Perú contra el mito de su independencia: la traición que vino del mar

 Perú contra el mito de su independencia: la traición que vino del mar

 

Corría el año de 1824, y el otrora poderoso Virreinato del Perú, bastión de la monarquía hispánica en América, se tambaleaba. No por un terremoto, ni por hambre o descontento social, sino por la insidia bien orquestada de los enemigos de España y, en consecuencia, de los propios peruanos.

Se suele narrar con pompa libertadora que el Perú se emancipó con fervor y valentía de su madre patria. Pero lo cierto es que la independencia no fue un clamor popular sino una imposición militar, externa, con intereses geopolíticos ajenos y consecuencias devastadoras para los que verdaderamente habitaban estas tierras.

 

¿Independencia o invasión encubierta?

La historiografía dominante nos vende lo de siempre, una independencia heroica, espontánea, deseada por un pueblo oprimido. Nada más lejos de la realidad.

Según los propios informes de la época, del 90 al 95% de la población peruana —indígenas, mestizos, criollos y peninsulares— permanecía leal al Rey de España –realistas-, a la Corona, y al orden virreinal que, con todos sus altibajos, garantizaba una estructura de convivencia, tradición e integración.

En este sentido, el historiador español Manuel Ballesteros Gaibrois, en su obra "El Virreinato del Perú", afirma que:

"Fue precisamente en Perú donde el sentimiento realista fue más fuerte y prolongado. No existió una demanda masiva de independencia como en otras regiones; los criollos peruanos, por su condición privilegiada, eran fieles al trono."

Y es que Perú no era una colonia al uso: era el corazón político, económico y militar del imperio español en Sudamérica. Lima, sede del virreinato, no solo era una metrópoli floreciente sino también el símbolo de una Hispanidad que los nuevos “libertadores” veían como un obstáculo (al servicio de Inglaterra, claro está).



La mano oculta del Imperio Británico

¿Quiénes impulsaron entonces la “independencia”? El dedo apunta, sin duda, hacia el Imperio Británico, que desde las guerras napoleónicas ambicionaba controlar los mercados y riquezas del mundo hispanoamericano. Inglaterra no solo financió la expedición libertadora, sino que —según múltiples documentos históricos— equipó, asesoró y respaldó política y diplomáticamente las campañas de Bolívar y San Martín, entre otros.

Así, el catedrático argentino Enrique Díaz Araujo lo resume sin pelos en la lengua:

"La independencia hispanoamericana no fue otra cosa que una operación geopolítica británica para destruir el bloque imperial español y abrir nuevos mercados a su naciente revolución industrial."

En efecto, la logia Lautaro, de la que formaban parte San Martín y Bolívar, tenía vínculos evidentes con la masonería inglesa. El “libertador” Bolívar, llegado desde Colombia con apoyo de tropas extranjeras y mercenarios, no liberó al Perú: lo ocupó militarmente. En 1824, con la decisiva Batalla de Ayacucho, no se selló una victoria peruana, sino la derrota del ejército realista compuesto en gran parte por peruanos fieles a la Corona (frente al ejercito libertador, con menor porcentaje de peruanos y compuesto en su mayoría por soldados de otras naciones y/o territorios).

Los verdaderos peruanos luchaban por el Rey

Uno de los personajes más olvidados —y deliberadamente silenciados— de esta historia es José de la Serna, último virrey del Perú, quien era peruano de adopción y tenía el respaldo de amplios sectores de la sociedad. Incluso indígenas, como los Cañaris, combatieron al lado de las tropas realistas. No por alienación, sino por convicción. El orden virreinal garantizaba protección jurídica a los pueblos originarios, algo que las nuevas repúblicas “liberadas” jamás replicaron.

El sacerdote y cronista Bartolomé Herrera lo expresó con claridad:

"En el Perú no se clamaba libertad sino continuidad. Lo que vino fue un desarraigo impuesto a bayoneta."

Los ejércitos “libertadores” estaban formados, en gran parte, por tropas chilenas, colombianas, argentinas y mercenarias europeas, no por peruanos, como se ha mencionado anteriormente.

El Perú fue el campo de batalla de una guerra ajena, pero con consecuencias propias e inmediatas: desarticulación política, ruina económica y desmembramiento territorial.

El costo de una independencia no deseada

Tras la independencia, el Perú no fue más libre ni más próspero. Todo lo contrario: perdió más del 50% de su territorio, que incluía extensas regiones de la actual Bolivia, Ecuador, Colombia y Brasil. La desintegración del virreinato, que abarcaba desde Panamá hasta el Río de la Plata, fue un objetivo cumplido para los intereses británicos.

El Perú fue arrastrado a guerras fratricidas, saqueado por sus propios “libertadores” y convertido en un Estado débil, dependiente de potencias extranjeras. La llamada independencia no trajo libertad, sino inestabilidad, pobreza y pérdida de identidad.

Es decir, que tras la marcha de España del territorio peruano –lo que era Perú- este perdió la mitad de su territorio en favor de aquellos que se unieron a los ingleses, y de los ingleses, por supuesto.

 

¿Y el oro? Otro mito sobre la Independencia y (mal)argumento del “indigenismo”

El oro y la plata que sacaron los españoles de América entre los siglos XVI–XIX fueron cantidades enormes para su época, pero, sin embargo, la minería industrial moderna (siglos XX–XXI), impulsada por empresas transnacionales —muchas británicas y, sobre todo, canadienses en Hispanoamérica— ha extraído mucho más metal precioso en menos tiempo gracias a escala, tecnología y mercado global. Esa afirmación es plausible para el oro (donde la extracción moderna supera con creces la colonial) y menos tajante para la plata, donde la extracción colonial fue muy grande, aunque la producción moderna también es masiva.

La comparación, se va a realizar en torno a 150 años, para que el computo sea redondeado y comparativo.

¿Qué sacaron los españoles? Según Earl J. Hamilton[1] y datos modernos: Aproximadamente entre 1500 y 1650: 181 toneladas métricas de oro y 16.000 toneladas métricas de plata enviadas a España[2]. Es decir, 1,21 toneladas de oro al año y 1,07 de plata[3].

¿Qué extrae la minería moderna? Aquí el contexto global es muy relevante: Según el World Gold Council y tesis modernas, unas 216.000 toneladas de oro se han extraído a lo largo de la historia y aproximadamente 2/3 de ese volumen se ha extraído desde 1950 (es decir: decenas de miles de toneladas en las últimas décadas). En otras palabras, la minería moderna ha multiplicado la producción histórica anterior.

Un ejemplo de ello es Perú. En 2022 produjo unas 97 toneladas de oro mientras que en el año siguiente 90. Ello se traduce en que, en un solo año moderno de producción en Perú, este país entrega una fracción mucho más grande del oro que España tardó siglos en sacar. Con 97 toneladas en 2022, por ejemplo, en aproximadamente 1,9 años, Perú produce lo que España obtuvo en más o menos 150 años (181 t).

Así, ciñéndonos a la historia, el descubrimiento de Cerro Rico (Potosí, 1545) disparó la producción de plata y el uso forzado de trabajo indígena. Potosí fue central en la economía mundial del siglo XVI–XVIII. Los estudios y las revisiones indican que Potosí y las minas mexicanas suministraron la mayor parte de la plata colonial. Hoy Perú es uno de los principales productores mundiales de oro y plata. En 2019, por ejemplo, Perú produjo aproximadamente 128 t de oro y 3.860 t de plata (datos MINEM / USGS).

Es decir, la “independencia” americana llevada a cabo por Bolívar, entre otros, trajo miseria y nuevas formas de explotación como se observa con respecto a la extracción de metales preciosos de las minas peruanas.

 

Conclusión: ¿y si todo fue una mentira?

Hoy, cuando se celebra cada año el 28 de julio como símbolo de emancipación, conviene preguntarse: ¿de qué se liberaron realmente? ¿Y a quién le sirvió esa “liberación”?

La historia no es un relato cerrado, sino una lucha constante por la verdad. Y esa verdad nos dice que el Perú no se independizó de España: fue forzado a romper con ella. Y lo hizo no por la voluntad de su pueblo, sino por intereses de élites extranjeras que, bajo banderas libertarias, impusieron un nuevo y desigual orden mundial.

En cuanto al “que nos devuelvan el oro” los españoles, cabe decir que el Perú moderno ha extraído en décadas –mejor dicho, le han extraído- cantidades de oro y plata que superan con creces a lo extraído por España en siglos

Y terminamos como diría el poeta José Santos Chocano, testigo de una nación a la deriva:

"Yo no soy un hombre libre, sino el eco de un imperio perdido."

 

Fuentes

Ballesteros Gaibrois, M. El Virreinato del Perú, Espasa Calpe, 1964.

Basadre, J. Historia de la República del Perú, Editorial Universitaria, 1968.

Díaz Araujo, E. La otra historia: la independencia como secesión forzada, Ediciones Theoría, 1997.

Earl J. Hamilton, Imports of American Gold and Silver into Spain, 1503–1660 (clásico sobre los flujos coloniales).

Herrera, B. Discursos patrióticos, Imprenta Nacional, 1853.

Lynch, J. Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Crítica, 1993.

USGS, Mineral Commodity Summaries (Perú: producción anual de oro y plata)

World Gold Council — datos históricos sobre cuánto oro se ha extraído y proporción posterior a 1950.

 



[1] Hamilton y otros cuentan metales registrados como importaciones/treasuries; no incluyen necesariamente contrabando, consumo local, o metales que nunca llegaron a Sevilla. Las estimaciones varían por eso.

[2] Estas cifras son aproximadas y dependen de la fuente y del método de cómputo; se usan como referencia en la historiografía económica

[3] hhstokes.people.uic.edumoneymuseum.com

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