El Calvario de Jesús
Abril. Año 33.
Un joven de 33 años camina,
como puede.
El aire huele a desidia,
crispado por el dolor.
Son las 3 horas de la tarde
aproximadamente y la Jerusalén de Poncio Pilato, atónita, presencia un calvario
jamás visto hasta entonces.
***
La
madera crujía, un lamento seco que se fundía al arrastrarse con el siseo de la
arena bajo sus pies deshechos. No era solo el peso de los tablones, no. Era el
peso de cada pecado, de cada grito de "¡Crucifícalo!" que aún
resonaba en el aire estancado de Jerusalén.
Aquel hombre, que una vez multiplicó panes y peces, que
calmó tormentas…, era ahora una masa de carne abierta, un mapa de dolor trazado
por el flagelo romano. Ya no era un maestro, era simplemente un mito
desangrándose en tiempo real. Era y estaba, solo eso. A merced de los vientos
fariseos, de aquellos mercaderes de sueños, de ideas, de políticas…
El Calvario de la Carne
El sol de Judea no tenía
piedad. No. Al menos ese día. Nadie la tenía.
Caía como plomo derretido sobre
su espalda, donde la sangre se mezclaba con el polvo, formando una costra que
se arrancaba cada vez que la cruz oscilaba, cada vez que el látigo volvía a ser
parte de su carne.
Le escupían. El salivazo de un
mercader le nubló el ojo izquierdo, mezclándose con el sudor picante y la
sangre que manaba de su frente.
La corona no era de oro, sino de espinas de acacia. Espinas
largas y negras, que se hundían en el cráneo con una precisión quirúrgica. Era
la corona a su medida: la de un Rey de los Olvidados. Irónicamente, cargaba el
trabajo de un carpintero, un oficio que sus propias manos conocían bien, pero
esta vez la madera no era para una mesa donde compartir el vino, sino el altar
de su propia ejecución. Torpe carpintero. Que curioso.
—¿Por
qué? —gemía hacia un cielo que parecía de bronce. Un cielo interno que solo él
se empeñaba a ver.
No había sal para sus heridas, solo el vinagre del
desprecio. Sus ojos, antes focos de una paz insondable, apenas distinguían las
siluetas de la multitud. Veía a los soldados romanos, aburridos de tanta
muerte, empujándolo con sus lanzas. Veía a los doctores de la ley -sacerdotes
les llamaban-, sonriendo con una satisfacción gélida, creyendo que, al matar al
hombre, mataban la idea.
Fariseos. Ismaelitas…
mercaderes con túnicas.
—¿Por qué? —se repetía como
intentando entender.
El Llanto de la Mater Dolorosa
A pocos
metros, el mundo se derrumbaba en silencio. María. No era la reina de los
cielos en ese momento, era una madre viendo cómo le arrebataban la vida a su
hijo de la forma más obscena posible. Cada lagrima, fruto de aquella humillación,
cada lagrima era un recuerdo. Su hijo era el motivo, y no podía hacer nada.
Cada vez que el cuerpo de Jesús
golpeaba el suelo, ella sentía el impacto en sus propios huesos. Sus ojos eran
pozos de una angustia tan vasta que ni el tiempo podría secar. Quería
acercarse, limpiar esa cara que una vez acunó, pero el hierro de las legiones y
el destino se lo impedían. Ese nazareno que procesionaba lleno de sangre y
dolor era su hijo y ella no podía hacer nada.
Mientras tanto, en las sombras de los callejones, los que
juraron morir por él se cubrían los rostros con sus mantos. Los apóstoles, los
"leones" de Galilea, eran ahora sombras temblorosas, asfixiados por
la culpa y el terror de ser los siguientes. El aire apestaba a traición y a
tragedia. Judas ya no estaba, su cuerpo colgaba de una higuera en el Campo de
Sangre, un final tan seco y amargo como las monedas de plata que aún parecían
quemar el suelo del Templo.
Hacía apenas 4 días que fue
recibido con palmas. El rey de los olvidados, decían. Rey, a secas. Ahora su
madre vaga muerta en vida, viendo a su hijo perecer sin poder ayudarlo. Los demás
reniegan, tal y como predijo en aquel banquete. Se esconden. Se cubren el
rostro. Uno le traicionó, ya no está.
La madre llora desconsolada. Su
hijo se va. Nadie lo impide. Lo van a matar –si es que acaso sigue vivo-. Y es
que apenas tenía 33 años aquel carpintero.
***
La subida
al Gólgota se hace eterna. Los pies en carne viva, las ampollas se revientan. Toda
una multitud detrás. Insultos, empujones, escupitajos... Aquel rey cae otra
vez. La cruz, es vez, se cae con él. La cruz lo aplasta, nadie lo ayuda. 90
kilogramos de madera maciza. Los huesos se quiebran, crujen. Vomita sangre y bilis.
El pus era la manifestación de aquellas heridas infectadas.
Sin embargo, se levanta ante el
estupor de la gente. Los propios legionarios, los sacerdotes, la multitud en si
quedan atónitos. La burla calla por un momento. El golpe contra el suelo fue
brutal.
Y en ese preciso momento de
desconcierto, su madre, María, lo intenta ayudar.
—Aquí estoy hijo —con la
sinceridad y sufrimiento de una madre o simplemente de alguien que ama.
—Aquí estoy hijo —de nuevo.
—Madre —replicó el y, como
quien no teme a nada, ni siquiera a la muerte misma, sonrió y la dio un ósculo
en la frente.
Eso bastó. Tampoco se pudo más.
Ambos sabían lo que venía después.
El Silencio que Grita
El
viernes terminó con un eclipse que parecía el parpado de Dios cerrándose sobre
el horror. Un parpadeo intermitente. Aquel joven fue crucificado. Después de
todo, ya caminaba cual cadáver en busca de paz o simplemente reposo.
3 clavos, 4 huesos quebrados. Lágrimas
de sangre… arcadas y estertores interminables. Los martillazos, mazazos fortísimos,
que los legionarios daban en aquellos clavos encogían el alma a quien lo
presenciaba. Caifás asentía a un legionario a lo lejos. El silencio en aquel
monte era inquietante. El dolor salía de aquel joven en forma de gritos y
sangre. Los propios guardias que lo custodiaban se mostraban cabizbajos ante
tal maltrato y humillación. Los dos presos que lo acompañaban de cerca, también
condenados a la cruz, se contentaban egoístamente con su castigo, nadie parecía
querer estar en el lugar de aquel hombre, del nazareno como le llamaban.
—Perdónalos padre —murmuraba
mirando con los ojos entreabiertos al cielo.
—No saben lo que hacen.
Las aves carroñeras, guiadas
por el olor a muerte –rica y apetitosa muerte-, acudían. Primero desconfiadas. Después
se acercaban más. Algún buitre se dejaba ver en los maderos donde estaba
clavado aquel rey. Los cuervos esperaban de cerca. Alguno empezaba a probar. Un
picotazo entraba, desgarraba la carne, producía otro brote de sangre.
Aquel cuerpo amoratado, sin
conocimiento casi, lleno de heridas, sarpullidos, llagas, latigazos, cortes…
medio desmayado, desfallecido… padecía como plato y deleite de aquellas aves. Nadie
hacía nada.
A los pies, desconsolada, una
madre. Dos guardias. Silencio, solo eso.
El cielo se cerraba.
—¿Por qué? —preguntaba ella. Sin
respuesta. Lloraba ante su hijo. Debajo un charco de sangre. Y es que ella fue
quien se mantuvo firme a pesar de todo. Un temple inimaginable, y es que a
pesar de estar arrodillada y llorando su fe y su amor hacia su hijo la mantenían
allí, con la fortaleza, a pesar de todo, de quien mueve montañas.
El monte Gólgota. El lugar de
la calavera. Qué ironía ¿verdad?
Pero el domingo... el domingo
amaneció con un sol abrasador, un sol que no pedía permiso para iluminar las
cenizas de la esperanza. 3 días después.
Jerusalén respiraba con una tensión eléctrica. La ciudad
estaba en calma, pero era la calma que precede al terremoto. El jueves habían
asesinado a la inocencia, y el sábado fue un vacío insoportable. Los
centuriones en la puerta del sepulcro estaban nerviosos, moviendo el peso de un
pie a otro. Había algo en el aire, una frecuencia vibratoria que hacía que los
perros aullaran y el velo del templo, ya rasgado, pareciera sangrar. 3 días después.
Las mujeres se acercaban al sepulcro con aceites, los pies
pesados por el luto. Pero el aroma que las recibió no fue el de la
putrefacción.
¡"No busquéis entre los muertos a quien vive"!
La piedra, una mole de
toneladas diseñada para sellar el final de una historia, había sido desplazada
como si fuera una simple espiga de paja. El vacío de la tumba no era un robo,
era una declaración de guerra contra la muerte. El hombre que se deshizo en el
madero, el que lloró sangre en el huerto, ya no estaba allí. El mito se había
vuelto carne de nuevo, pero una carne que el hierro ya no podía herir.
La crispación seguía en el aire, sí, pero ahora iba
acompañada de un susurro que pronto se convertiría en un rugido que cambiaría
el mundo para siempre: Él no está aquí.
- Álvaro González Díaz
A Jesús, marzo de 2026



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