LOS 300 DEL CASTILLO DEL LEÓN. LA RESISTENCIA Y ANIQUILACIÓN DE UN TERCIO EN FRANCIA
LOS 300 DEL CASTILLO DEL LEÓN
LA RESISTENCIA Y
ANIQUILACIÓN DE UN TERCIO EN FRANCIA
Una epopeya española en el corazón de las Guerras de Religión de Francia (1594)
En 1594, en
plena fractura religiosa de Francia y en uno de los episodios menos conocidos,
pero más sobrecogedores del siglo XVI, unos 300 soldados españoles de los tercios
resistieron durante un mes completo en el Castillo del León, cercados por más
de 6.000 franceses e ingleses.
Su misión
era simple, resistir, retrasar al enemigo y mantener un punto estratégico que
protegía la retaguardia de la Liga Católica.
Apenas quince sobrevivieron.
La gesta,
hoy injustamente olvidada, encarna como pocas el espíritu de los Tercios:
disciplina, obediencia, fe, camaradería y una voluntad férrea de cumplir la
orden recibida, incluso cuando la muerte era el único desenlace posible.
INTRODUCCIÓN
LA BATALLA QUE NADIE DEBIÓ OLVIDAR
Pocas veces la historia militar reúne todos los elementos
de una tragedia épica. Un puñado de hombres sitiados, órdenes imposibles,
enemigos superiores en número, aislamiento, hambre y una certeza, la de no
esperar refuerzos. Aunque sean pocas las veces que esto se da, para los
tercios en muchos casos se había convertido en una certeza, en algo ya usual,
en algo típico, como les pasó en Castelnuovo, en Empel… en tantas ocasiones
donde no esperaban refuerzos.
Uno de los
soldados supervivientes, anónimo ya que cuyo nombre se ha perdido, pero su
espíritu, sin embargo, permanece en las crónicas, afirmó con una seguridad
asombrosa que “Morimos cumpliendo lo que juramos: que la fortaleza no caería
sino sobre nuestros cuerpos.”
La
historiografía moderna, gracias a Dios, está recuperando este episodio, considerado
por algunos autores como “las Termópilas españolas en tierras de Francia” (El
Debate, 2023; ABC Historia, 2021). Aunque como se ha mencionado, no son pocas
las Termópilas españolas. Todo un ejemplo de honor, valor, sacrificio, fe,
valentía…
CONTEXTO HISTÓRICO
FRANCIA ARDE
Las Guerras de Religión (1562–1598)[1]
Francia vive
un infierno interno. Los católicos contra los hugonotes (protestantes franceses
de doctrina calvinista), los Guisa contra los Borbón, Francia contra sí misma,
a final de cuentas.
Durante más
de tres décadas, el país es desgarrado por masacres, persecuciones, traiciones
y guerras abiertas. Como sintetiza Michelet: “Francia, dividida entre Dios y
el Diablo, se devoraba a sí misma.”
Se
sucedieron en Francia y Navarra hasta ocho guerras distintas entre 1562 y 1598,
si bien la violencia fue constante durante todo el periodo. La violencia será
constante y alcanzará su clímax entre 1588 y 1594. El periodo que nos compete.
El detonante
de las guerras de religión fueron las disputas religiosas entre católicos y
protestantes calvinistas (hugonotes), exacerbadas, para más inri, por las disputas entre las casas
nobiliarias que abanderaron estas facciones religiosas, en especial los Borbón
y los Guisa.
Además, el
conflicto, para variar y debido al contexto en el que estaba Europa, se
extendió volviéndose un conflicto internacional. En este sentido, por un lado,
la potencia protestante del momento como la Inglaterra de Isabel I se involucró
en el conflicto del lado de los hugonotes mientras que la potencia católica del
momento –concretamente la mayor potencia del mundo en aquel entonces, con hegemonía
en todos los continentes-, la España de Felipe II también se involucró del lado
de los católicos. Debido a ello, el conflicto influyó de manera determinante en
el éxito de la rebelión de las Provincias Unidas contra el dominio español y en
la expansión de las confesiones protestantes en el Sacro Imperio Romano
Germánico, regido por el tío de Felipe II, el emperador Fernando I de
Habsburgo. Así pues, Inglaterra supo aprovechar sus cartas y favorecer una división
de fuerzas a través de la religión, dividiéndose los esfuerzos de la Monarquía Hispánica
ahora en ayudar a Francia también.
El conflicto
terminó con la extinción de la dinastía Valois-Angulema y el ascenso al poder
de Enrique IV de Borbón, que, tras su conversión al catolicismo, promulgó el
Edicto de Nantes en 1598, garantizando una cierta tolerancia religiosa hacia
los protestantes.
Isabel I de Inglaterra y Felipe II de España: el conflicto se internacionaliza
La guerra
civil francesa se convirtió en una guerra europea.
por un lado, España defiende a la Liga Católica, mientras que Inglaterra
protegerá a los hugonotes.
Felipe II
decide actuar militarmente en Bretaña. Aunque es cuestión de fe, sobre todo es cuestión
de estrategia. Ya lo intentó con la Grande y Felicísima Armada unos años antes
y fracasó, pero el control del norte era crucial para evitar refuerzos enemigos
tanto a protestantes franceses como holandeses por mar y que, consecuentemente,
interfirieran por tierra. También lo veía así Inglaterra.
Así pues,
ambos monarcas tenían en mente la estrategia y ambos debían intervenir. Con ello,
el conflicto toma dimensiones internacionales. España estaba inmersa ya en la
Guerra de los Ochenta Años y en la guerra contra Inglaterra, ahora se metía también
en una guerra civil en Francia. El conflicto pasa de ser única y exclusivamente
civil a internacionalizarse, involucrándose más países y naciones, para
defender a una u otra postura religiosa, a uno u otro aliado. Aunque hasta ese
momento, Francia estaba encajonada entre los dominios españoles.
Enrique de Navarra (futuro Enrique IV)
Tras la
muerte del último Valois, el trono correspondía al protestante Enrique de
Navarra (Enrique III). Para España y la Liga Católica, aquello, evidentemente, era
inaceptable.
Aunque en 1593 se convierte al catolicismo (“París bien vale una misa”)
la guerra continúa mientras pacifica su reino, ya como Enrique IV de Francia. Finalizada
la guerra, Enrique decreta cierta tolerancia religiosa, aunque los conflictos
por la religión continuarán.
También se involucrarían
en el conflicto Escocia, Navarra y Las Provincias Unidas del lado protestante y
Saboya, Portugal, Toscana y los Estados Pontificios del lado católico.
España podría
haber dado la puntilla a Francia, sin embargo, Felipe II valedor de su apodo
(el prudente) y como buen cristiano no quiso, bastante tenia Francia con su
guerra civil. Además, a España no le interesaba otra guerra de religión y menos
que esta se propagase por sus territorios.
Ese era el
contexto de Francia. Y en ese contexto, antes de la feroz resistencia en el León,
se produce la batalla de Craon, en 1592.
ANTECEDENTE DIRECTO
LA BATALLA DE CRAON (1592)
Un episodio victorioso indispensable para entender el
desastre del Castillo del León.
Y es que,
dentro de estas guerras de religión en Francia, una guerra civil religiosa,
concretamente entre la séptima y octava guerra de religión, se produce lo que
los autores han denominado como la Ofensiva
Católica (1580-1598), que es cuando los católicos pasan a la acción, al
contraataque, a la ofensiva.
Esta es la última
fase de la guerra y la más sangrienta. En último periodo los católicos, aliados
con España, tratan de expulsar a los protestantes del reino. La última fase de
las guerras de religión fue una verdadera guerra a gran escala, con la
intervención directa de potencias extranjeras y continuas matanzas. Aquí tiene
lugar la Batalla de Craon.
En 1592, fuerzas conjuntas españolas y de la Liga Católica, dirigidas por Juan
del Águila, derrotan a las tropas anglo-francesas en Craon.
El bando católico arrebata artillería, estandartes y pertrechos al enemigo. Los
Tercios se ganan el respeto -y el temor- de aliados y adversarios.
Y es que, en
esta batalla, antesala de la defensa del fuerte del León, unos 3.000 soldados
de los tercios españoles se enfrentaron a 20.000 soldados anglo-franceses.
En 1592, la
Bretaña francesa era el escenario de una guerra civil salvaje. El rey Enrique IV, apoyado por un ejército
inglés de la reina Isabel I, parecía
imparable con 20.000 hombres. Pero en su camino se interpuso una pequeña fuerza
de 3.000 veteranos españoles liderada por el “General de Hierro”, Don Juan del Águila. Esta es la crónica de
la Batalla de Craon, la historia de
cómo un puñado de hombres, utilizando una disciplina de fuego perfecta y los
setos de Bretaña como trampa, aniquiló a dos ejércitos enemigos en una de las
victorias más aplastantes y olvidadas de los Tercios.
Así, entre
el 21 y 24 de mayo de 1592 tiene lugar la batalla.
La defensa
de la ciudad de Craon por las tropas de la Liga Católica –junto a los tercios-fue
feroz. El 22 de mayo de 1592, el ejército Hispano-católico llegó a Craon, al
mando de Don Juan del Águila y el duque de Mercœur. Estos cargaron contra el
flanco izquierdo del enemigo, sorprendiendo a los sitiadores (anglo-franceses).
Al mismo tiempo, los defensores atacaron, también, con furia el flanco derecho
anglo-francés, logrando finalmente la victoria. Al amparo de la noche, los
anglo-franceses se retiraron a Laval y Rennes.
Mientras que
los defensores tuvieron solamente 24 bajas, los sitiadores dejaron tras de sí
unas 1.500 bajas en Craon.
Las tropas
españolas capturaron toda la artillería, el equipo y los suministros utilizados
por los sitiadores anglo-franceses. Las tropas inglesas capturadas por los
españoles fueron ejecutadas sumariamente -en parte como represalia por los
asesinatos de los supervivientes de la Armada Española por parte de las
autoridades inglesas en Irlanda-.
Sin embargo,
tras Craon, apenas unos días después, Laval caía en manos de la Liga, gracias a
la ferocidad española.
El éxito de
Craon hace que Felipe II mantenga posiciones avanzadas en Bretaña, entre ellas el
Castillo del León, convertido desde entonces en un objetivo prioritario de
los hugonotes y sus aliados.
EL CASTILLO DEL LEÓN
POSICIÓN CLAVE
El castillo del león, el fuerte, protegía un paso
estratégico, esencial para la comunicación entre las fuerzas católicas del
oeste francés. Su caída abriría un corredor directo hacia territorios todavía
leales a la Liga.
Allí se
destinan unos 300 soldados españoles de los tercios, expertos
arcabuceros y piqueros, curtidos en Flandes y acostumbrados a combatir en
inferioridad numérica.
Ignoran que
están a punto de protagonizar una de las resistencias más duras del siglo XVI.
LA BATALLA DEL CASTILLO DEL
LEÓN. UN MES EN EL INFIERNO
El asedio
Don Juan del Águila y su Tercio Viejo de Sicilia
llevan casi cuatro años combatiendo en la Bretaña francesa, pero nunca ha
tenido tropas suficientes (Fernando Prado, 2023). Ahora, sin embargo, estaba
decidido a tomar Brest, el puerto más importante de la Bretaña. Desde ese
puerto podría evitar a la flota inglesa y controlar el canal de la Mancha. En
este sentido, para desorientar al ejército anglo-francés, los españoles
hicieron marchas y contramarchas. Previamente, Del Águila, había tenido la
precaución de dejar una guarnición suficiente para proteger su base de Blavet
(op. cit.).
El 20 de
marzo del Águila alcanzó los alrededores de Brest y, tras varios y violentos
combates, lograron ocupar la península de Crozón, al este de la ciudad. Crozón
formaba uno de los extremos de entrada al puerto de Brest. Fue en esta
estratégica posición donde levantaron un pequeño fuerte que bautizaron como Fuerte del León. La fortificación
contaba con dos medios baluartes que protegían la entrada a la que se accedía
por un puente levadizo, que superaba el foso. Estaba artillado con doce
culebrinas (op. cit.).
Sin embargo,
el enemigo no podía permitir la existencia de aquella fortificación y se
decidió a ir a por ella. El 11 de octubre de 1594, el ejército anglo-francés
empezó a abrir trincheras en torno al fuerte mientras la flota disparaba contra
el fuerte desde el mar. 7.000 soldados franceses e ingleses, apoyados
por artillería de campaña, cercan completamente la fortaleza. Juan del Águila
marchó a Blavet para reunir refuerzos, dejando en el fuerte a 300 soldados, la misión
era clara: resistir. Pero el tiempo y la peligrosidad del asedio causan
estragos. Los españoles no recibirán refuerzos. No tienen posibilidad de
retirada. Las órdenes eran claras: “Mantener la posición hasta el último
aliento.” Los ingleses al ver que
Del Águila se retiraba a por refuerzos, viendo la jugada, dividen su ejército. Los
7.000 que se quedan sitiando el fuerte, con las ordenes de tomarlo, y otros 6.000
soldados que van tras Juan del Águila pata evitar que lleguen refuerzos. Estos
tenían la misión de retrasar el avance español y se sitúan entre Crozón y
Blavet.
Las primeras
jornadas consisten en ataques frontales. Los arcabuceros españoles descargan perfectamente
coordinados mientras los piqueros cierran filas, frenando cualquier intento de
asalto.
Los enemigos
quedan atónitos: “Parecían más de mil”, escribe un cronista francés.
Mientras que
el primer asalto duró unas tres horas y solo terminó cuando un disparo de
fortuna alcanzó un deposito con doce barriles de pólvora en el lado francés, el
segundo asalto no solo fue rechazado. Los españoles, bien crecidos, hicieron
una salida alcanzando la trinchera enemiga y dejando varios cañones inservibles
(op. cit.). sin embargo, no llegaban los refuerzos. Las municiones y
provisiones se iban agotando. Cualquier trozo de hierro o mental servía para
fundirlo y poder disparar.
Hambre, heridas y fe
Tras la primera semana, las provisiones escasean. Tras
la segunda, empiezan a racionar una comida al día. Tras la tercera, los hombres
hierven raíces y cuero. Aun así, continúan resistiendo. Se registran ataques
nocturnos, minas para derribar murallas, incendios y asaltos simultáneos. La
respuesta siempre es la misma: formación cerrada, pólvora seca y voz firme de
sus capitanes.
La escasez
hacia mella en los soldados, y estos como podían, respondían cada ataque.
El colapso
En la cuarta semana, un tramo de muralla cede tras
bombardeos continuos. Los franceses avanzan y la lucha se vuelve cuerpo a
cuerpo. El Tercio combate como si cada metro fuera el último.
Y es que el
día 18 de noviembre el fuerte sufrió un violentísimo ataque que duró desde el
amanecer hasta el ocaso y que consiguió rechazarse por los pelos.
Aun así, la
brecha era grande y, tarde o temprano se pagaría caro.
Entonces, se
combatió a cuchillo sobre los restos de los muros de los baluartes y sobre el
foso cubierto por los escombros. A pica, espada y cuchillo, pues la pólvora
estaba agotada.
El 19 se rechazaron
cuatro asaltos más.
Durante el
tercero cayó muerto, defendiendo la puerta de entrada, el valiente gobernador
Tomé de Paredes.
Esa noche
cayó el fuerte pero no por la fuerza sino por traición.
Apenas un
puñado de defensores, dirigidos por un alférez, quedaban en pie para combatir
cuando los ingleses se acercaron con bandera para hablar, bandera de parlamento.
Sin embargo, aprovecharon la oscuridad y la distracción para asaltar el
castillo. Caído el fuerte se procedió a la matanza de heridos, prisioneros y
civiles que había.
El mariscal
francés, D´Aumont, avergonzado por el comportamiento deshonroso de sus aliados
ingleses, protegió a los pocos supervivientes que encontró –apenas trece– y les
dio un salvoconducto para alcanzar las fuerzas de su maestre entregándoles una
carta para el dónde ensalzaba la decidida defensa que la guarnición y su comandante
habían hecho del fuerte. Finalmente,
derribados, exhaustos y sin pólvora, los escasos supervivientes negocian la
rendición. El resto yace entre los escombros del fuerte que juraron mantener.
El cuerpo
del capitán Tomé de Paredes fue enterrado en la iglesia de Brest, con todos los
honores debidos, por orden expresa del mariscal D´Aumont, quien asistió al
solemne sepelio y posterior misa.
Un oficial
francés escribió: “Nunca vimos hombres pelear así. No eran soldados: eran
piedras, eran hierro.”
CONSECUENCIAS Y LEGADO
Aunque la fortaleza cayó, el retraso causado por
aquellos 300 españoles permitió reordenar las fuerzas católicas en otras
regiones, impidiendo una ofensiva rápida de Enrique IV en la zona.
En la
memoria de los Tercios, el Castillo del León se elevó a símbolo de honor y lealtad
inquebrantables, una disciplina absoluta y un grandísimo valor frente a lo
imposible.
El suceso
inspiró comparaciones con Castelnuovo y Empel, por mencionar ejemplos más
sonados.
Hoy,
historiadores como Geoffrey Parker, John Lynch y José Luis Casado recuerdan que
los Tercios no solo ganaron batallas brillantes, si no que también supieron morir
cumpliendo su deber, y allí, precisamente allí, radica parte de su leyenda.
CONCLUSIONES
La resistencia
del Castillo del León representa: En primer lugar, un ejemplo supremo del
espíritu de los Tercios. En segundo lugar, una acción táctica que,
aunque terminó en derrota, tuvo valor estratégico. En tercer lugar, un
episodio olvidado que merece ser rescatado para comprender la magnitud del
sacrificio español en las Guerras de Religión, ajenas para variar. Y, por último, una
demostración de que el heroísmo militar no depende del resultado, sino de la
actitud ante la adversidad.
Como dijo
Calderón, que conoció bien la esencia de los Tercios “El honor es patrimonio
del alma, y el alma solo es de Dios.”
BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS
ABC
Historia: “Los 300 españoles del Castillo del León”
Geohistoria
Mercedarias: Los 300 españoles del Castillo del León
El Debate (8
de mayo de 2023): La defensa del Fuerte del León
Bibliografía general
Albi de la
Cuesta, J., De Pavía a Rocroi. Los Tercios de Infantería Española en los
siglos XVI y XVII
Casado Soto,
José L., Los Tercios y el imperio español
Contamine,
C., Guerre, État et Société en France
Elliott,
J.H., Imperios del mundo atlántico
Lynch, J., Spain
Under the Habsburgs
Martínez
Laínez, F., Tercios: la infantería legendaria
Parker, G., El
ejército de Flandes y el camino español
[1] los
conflictos entre la Corona y los hugonotes se reavivaron periódicamente, hasta
que el nieto de Enrique IV, Luis XIV, revocó tal tolerancia con el Edicto de
Fontainebleau de 1685, proscribiendo toda religión excepto la católica

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