peligroso.
La imagen se repetía por la villa. Cada esquina, cada rincón, era una
trampa.
Capítulo V. Manuela Malasaña
La historia de Manuela
Malasaña, que apenas contaba con 17 años, no es una leyenda romántica.
Es una tragedia real, símbolo de la brutalidad del día.
Vivía en la calle San Andrés nº 18, en el barrio de las Maravillas. Hija de
un panadero y de una bordadora. En aquel entonces ella era aprendiz de
costurera. Aquella mañana había salido, probablemente, para llevar trabajo a un
taller o, quizá, para buscar noticias. Llevaba en el bolsillo del delantal sus tijeras, herramienta de su oficio,
pero también símbolo de la gente humilde que ese día luchaba. Sin embargo, las
tijeras aquel día no iban a cortar, tendrían otro uso.
Un destacamento francés registraba a los transeúntes. Al verla, le ordenaron
entregar las tijeras. Quizá se negó. Quizá se defendió. O, quizá, simplemente
levantó demasiado la voz.
La respuesta fue inmediata. La abatieron. No sin antes intentar defenderse.
Su vida se acabó.
Allí quedó tendida, con las tijeras aún manchadas por el polvo de la calle.
Una joven, casi niña, sin más arma que su oficio.
Madrid jamás olvidaría su nombre. Ni su gesto. Ni la injusticia de su
muerte.
Manuela no fue la única mujer que murió ese día. Pero se convirtió en
símbolo de todas.
***
Y es que aquel día todos eran gatos, no por madrileños sino por cómo se
defendían.
Capítulo VI. El Cuartel de
Monteleón
Mientras la ciudad ardía, en el Cuartel de Monteleón dos oficiales
españoles tomaban la decisión que cambiaría para siempre la historia del 2 de
mayo. Luis Daoiz y Pedro Velarde. Y no solo tomaban una
decisión, sino que salvaban el poco honor del ejército español. Un honor y un
ejército desaparecidos, como su rey, como aquel joven infante, como tantos
otros.
Sabían que las órdenes oficiales exigían no intervenir. Sabían que resistir
significaba la muerte. Sabían que aquella rebelión era espontánea,
desorganizada.
Pero también sabían que un soldado español no podía permanecer impasible
mientras su pueblo moría en las calles.
—No entregaremos los cañones —dijo Velarde.
—Ni permitiremos que el invasor tome el parque de artillería —añadió Daoiz.
Ambos se miraron, asintieron y abrieron las puertas del cuartel al pueblo.
Enseguida entraron decenas de madrileños: herreros, libreros, carreteros,
incluso presos liberados por las autoridades. Muchos llevaban heridas. Otros
iban armados con navajas y otras herramientas. Pero todos tenían una determinación
feroz.
Los artilleros españoles empezaron a cargar cañones. Los franceses, desde fuera,
no podían creerlo.
El primer cañonazo retumbó en toda la ciudad.
Fue como si Madrid gritara con pólvora: “Aquí
estamos. No nos rendimos.”
El combate fue brutal.
Los franceses asaltaron el cuartel varias veces. Los españoles varias veces
repelieron el ataque.
Las mujeres de un lado para otro atendiendo heridos, llevando agua. Otras,
como Clara del Rey yacían muertas, siguiendo el ejemplo de Malasaña. Los
escombros servían de mantón a muchos cadáveres a los vivos de trincheras. Los
voluntarios obedecían las órdenes de los profesionales.
Ya no quedaban balas, ni en los mosquetes, ni en los trabucos ni tampoco en
los cañones. Se luchaba cuerpo a cuerpo, piedra por piedra, cualquier palo,
cualquier objeto punzante servía para combatir.
Velarde cayó con el mosquete en la mano. Daoiz murió defendiendo uno de los
cañones.
Cuando los franceses tomaron finalmente Monteleón, tras varias horas, sólo
encontraron cadáveres, sangre y humo… y una gesta para la eternidad. No quedaba
apenas un muro firme, ni siquiera testigos.
De fondo, columnas de humo decoraban Madrid. Ahora sí, el sol ya no se
veía.
Capítulo VII. Caos, terror y
dignidad
A medida que avanzaba la tarde, la resistencia empezó
a agotarse. El calor era insoportable. El humo de la pólvora irritaba los ojos.
La ciudad olía a sangre, sudor y miedo.
Los franceses, reforzados, iban tomando cada esquina. Avanzaban casa por
casa, lentos y ordenados, pero sin dejarse nada atrás.
Los madrileños retrocedían, pero no se rendían.
En la calle Mayor, un grupo de artesanos bloqueó el paso a un pelotón
francés usando mesas, bancos y carros volcados. Resistieron hasta el último
hombre.
En la Encarnación, un grupo de mujeres lanzó agua hirviendo y brasas sobre los
soldados que trataban de abrirse paso.
En Sol, un niño de doce años atacó con una navaja a un soldado que iba a
arremeter contra su padre.
Y en cada calle, los gritos eran los mismos:
—¡Por España!
—¡Por Madrid!
—¡No pasarán!
—¡Merde!
Pero pasaron.
Y cuando lo hicieron, comenzó la represión.
Los franceses registraban casa por casa. A quien encontraban con un arma o
una simple mancha de pólvora lo apresaban. Muchos no llegaban a ser
interrogados. Las tropas, enfurecidas, actuaban con brutalidad.
La noche cayó sobre una ciudad desangrada.
Capítulo VIII. La noche de los
fusilamientos
La orden francesa fue clara:
“Todo aquel que haya empuñado armas
contra nosotros será ejecutado.”
— ¡Pour la révolution!
Las detenciones se multiplicaron.
A muchos los reunieron en la montaña del Príncipe Pío. Otros en la zona de la
puerta de Toledo. Otros en la plaza de la Cebada….
Las escenas eran sobrecogedoras.
Hombres jóvenes, ancianos, incluso adolescentes.
Muchos descalzos, ensangrentados, cubiertos de polvo. Algunos rezaban. Otros
lloraban. Otros permanecían en silencio.
Al amanecer del 3 de mayo, los fusilamientos comenzarían. Las campanas de
fondo, algún cura bendiciendo. No había tiempo ya para los rezos.
Y los lienzos de Goya inmortalizarían para siempre aquella barbarie.
Sin embargo, un grito resonaba:
“Esta tierra será vuestra tumba”.
Una frase que se haría realidad por toda España.
“Attention”
“Chargez les armes…”
Capítulo IX. El bando de
Móstoles
Mientras Madrid se sumía en el dolor, en Móstoles la
noticia llegó en estado puro:
“Madrid lucha. Madrid muere.”
El alcalde Andrés Torrejón no
dudó. Junto a él estaba Simón Hernández. Ambos esperando a que Juan Pérez
terminase de redactar un bando que cambiaría el curso de España.
Un bando urgente, un grito que se volvería inmortal:
“La patria está en peligro. Madrid perece víctima
de la pérfida Francia. Españoles, acudid a salvarla.”
Fue Pedro Serrano quien haría de intermediario. Emisario
más bien. Rápidamente guardó aquella misiva, agarró la rienda del caballo y
apoyando su pie izquierdo en el estribo montó a grupas dirección a Andalucía.
Dos días después la noticia había llegado a Badajoz.
Ese bando no era papel. Era una llama. Y España entera se encendería con
ella.
Capítulo X. Epílogo: La gesta
que inició la libertad
Los franceses habían vencido militarmente el 2 de
mayo.
Pero habían perdido algo mucho más importante: la obediencia y el silencio de
un pueblo.
Porque el levantamiento de Madrid no fue una victoria estratégica. Ni un
plan militar. Fue algo más profundo. El
despertar de una nación.
Aquel día, campesinos, artesanos, mujeres, ancianos, soldados
desobedientes, niños incluso, se enfrentaron al ejército más poderoso de
Europa.
Y aunque la ciudad quedó sembrada de muertos, el ejemplo se propagó.
Zaragoza, Valencia, Sevilla, Asturias, Galicia…
Toda España se levantó. Y se levantó gracias al coraje y determinación de un
pueblo, Madrid, de un alcalde en Móstoles, de un emisario que se recorrió toda
España…
El 2 de mayo no fue el final. Fue el principio.
El principio de la resistencia. El principio de la independencia.
El principio de una nación que decidió que no estaba dispuesta a arrodillarse.
Fue el ejemplo de un pueblo que se enfrentó a todo un ejército armado y
uniformado.
Y ese día, hace más de dos siglos, el pueblo de Madrid lo decidió.
Con sangre. Con valor. Con dignidad.
Pues como diría Bernardo López en su oda “No
puede esclavo ser pueblo que sabe morir”.
El resto ya lo sabéis.
FIN


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