KENNEDY. EL ASESINATO DE UN PRESIDENTE
Noviembre de 1963. Dallas (Estados Unidos) …
El cielo de Dallas amaneció limpio aquel 22 de
noviembre de 1963. No hacía demasiado frío. El aire tenía esa tibieza engañosa propia
de Texas en otoño, una calma ligera que parecía incapaz de albergar tragedias.
Demasiada calma. Las calles estaban abarrotadas desde primera hora; familias
enteras se apretaban tras las vallas de seguridad, hombres con sombrero
levantaban la mano para saludar y mujeres con vestidos agitaban banderines
estadounidenses. Había entusiasmo. Había admiración. Había una especie de
orgullo colectivo recorriendo la ciudad.
Nadie, sin embargo, estaba dispuesto a perderse aquel día. Aquel desfile presidencial.
Y es que aquel presidente de los Estados Unidos avanzaba lentamente por la Dealey square.
El Lincoln Continental
descapotable, negro y brillante bajo la luz del mediodía, se deslizaba entre
los aplausos como si flotara. Parecía dejarse llevar entre las masas, dándose
un baño, a ritmo lento. En el asiento trasero, John
Fitzgerald Kennedy sonreía con esa seguridad natural que le acompañaba
siempre. Saludaba a derecha e izquierda con movimientos tranquilos y, en
algunos momentos, elegantes. A su lado, Jacqueline
Kennedy Onassis llevaba un traje rosa impecable y un pequeño sombrero
del mismo color. La imagen era perfecta. Presidencial. Americana. Una pareja
idílica, tradicional, acorde a los cánones occidentales que dominaban el mundo
en aquel momento.
Los agentes del Servicio Secreto vigilaban atentos. No sudaban y sus trajes
se vislumbraba perfectamente planchados y limpios. Perfectos para tal ocasión. El
recorrido había sido preparado con antelación. Había controles, motocicletas,
vigilancia en edificios cercanos. Pero el ambiente era demasiado festivo como
para pensar en la muerte. Quizá otro día. Quizá no.
Los vítores se entremezclaban con el ruido de los motores. Griterío.
Aplausos…, júbilo en todo esplendor.
El coche proseguía el recorrido establecido. Giró lentamente.
Y entonces ocurrió. Un sonido seco.
Extraño.
Y es que aquel ruido desvió la atención de la gente. Muchos pensaron primero
en petardos. Otros miraron hacia atrás confundidos. Kennedy dejó de saludar
durante un instante. Su expresión cambió apenas un segundo, como si algo
invisible acabara de atravesarle el cuerpo. Se llevó las manos al cuello.
Y después llegó el segundo disparo. El tiempo pareció romperse.
La bala impactó en la cabeza del presidente con una violencia prácticamente imposible
de describir. El cráneo se abrió en una explosión brutal de sangre, hueso y
materia cerebral. Una nube roja salpicó el interior del automóvil. Fragmentos
de cerebro quedaron esparcidos sobre el asiento trasero y la carrocería.
Jacqueline lanzó un grito ahogado y, presa del pánico, trató de arrastrarse
hacia la parte posterior del coche, como si quisiera recoger los pedazos de su
marido antes de que desaparecieran para siempre. Pánico, esa era la
descripción, el sustantivo que mejor definía aquella grotesca escena. Silencio
y ruido al mismo tiempo. Después, el caos.
Un agente del Servicio Secreto saltó sobre el Lincoln en marcha. La multitud
dejó de aplaudir.
El silencio duró apenas un instante, pero fue un silencio monstruoso.
Después llegaron los gritos. El caos. La gente. Esa gente que era espectadora,
ahora parecía ser parte del decorado. Personas corriendo sin dirección, madres
abrazando a sus hijos, hombres señalando hacia el edificio del depósito de
libros escolares. Algunos se tiraron al suelo. Otros lloraban sin comprender.
Nadie sabía nada, solo dejaban su instinto al libre albedrío. Trataban de
salvar su vida, solo eso.
Mientras tanto, Kennedy permanecía desplomado sobre el asiento.
Su cabeza descansaba inclinada hacia la izquierda. La sangre empapaba el traje
oscuro. Sus ojos, todavía abiertos, parecían mirar algo lejano, algo que ya no
pertenecía al mundo de los vivos.
El conductor aceleró.
El Lincoln salió disparado hacia el hospital Parkland mientras Jacqueline, cubierta de sangre y restos del
cerebro de su esposo, seguía abrazándolo desesperadamente. Desconsoladamente.
Nadie dentro del coche pronunciaba palabra. Sólo se escuchaba el rugido del
motor y las sirenas abriéndose paso entre la ciudad. Las sirenas, si, inundaban
Dallas.
A las 13:00 horas, los médicos declararon muerto al presidente de los
Estados Unidos.
Tenía cuarenta y seis años.
En cuestión de segundos, el mundo había cambiado para siempre.
La televisión interrumpió su programación. Las emisoras de radio quedaron
sumidas en una especie de luto instantáneo. Intermitente. Había un chorreo de
información que llegaba a cuentagotas. Millones de personas contemplaron
incrédulas la noticia. Algunos lloraban frente a los escaparates donde había
televisores encendidos, otros simplemente guardaban silencio, incapaces de
aceptar que el hombre más poderoso del planeta hubiera muerto con la cabeza
destrozada en mitad de una calle americana.
Y mientras Dallas se llenaba de policías, rumores y miedo, una pregunta
empezó a extenderse lentamente, como una sombra:
¿Por qué? ¿Por qué matar a Kennedy?
***
20 de enero de 1961.
Dos años antes.
Washington amaneció cubierta por un frío intenso cuando John Fitzgerald Kennedy juró su cargo como
trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Con apenas cuarenta y tres
años, se convertía en el presidente más joven elegido por voto popular en la
historia del país. El más joven, nada más y nada menos. Representaba algo
nuevo: la juventud, la ambición, la modernidad… Hablaba con firmeza, sonreía
con facilidad y transmitía la sensación de que Estados Unidos podía conquistar
cualquier cosa. Como si acaso no lo hiciera ya.
“Pregúntate qué puedes hacer por tu
país”, dijo aquel día.
Y millones de estadounidenses creyeron en él. Esas palabras tenían una intención.
Al menos, iban encaminadas a convertirse en acción.
Pero el poder nunca es inocente.
Tras la imagen elegante y carismática, Kennedy comenzó a tomar decisiones
que incomodaron a demasiada gente. No gente cualquiera sino “gente”, ya saben.
Quería limitar el poder de ciertos organismos de inteligencia después del
desastre de Bahía de Cochinos. Desconfiaba de sectores militares que
presionaban para iniciar guerras abiertas. Había mostrado señales de querer
reducir la escalada en Vietnam. Y, sobre todo, empezó a tocar cuestiones
relacionadas con el sistema financiero y el poder económico de las grandes
élites. Esto último es lo que más molestaba a la “gente”.
El 4 de junio de 1963 firmó la Orden
Ejecutiva 11110, una medida que permitía emitir certificados respaldados
por plata a través del Tesoro estadounidense. Teóricamente se trató de una
medida administrativa diseñada para gestionar la escasez de plata en Estados
Unidos para facilitar la transición hacia los billetes de la Reserva Federal. Para
algunos era sólo un ajuste técnico, para otros, un movimiento peligroso que
insinuaba cierta intención de reducir la dependencia del sistema de la Reserva
Federal.
La Reserva Federal. Siempre la Reserva Federal. Esa reserva intocable.
Así las cosas, no todos estaban contentos con Kennedy.
Demasiados enemigos comenzaron a rodearlo. Demasiados.
Industriales militares. Sectores de inteligencia. Mafiosos traicionados tras
haber colaborado supuestamente en su ascenso político. Anticastristas furiosos
por Cuba. Poderes económicos que observaban con desconfianza sus movimientos.
En Washington, las sonrisas y los apretones de manos comenzaron a ocultar
guerras silenciosas.
Kennedy probablemente nunca imaginó hasta qué punto estaba solo.
Durante sus últimos meses en la Casa Blanca parecía más cansado. Más
prudente. Algunos de sus discursos empezaban a sonar distintos, casi como
advertencias. Hablaba de sociedades secretas, de poderes invisibles, de la
necesidad de transparencia frente a fuerzas que operaban en las sombras.
En las sombras, sí, donde no se ve al enemigo.
Y entonces llegó Dallas.
El recorrido en coche.
La bala.
La sangre.
El instante exacto en que el sueño americano perdió definitivamente su
inocencia.
Desde aquel día, Estados Unidos jamás volvió a mirar al poder de la misma
manera.
Y quizá sea el poder el que nos mire tras esa advertencia.

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