El rap en España: entre la decadencia, la comercialización y la disidencia silenciada

El rap en España: entre la decadencia, la comercialización y la disidencia silenciada

 

El rap, desde sus orígenes, se ha concebido como un arma cultural contra la injusticia, un altavoz de denuncia social nacido en los barrios más humildes. En España, fue durante las décadas de los 90 y 2000 donde este género encontró su edad de oro con artistas como Nach, Kase.O, Rapsusklei, Doble V, Sho-hai, Sharif, ZPU, SFDK o El Chojin, entre muchos otros. Aquel rap se erigía como testimonio de las desigualdades sociales, de los abusos del poder, de la precariedad y de las heridas abiertas de una generación que, a falta de escaparates mediáticos, encontraba en la música su trinchera cultural. Esto evidentemente a grandes rasgos ya que los temas eran variados, aunque se veía algún alegato reivindicativo o crítico con la política.

El rap, desde sus orígenes, se ha concebido como un arma cultural contra la injusticia, un altavoz de denuncia social nacido en los barrios más humildes

Sin embargo, el panorama ha cambiado. Lo que antaño fue un género de conciencia, hoy se encuentra en una evidente decadencia. El llamado “nuevo rap”, a menudo (aunque no siempre) fusionado con el trap y el reguetón, ha virado hacia un universo de postureo callejero, hedonismo y estética importada de Estados Unidos -cadenas de oro, drogas, egos inflados y letras vacías que, en lugar de denunciar injusticias, glorifican un estilo de vida superficial y prefabricado-. El rap que antes incomodaba a los poderosos ahora parece diseñado para entretener, para mantener ocupados a los oyentes en un bucle de banalidad.

La pandemia fue un punto de inflexión. Mientras la sociedad atravesaba uno de los momentos más duros de su historia reciente, el rap clásico permaneció en silencio. Apenas hubo letras que se alzaran contra las restricciones, contra los abusos de poder o contra las decisiones políticas que marcaron el rumbo del país, con excepciones pues todo hay que decirlo. Aquella voz crítica que otrora no temía incomodar se apagó, y con ella una parte de la esencia del rap como herramienta de resistencia.



En ese vacío ha surgido lo que algunos llaman “rap disidente”. Grupos y artistas como Heavy con Despertando, HCB con Dictadura 2030, o nombres como G.babe, Sonia Bazán, Pamdrey o Javi Tarraco, han dado un paso al frente en un terreno resbaladizo, y se han encontrado con un nicho casi sin competencia, un mercado entero para ellos –con alguna excepción, como hemos dicho, como Ajax y Prok (aunque desde un espectro ideológico contrario). Con sus letras denuncian aquello que el resto prefiere callar y antes no callaba. La subida de la luz, los desahucios, la Agenda 2030, la OTAN, la UE, las élites, la OMS, la masonería, la corrupción política e incluso la pederastia vinculada al poder. Es un rap incómodo, a contracorriente, que no busca la comercialización ni el aplauso fácil, sino remover conciencias y dar voz a lo que consideran una tiranía.

mientras el “nuevo rap” se viste de cadenas doradas y el “viejo rap” calla, el rap disidente carga con el estigma de ser tachado de ultraderecha o extrema derecha

Independientemente de la ideología de cada rapero, paradójicamente, mientras el “nuevo rap” se viste de cadenas doradas y el “viejo rap” calla, el rap disidente carga con el estigma de ser tachado de ultraderecha o extrema derecha, un modo de deslegitimar su mensaje sin entrar a debatir el fondo de sus letras. No es tanto una cuestión de ideología, sino de valentía, la de seguir denunciando injusticias cuando la mayoría opta por el silencio o la comodidad del mercado.

Hoy, el rap en España vive una encrucijada. Por un lado, un género que se ha prostituido en la búsqueda de fama y dinero; por otro, una vieja guardia que ha preferido permanecer en las sombras; y, en tercer lugar, un rap disidente que, aunque marginalizado, encarna quizá con más fidelidad el espíritu contestatario que dio vida al movimiento. No se trata de usar calificativos para denostar a los raperos sino de encontrar, o volver a, la esencia del rap, sus raíces y verdad, y eso que hoy con todas las tecnologías que hay y la preparación de los jóvenes –que vienen pisando fuerte- el rap se ha convertido en un arte, es verso, es poesía, creatividad y originalidad que debe dar riqueza cultural, pero también denunciar las injusticias –aunque seamos afines a quien mande o gobierne o a sus ideas-.

La pregunta que queda en el aire es clara: ¿qué es el rap sin denuncia, sin rebeldía, sin valentía? Tal vez, simplemente, un eco vacío de lo que un día fue.

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