Rocroi y el final de los Tercios

 Rocroi y el final de los Tercios

Los caracteres de la Leyenda Negra se fundamentan en dos elementos principales: la omisión de lo que puede favorecernos y la exageración de lo que puede perjudicarnos[1]

Resumen

A menudo la historiografía, tanto extranjera como nacional, ha mitificado la batalla de Rocroi presentándola como una gran derrota española que supuso el declive de los tercios como unidad militar hegemónica. Sin embargo, se ha constatado que la batalla estuvo muy igualada y que hubo un cúmulo de factores, por un lado, y errores en la cadena de mando, por otro, que influyeron sobremanera en aquella batalla decantándola del lado francés. Tras Rocroi, sin embargo, hubo otras tantas batallas en las cuales los españoles vencieron siendo aun dueños de los campos de batalla por lo que habría que situar su declive más bien a finales del siglo XVII y no en 1643.

Introducción

La batalla de Rocroi se produce en un contexto convulso para toda Europa y en especial para España. Muchos factores influyeron e hicieron que la batalla se decantara del lado francés, factores en los que hay que hacer hincapié para poder obtener un análisis más completo y acercarnos a la objetividad histórica.

En 1643 España atravesaba una guerra total batiéndose contra todas las naciones de Europa, inmersa en la Guerra de los Ochenta Años, la Guerra de los Treinta años y la guerra franco-española, entre otras. Además, España tenía que hacer frente a los ataques enemigos en los mares y océanos, sobre todo de piratas holandeses e ingleses, en aguas americanas, pero también bereberes en el Mediterráneo, por un lado, mientras que su situación interna se desbordaba en tanto que, en 1640 concretamente, habían estallado varias revueltas que amenazaban la integridad de la Monarquía Hispánica, sobre todo en Cataluña y Portugal, por otro lado. Además, vinculado a los ataques a las flotas y las constantes guerras, España se encontraba en una situación de bancarrota y crisis económica muy aguda y carecía de solvencia y liquidez.

Un contexto convulso, como decíamos, ya que Francia, Inglaterra y Holanda se batían en una guerra europea, y mundial, por intentar quitar territorios al Imperio de los Austrias. Francia combatía por hacerse un hueco en Europa mientras que Holanda e Inglaterra combatían en los océanos, también por la hegemonía. España se batía con uñas y dientes o, mejor dicho, a capa y espada, contra todos los enemigos en una guerra total, tanto por tierra como por mar. Todo ello, consecuentemente, precisa de un gran desembolso de recursos, hombres y dinero, factores que comenzaban a escasear en aquel Imperio donde no se ponía el sol.

En la batalla de Rocroi también hay que analizar las decisiones del general encargado de mandar a los tercios, el portugués Francisco de Melo, las políticas del Conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV, o la situación de Francia ya que tanto su rey como el cardenal Richelieu, fallecerán en torno a esta fecha, siendo un golpe muy duro, sobre todo moral, para el ejército francés. También, que a menudo se pasa por alto, habría que observar la batalla en sí ya que pasa desapercibida la resistencia a ultranza de los tercios españoles que a punto estuvieron de decantar la batalla de su lado, los refuerzos españoles que nunca llegaron, el abandono de los militares no españoles dejando solos a estos últimos y la mala información en la cadena de mando, factores que podrían haber evitado un desastre y que sin embargo no lo hicieron.

Sin embargo, factores como el dinero y la falta de hombres, las guerras en las que estaba inmersa España, las revueltas internas, los diversos y múltiples ataques que recibían los barcos españoles… hacen de la batalla de Rocroi una batalla muy difícil que, por el contrario, los enemigos de España supieron utilizarla de manera propagandística muy a su favor. Es decir, fue una victoria más bien moral. En este sentido, tras Rocroi se producen varias victorias españolas sobre Francia, mucho más importantes en tanto a bajas, por ejemplo.

Además, por esta época, el reclutamiento de hombres había decaído en Castilla, principal factoría del Ejército de la Monarquía Hispánica mientras que, también en el aspecto militar, las tácticas españolas se habían copiado por otros ejércitos e incluso, como pone de manifiesto el Ejército Sueco, por ejemplo, se habían adaptado, cambiando el número de soldados por escuadrones, la artillería ligera -más numerosa-... factores, sobre todo militares, que influirán notablemente ante una España que estaba perdiendo la hegemonía en los campos de batalla.

Lo sorprendente de Rocroi no es la batalla en sí sino más bien la utilización propagandística y política que se hizo de ella. Pues tras Rocroi, en el mismo año, los españoles vencen a los franceses en Tuttlingen y después habrá varias y sonadas victorias españolas, acercándonos incluso al final del siglo.

Además, como se verá, Rocroi no fue el final de los tercios, ni mucho menos, ya que estudiosos como Davide Maffi ponen de relieve que los tercios no solo no desaparecen, sino que durante el reinado de Carlos II siguen activos siendo protagonistas en cinco guerras en las que estuvo inmersa España, esta vez con otros aliados y con el predominio de la caballería ligera.

Así pues, este articulo pretende respetar la veracidad y objetividad histórica para, con ello, realizar un análisis exhaustivo sobre los factores que giraron en torno a Rocroi, su contexto, la batalla en sí, las desavenencias internas y externas, así como las consecuencias y lo que ocurrió después. Recordemos, para que quede claro, que los tercios como tal desaparecen por Real Decreto de Felipe V en 1704 cuando se adopta en España el modelo francés, Borbón, de regimiento, para adaptar el ejercito a los nuevos tiempos.

En definitiva, y para dar paso al artículo, en palabras del hispanista J. Elliott se puede establecer que el principal problema de España, a estas alturas, era la falta de hombres en proporción al vasto territorio que abarcaba su imperio, aparte de la corrupción de la corte y el desquite de la monarquía sobre los asuntos que le eran propios, las revueltas internas y la presión de las potencias enemigas que, todo hay que decirlo, aprovechan al mismo tiempo la debilidad española.

Tras esta breve introducción, el cuerpo del articulo girará en torno a la batalla, el desarrollo y planteamiento de esta, mostrando un breve estado de la cuestión, así como su contexto que nos dará paso directamente a la batalla.

Estado de la cuestión

    Mucho se ha hablado de Rocroi y sin embargo los autores, en la mayoría de los casos, no se ponen de acuerdo en cuanto a la batalla, no tanto en las cifras de contendientes sino más bien en su transcendencia histórica, en sus consecuencias. Y esto es normal si tenemos en cuenta que la historia y la historiografía dependen mucho de las fuentes que utilice cada historiador o la interpretación que se haga de la batalla según el momento o el propósito. No debería ser así, ya que la historia es objetiva -al menos desde el punto de vista utópico y científico-, y este precisamente es mi propósito, que la historia sea objetiva, que se analice desde el punto de vista de la historia y que se acerque a la verdad lo máximo posible.

En este sentido, tras haber visto la introducción, el lector más o menos sabrá de qué trata el articulo o cual es el propósito de este. Según la visión o conclusiones de cada autor podremos acercarnos un poco más a la historia y poder realizar así un análisis sobre lo acaecido en Rocroi el 19 de mayo de 1643.

El estado de la cuestión girará en torno a los principales autores o estudios sobre dicha batalla. Así analizaremos mejor la batalla. La cuestión en si es bastante intuitiva ya que girará en torno a lo que supuso Rocroi para España y para Europa. En este sentido, hay que resaltar que la historiografía oficial nos ha vendido la batalla de Rocroi como una debacle española y, sin embargo, no fue así.

La historiografía nos ha vendido la imagen de que ante los muros de Rocroi los españoles sufrieron una de sus más amargas derrotas. Lo que tiene de cierto esta afirmación es que en Rocroi los franceses ganaron, en un punto clave de la historia y que la derrota fue efectivamente española ya que los tercios españoles quedaron solos ante el enemigo, resistiendo y cumpliendo las ordenes al pie de la letra. El resto hay que analizarlo.

A propósito de España, su ejército e imperio, María Elvira Roca (2016) establece que lo que le ocurrió a España, no basándose en Rocroi, es un símil de lo que le ocurrió a la mayoría de los imperios o civilizaciones que han existido, es decir, estaríamos ante un ciclo histórico. La propaganda antiespañola es algo normal en la época ya que España representaba la hegemonía y, por consiguiente, esa propaganda tuvo sus frutos de “manera perfecta”. En este sentido, Rocroi, lejos de ser una gran derrota, fue sin embargo una gran batalla en la que los enemigos de España hicieron una gran labor de propaganda magnificando la victoria en la que se juntaron muchos factores y errores -de un comandante portugués-.

Autores como López Larrubia (2020) habla de una derrota épica pero que, sin embargo, fue la última gesta de los tercios debido a la desorganización y un exceso de confianza. Primo Jurado (2018) en un brillante análisis histórico-militar, establece que los tercios no podían sostener indefinidamente al imperio español debido al despilfarro de recursos de la Monarquía Hispánica. Así, relaciona la decadencia de la Monarquía con la mala atención, pagas, vestimenta… de los solados que por más que quisieran no podían hacer frente a enemigos cada vez más preparados. Aunque esto no es el caso de Rocroi, ya que los españoles sí que hicieron frente al poderío francés, combatiendo de “tú a tú” en el campo de batalla. Aun así, el autor se muestra prudente a la hora de analizar la situación y muestra que Rocroi era la primera vez que se produce una derrota de la infantería española en campo abierto en siglo y medio. Por ello, se puede afirmar que Rocroi no fue la causa de la decadencia española sino, más bien, un síntoma. El autor desecha las teorías clásicas u oficiales de los historiadores y va más allá al mencionar las victorias ya comentadas de Tuttlingen (1643) y Valenciennes (1656).

Otros autores, manteniéndose en una postura intermedia, establecen desde el punto de vista histórico y militar que Rocroi  es la muestra del agotamiento de la Monarquía Hispánica y sobre todo de sus hombres, los tercios, ya que, además de todos los frentes en los que combatía y los problemas internos de gran relevancia como las revueltas de Portugal y Cataluña, por ejemplo, el ejército se mostraba atrasado y exhausto debido a que en su mayoría era Castilla quien soportaba las presiones fiscales y quien aportaba la mayoría de los hombres. Esto choca con la realidad francesa, un país rico en hombres y que estaba emergiendo con fuerza para hacerse con la hegemonía europea. Es decir, volvemos a la tesis de Elliot quien establece una relación proporcional y directa entre la falta de hombres de España y su vasto territorio a defender.

Jesús Lorente y Luis Mediavilla (2015) hacen hincapié en el exceso de confianza de Melo, ya que España venia de vencer a un ejército francés muy superior en número hacia un año en Honnecourt. Este general cometió un error imperdonable -uno de tantos como se verá después- ya que dejó sin bloquear el desfiladero que daba acceso a Rocroi. Esto sirvió a los franceses de manera positiva pues lograron alcanzar Rocroi con relativa facilidad y suministrar refuerzos a los sitiados. También mencionan que la toma de Rocroi, además de aliviar la presión francesa en Cataluña, se hace también cumpliendo una ley militar de especial atención y era que no había que dejar plazas sin conquistar en la retaguardia. Recordemos, como se ha visto, que los españoles venían de vencer en Honnecourt y debían asegurar el territorio y Rocroi, por tanto, entraba en esa estrategia. Otro error que analizan los autores es que Melo, según su intuición, creyó que los franceses no presentarían batalla en campo abierto como finalmente sí que acabó sucediendo. A pesar de ello, hacen hincapié en que ambas fuerzas eran muy parejas y lo mismo sucederá con las bajas, como veremos después, por lo que Rocroi es una gran batalla, pero pudo haberla decidido cualquiera de los ejércitos. Estos autores, por consiguiente, establecen Rocroi como un punto de inflexión político y militar pero que no se puede hablar del final de los tercios.

Esparza (2017) en un excelente y completo trabajo sobre los tercios, entiende que Rocroi, al estar situado en la frontera norte del frente de guerra, suponía un objetivo como otro cualquiera y que era fundamental para poder trasladar allí el centro de gravedad de la guerra y alejarla de Italia y España. Coincidiendo con los autores, Esparza hace hincapié en el exceso de confianza de Melo que dispuso a la infantería sin aprovechar el terreno que tenían a su favor, pensando que los franceses solo iban a socorrer la plaza y no a dar batalla. Sin embargo, el autor realza la afirmación en la que Rocroi pronto se iba a convertir en objeto de propaganda -evidentemente para Francia-. Se observa, pues, que Melo tuvo la victoria en varias ocasiones y que su falta de decisión decantó la batalla del lado francés. La resistencia de los retales de los tercios españoles, que forman un único cuadro, pudo haber costado la derrota a Francia que en varias ocasiones ofreció la rendición con honores. Para Esparza, por tanto, la actitud de los tercios es heroica y como tal no puede hablarse de una gran derrota. Va más allá al indicar que los franceses sufrieron más muertos que los españoles[2] y que por ello fue una “victoria pírrica”.

Se destacan por tanto los errores españoles, la falta de refuerzos y también y, sobre todo, la explotación propagandística de aquella batalla por parte de Francia, sobre todo del cardenal Mazarino quien tenía especial interés en agigantar la victoria.  En el campo militar, Esparza incide en que no hubo repercusión, como después veremos, sin embargo, en el ámbito político España recibía un duro revés, exaltado por la propaganda francesa, claro está, que acentuaba el hecho que todos sabemos, el declive y la decadencia de una potencia inmersa en numerosos problemas -todos ellos al mismo tiempo-. En esta línea se muestra Van Den Brule (2019) quien establece que fue en Rocroi donde comienza la decadencia del poder español en Europa debido, precisamente, a que todos querían un trozo del pastel de la colonización.

De Pazzis (2019) deja entrever también la leyenda negra antiespañola, sobre todo francesa, inglesa y holandesa la cual ha hecho mucho daño a la imagen de España y a su historia militar, denigrándola y tergiversándola en detrimento de España. En este sentido, establece que los tercios marcaron la época gloriosa del Imperio Español, eran el recurso que sustentaba a la Monarquía Hispánica. Por ello, quizá, que cuando son derrotados en Rocroi se haga una estratagema propagandística de tal calibre, pues se trata de debilitar aún más a la Monarquía Hispánica. Continua de Pazzis afirmando que el prestigio del soldado español en el siglo XVII no aumentaba ya que sus enemigos lo desprestigiaban, acto necesario para acabar con esa imagen de soldado exitoso. Esto nos lleva a comprender lo que después pasaría en Rocroi, donde Francia realizó una gran campaña en contra de España. Es en este siglo cuando comienza a vislumbrarse también la imagen de decadencia española.

Centrándonos en su decadencia, autores como de Pazzis, Julio Albi o Laínez, todos ellos eminencias en la materia, afirman que se observa ya no un declive sino un cambio a partir de 1630 en el soldado español. Esto va acompañado del declive de la Monarquía que también comienza a percibirse por esta época. La década de los 30 del siglo XVII es una época de cambio donde los ejércitos copian y mejoran el sistema de los tercios, se modifica el número de soldados y escuadrones, se reinventa la guerra y comienza a usarse el armamento de fuego en mayor proporción que las armas blancas, entre otras cosas. Reconoce De Pazzis que los tercios ya no eran permanentes y en su mayoría tampoco voluntarios, además a partir de 1640 surgen varias revueltas que fomentan una guerra total para España con el progresivo agotamiento de recursos y ejércitos. Todo ello, por consiguiente, se arrastrará hasta llegar a Rocroi. A pesar de ello, se produjo una resistencia en el ámbito militar y las unidades de los tercios se mantenían y se iban renovando. De nada sirvieron las ordenanzas y los intentos de Olivares por reorganizar los tercios pues, según de Pazzis, nuevamente, el sistema ya estaba en crisis. Es decir, según lo anterior, Rocroi es algo sistemático que se da en la práctica y forma parte del desgaste de la Monarquía Hispánica, pero en ningún momento supone su final ni el de los tercios.

Los autores coinciden en que la batalla de Valenciennes fue la última gran victoria de los tercios, 13 años después de Rocroi y contra Francia.

El trabajo extenso y documentado de Pio Moa sobre la hegemonía española (2022) que, según el autor, comprende desde 1475 a 1640 reconoce también que Rocroi supone el final de un tiempo que se materializará sobre todo en Westfalia[3]. Efectivamente, Pio Moa nos ofrece ese aletargo al que estaba sometida la agonía de un imperio en Europa y que se hace patente en torno a la década de 1630, tal y como se ha visto, pero que culmina en 1648 con la paz de Westfalia que vaticina, a su vez, un nuevo orden con Francia como principal potencia hegemónica en Europa. España no experimentó un cambio radical y se mantiene con logros anteriores sin embargo se pone de manifiesto que ya hay potencias que le hacen frente en el campo de batalla, aprovechando, así, una situación delicada de la Monarquía Hispánica. El camino que lleva a Rocroi se produce ya en el siglo XVII, Moa establece que las derrotas de los enemigos de España les habían hecho cambiar sus tácticas e inventivas y además su proliferación en imperios extraeuropeos, como Holanda e Inglaterra, por ejemplo, hace que su economía y situación financiera mejore en detrimento de la española. Este cambio de mentalidad que se va forjando a lo largo del XVII será clave para aprovechar un momento de debilidad de España y por consiguiente comenzar a obtener victorias. Además, hace hincapié en que la propaganda (sobre todo en Francia, Holanda e Inglaterra) irá estrechamente ligada a todos sus progresos tanto culturales, económicos, políticos y militares. En estas potencias, surge un espíritu novedoso e innovador que se va extendiendo a su favor, en contraste con el “pesimismo del barroco español”. Es decir, las potencias emergentes combaten contra un mismo enemigo, España, que, a pesar del valor de sus hombres, aparece cada vez más agotada.

Para Moa la hegemonía española finaliza, no de manera radical, en 1640, año en que estallan serios y graves conflictos internos y España está sumida en la Guerra de los Ochenta Años, la Guerra de los Treinta Años y la Guerra contra Francia, pero es que además, en postura similar al resto de autores, ve clave la década de 1630 ya que comienzan a expandirse sobre todo Holanda e Inglaterra por los territorios ultramarinos de la Monarquía Hispánica, teniendo esta más frentes abiertos y, nuevamente la teoría de Elliott, plantándoles cara sin apenas recursos económicos y humanos.

Una visión más épica y narrativa nos la brinda Villegas González (2014) al ver a los españoles que combatieron en Rocroi como “murallas humanas”, que realmente es lo que fueron al analizar la feroz resistencia que hicieron frente a los franceses, sin ceder en el terreno ni un palmo y sorprendiendo a los franceses que a punto estuvieron de perder dicha batalla. En este relato, el autor nos hace ver que fue la última batalla, sin embargo, está muy bien relatada utilizando expresiones de la época y conociendo la historia y el armamento.

Borreguero Beltrán (2001) hace ver que Rocroi no se tuvo muy en cuenta desde España, aunque a la larga vino a significar un signo de debilidad político-militar, debido a los factores que hemos venido viendo. En este sentido, la autora, en esa evolución que supone pasar del tercio al regimiento (ya en el siglo XVIII) hace ver que las palabras de Melo: “teníamos la guerra por entretenimiento, y la profesión es muy seria, pues da y quita los imperios” se mostraron proféticas pues, aunque Rocroi en un primer momento no tuvo efectos políticos inmediatos, ya en la década de 1660 se irán viendo y se harán patentes a principios del siglo XVIII con los Borbones y la Guerra de Sucesión española.

A pesar de lo que dejan en entredicho los autores, se observa que, aunque no hubiera dinero ni efectivos, durante la segunda mitad del siglo XVII los tercios se adaptan a los nuevos tiempos y combaten, estando presentes en unas cinco guerras europeas.

César Cervera (2020) va más allá que el resto de los autores y establece de manera clara que los tercios en Rocroi sufrieron una derrota, como tantas otras veces. Es decir, no se puede hablar de una derrota aplastante y decisiva ya que, según el autor, fue una “batalla cualquiera dentro de una guerra eterna”. En el plano militar, que analiza también, los tercios habían combatido como siempre y venían de demostrar su superioridad en el campo de batalla venciendo a ingleses, suecos, holandeses y franceses. Sin embargo, Rocroi lo cambió todo en el aspecto propagandístico y moral en Europa gracias a la brillante campaña de desprestigio de Francia. Achaca el problema de la batalla a la torpeza del general, Melo, coincidiendo con la visión de otros expertos.

Cano Arjona (2016) en su trabajo final de carrera también analiza la batalla de Rocroi estableciendo claramente que fue más bien una victoria propagandística más que militar debido a sus efectos que, según el autor, traspasan lo material y estratégico. Su tesis gira en torno a las consecuencias y repercusión de Rocroi, las cuales están condicionadas por la propaganda que Francia hizo de aquella batalla.

En el arte y la cinematografía también se observan la batalla de Rocroi. En este sentido, tanto la película de Alatriste (2006) dirigida por Agustín Diaz Yánez como el cuadro de Ferrer Dalmau titulado Rocroi. El último tercio (2011) se hacen eco de la batalla de Rocroi. Tanto en la película como en el cuadro se hace alusión a esa “ultima” batalla de los tercios, a ese declive. La película en su escena final representa la batalla, sobre todo en sus últimos momentos, de manera bastante precisa y fiel con respecto a la realidad, donde los españoles formando en un mismo cuadro con lo que quedaba de los 5 tercios españoles hacen frente a la última carga francesa, tras habérseles propuesto la rendición honrosa, que evidentemente rechazan. Se escenifica como el final de los tercios. Mientras que el cuadro de Ferrer Dalmau majestuosamente dibujado y pintado representa el infierno que sufrieron los españoles viéndose a soldados yaciendo y otros desarrapados, con la bandera en pie todavía, signo de resistencia. Sin embargo, lo que llama la atención, con respecto a la batalla en sí, a su significado, aquí es el título “el último tercio” que hace referencia precisamente a lo que venimos viendo fruto de la propaganda y la versión oficial.

Sin embargo, tanto la película como el cuadro ponen de manifiesto esa necesidad de representar lo que fuimos, lo que fueron aquellos hombres que hasta el momento habían dominado los campos de batallas europeos.

Albi de la Cuesta (2018) establece que la batalla de Rocroi se convierte en derrota debido a unos factores, sobre todo a los recursos menguantes que se suman a los problemas internos, sobre todo los de 1640. Sin embargo, al analizar la situación se puede ver que lo que el autor titula como “el principio del ocaso” hace referencia al periodo de los Austrias menores y lo divide en dos etapas, la de Felipe III por un lado y Felipe IV por el otro, aludiendo que el ese ocaso comienza a ser palpable ya con estos reyes, donde se juntan muchos factores. Para entender Rocroi habría que entender primero el cambio que se producen con estas monarquías, ya que distan mucho de las de los Austrias Mayores, sobre todo por la dejadez de los reyes con respecto a asuntos de vital importancia para el reino y su delegación del poder en validos, por ejemplo. A pesar de ello, continúan teniendo y manteniendo el Imperio que se les había legado. Por lo tanto, se puede entender Rocroi como la culminación de un proceso lento que desemboca en aquella batalla, independientemente de sus consecuencias. Podríamos ver la batalla como el espejo de la política, pero traspasado a la guerra, es decir, el desgaste de la Monarquía Hispánica, sobre todo de sus recursos. Pero el autor va más allá y ve la batalla de Rocroi como una “anécdota” o “costoso toque de atención”. Aquí destaca la resistencia de los tercios y el elevado número de bajas francesas frente a las españolas.

Albi de la Cuesta analiza además que los hombres españoles, columna vertebral de los tercios, comenzaban a escasear ya por esta época y puede ser un factor para tener en cuenta en cuanto al funcionamiento de la maquinaria de guerra española.

De Mesa Gallego (2018) se centra en las transformaciones de los tercios durante el siglo XVII, como un factor para tener en cuenta. El ejercito sufrió muchas transformaciones militares y organizativas, sobre todo en el número de efectivos, que se materializaron de manera progresiva para poder adaptarse a los nuevos tiempos. A pesar de ello, establece que no hubo cambios significativos en el periodo que corresponde a Rocroi, pues tras la batalla sorprende que el contingente español tuviera más efectivos que en 1607 y 1619, por ejemplo. El cambio de los efectivos viene ya a partir de 1659 donde se muestra un descenso en los hombres. Lejos de entrar en polémica, De mesa ve el punto de inflexión en 1658 cuando los tercios son derrotados en las Dunas, pues exceptuando Rocroi -que no ve como una gran derrota- los tercios vencieron hasta la fecha en campo abierto mientras Francia era incapaz de hacer frente a España.

Para Antonio Espino López (2019) el ocaso de la maquinaria bélica de la Monarquía Hispánica se materializa ya en el reinado de Carlos II debido sobre todo a la falta de efectivos. Aquí, pues, Rocroi sería una batalla más que no supone la decadencia ni el ocaso de los tercios ya que este se produciría a partir de la década de 1660, en símil a De Mesa (op. cit.).

En resumen, en el siglo XVII surgían nuevas naciones que se hacían más fuertes y copiaban el modelo militar de la Monarquía Hispánica, es decir, precisaban de la necesidad de ejércitos permanentes que se adaptasen a los nuevos tiempos. Esto España ya lo tenía y precisamente por ello los tercios se quedaban obsoletos. En este sentido, según Esparza (op. cit.), era el plano administrativo, y su propia evolución histórica, el que hizo obsoleto el sistema: los tercios nacieron como ejercito permanente de un Estado en unos tiempos en los que el resto de los estados europeos mantenían fuertes huellas feudales. Es por ello por lo que Francia, Holanda, Inglaterra o Suecia entre otros a medida que construyen su propio orden político precisan de una fuerza armada cada vez más estable.

Por lo tanto, se observa que, aunque el relato oficial establezca que Rocroi supone el final de los tercios españoles, los expertos, por el contrario, aunque carecen de univocidad, reman en una misma dirección y ponen de manifiesto la necesidad de releer y reescribir la historia mediante el análisis de las fuentes y la documentación. Podemos intuir después de este breve estado de la cuestión sobre Rocroi que no fue una grandísima batalla, que pudo haber vencido cualquiera de los contendientes y que en el plano político y militar las cosas continuaron igual. Habrá que esperar a la década de 1660 para ver signos de decadencia y declive militar en la Monarquía Hispánica que, a pesar de todo, se supo adaptar a las nuevas peticiones de la guerra en Europa. Sin embargo, hay que destacar la resistencia de los tercios y la Monarquía a ser doblegados en unos tiempos en los cuales si bien los recursos escaseaban el valor por el contrario no.

Contexto histórico

Para entender la Batalla de Rocroi hay que analizar primeramente su contexto histórico, tanto el contexto hispánico como el europeo pues ambos van ligados y están estrechamente vinculados entre sí, es decir, no se puede entender uno sin el otro.

La batalla se inscribe en un periodo caótico, cuanto menos, para la Monarquía Hispánica que, a su vez, se entremezcla con un contexto de cambio en Europa. Si la batalla sucede en 1643, antes se habían producido una serie de cambios que afectaron directamente a dicha batalla, no solo por la parte franco-española, como la principal implicada, sino que también comienzan a aparecer otros cambios en Europa, sobre todo en el Imperio Austriaco y en Suecia.

Recordemos también que España se veía inmersa en muchas guerras a la vez, las cuales desgastaban los recursos económicos y humanos, de las que podemos resaltar la guerra de los Ochenta Años, la Guerra de los Treinta Años o la guerra franco-española. Además, haciendo honor a la justicia, España sufría los ataques de la piratería holandesa e inglesa en sus posesiones ultramarinas, por un lado, y los ataques de la piratería bereber en el mar mediterráneo. Y por si esto fuera poca cosa, en torno a 1640 estallan las revueltas portuguesa y catalana que desestabilizan aún más la situación ya de por si catastrófica para España.

Con todo ello, los intentos reformistas de España o, mejor dicho, del valido del rey Felipe IV el conde-duque de Olivares, tampoco surtieron efecto ni en lo económico ni en lo militar. Por lo que España se acerca a Rocroi envuelta en crisis económicas y sociales, en crisis políticas y en innumerables guerras y ataques quedando sus medios desbordados y sus fronteras amenazadas.

En primer lugar, se produce un cambio en la Monarquía Hispánica y es que mientras los Austrias Mayores (Carlos I y Felipe II) habían gobernado ellos, ostentando el poder sin delegarlo, los Austrias Menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II) por el contrario delegarán su poder en una figura que surge con fuerza, los validos. Los validos son personas provenientes de la aristocracia y en ellos el rey depositaba toda la confianza y tareas del gobierno. El monarca así se desentendía de las labores del gobierno mientras que los validos eran quienes tomaban las principales decisiones. Los validos de la Monarquía Hispánica son lo que hoy en día podríamos asimilar como un primer ministro. Eran las personas con potestad que a su vez representaban al monarca, es decir, eran la mano derecha del rey.

Muchos autores coinciden en la debilidad de la Monarquía debido a precisamente a ese factor, la delegación del poder. Además, la Monarquía comienza a sufrir una fuerte crisis demográfica y socioeconómica debido al descenso de metales que llegaban desde América propiciando, con ello, varias bancarrotas. Aparece también una fuerte inflación debido a la corrupción política y a ese descenso de metales que ayudaban, en gran parte a sufragar las guerras en Europa. Coincide esta época con numerosos ataques y enfrentamiento en los mares contra la piratería. Recordemos que a principios del siglo XVII se creó la Compañía de las Indias Orientales en Holanda con el propósito del comercio y la colonización, fijando sus objetivos en la América española.

España estaba sumida en la Guerra de los Ochenta Años desde 1568 y en la Guerra de los Treinta Años desde 1618, en la que apoyaba al Sacro Imperio debido a sus vínculos familiares. A estas guerras había que sumarle otra. Efectivamente, Francia, al igual que estaban haciendo los holandeses, ingleses y suecos, se sumaba a la guerra y en 1635 declaraba la guerra a España. En la ultima fase de la Guerra de los Treinta Años, por tanto, Francia se involucra contra España ya que estaba siendo amenazada su frontera norte (cerca de Bélgica). Francia trasladará la guerra a las fronteras norte de España e Italia y a la altura de 1640 estallan dos rebeliones internas en la Monarquía Hispánica, Cataluña y Portugal, alentadas por Francia e Inglaterra respectivamente.

Mientras tanto, a pesar de que Inglaterra se debatía en una guerra civil (1642-1646), se había unido con Francia a mediados del siglo XVII, dando su apoyo a holandeses y portugueses.

En el plano europeo, tras estas breves pinceladas, hay que destacar la labor del cardenal Richelieu, quien verdaderamente mandaba en Francia y quien orientó su política contra España en todo momento. Así las cosas, Richelieu había convencido a Gustavo Adolfo II de Suecia -ambicioso y expansionista que aspiraba a la hegemonía del Báltico- para que en 1630 desembarcase en Pomerania con un gran ejercito (J. Lorente, 2015). En relación con esto, muerto ya Gustavo Adolfo en 1632, en 1634 los tercios con el cardenal-infante Fernando vencen al ejército sueco en Nördlingen (Baviera) y un año después se ratifica la rendición protestante con la Paz de Praga.

En 1635 Francia declara la guerra a la Monarquía Hispánica, abriéndose otro frente mas en la Guerra de los Treinta Años. Un año después, el cardenal-infante al mando de los tercios arrasa Champaña y Borgoña amenazando Paris y en 1638 los Habsburgo son derrotados en Rheinfilden mientras Suecia invadía Dinamarca (aliada del sacro-imperio). En ese mismo año, Suecia asolaba Austria y el oeste alemán.

El 9 de noviembre de 1641 moría el cardenal-infante y los Países Bajos españoles pasaron a ser gobernados por una junta con Francisco de Melo, el conde de Fontaine y Andrés Catelmo. En este sentido, la Junta se crea para actuar de manera contundente contra Francia y aliviar la presión de esta sobre Cataluña y el Franco Condado. Melo reunió a los tercios atacó Francia en la Champaña. Muestra de ello, el 26 de mayo de 1642 el ejercito francés, superior en número, fue derrotado por los tercios en la batalla de Honnecourt con apenas 500 bajas para los tercios y unas 3.200 para los franceses -este hecho contrastaba las derrotas sufridas en 1640 en Arrás y en 1641 en Montjuic-.

Para más inri, ante tal situación, a finales de 1642 moría el cardenal Richelieu mientras que al año siguiente lo hacia el rey de Francia, Luis XIII. Todo ello, recordemos con las rebeliones de Cataluña y la de Portugal (1640), que se había convertido en una guerra de secesión, el intento fallido de rebelión en Andalucía (1641), los ataques a las posesiones ultramarinas de España y Portugal, así como a sus flotas, las bancarrotas e inflación y las tres guerras en las que estaba sumida España. Todo un caos.

En líneas generales esa era la situación antes de llegar a mayo de 1643. Sin embargo, otros factores contribuyeron sobremanera a la situación de Rocroi.

En este sentido Albi de la Cuesta (op. cit.) establece que hubo un empeoramiento de la economía con quiebras en 1627 y 1647, hambrunas y pestes que afectaron al nervio de los ejércitos, sobre todo a Castilla, Nápoles, Sicilia o Milán -aportaban la mayoría de los impuestos y hombres- disminuyendo la población de la Monarquía Hispánica a casi la tercera parte con sus consiguientes problemas de reclutamiento. Maffi (2018) va más allá y establece que durante el siglo XVII, debido a los escasos triunfos y avances obtenidos en la Guerra de Flandes, la Monarquía Hispánica tuvo que reorganizar en varias ocasiones el aspecto militar a través de las ordenanzas[4] como las de 1603, 1607, 1611, 1613 o 1632, entre otras tantas. La que mas nos interesa destacar con respecto a Rocroi es efectivamente la última, redactada por el conde-duque de Olivares. Estas ordenanzas, según los expertos, representan el culmen de la política olivariana ya que iba dirigida a revitalizar los ejércitos de la monarquía (op. cit.). En este sentido, se intentaba favorecer el alistamiento de la nobleza ya que según el propio Olivares la disminución de la nobleza era una causa del malestar en los ejércitos. Es decir, se pretendía retomar la “aristocracia militar” y recuperar los valores castrenses. Sin embargo, lo llamativo de estas ordenanzas es que se propone una vuelta al tercio clásico con 12 compañías de a 250 plazas para las unidades en servicio en la Península y 15 compañías de a 200 plazas para las unidades de Italia y Flandes, con 40 mosqueteros, 90 arcabuceros y 60 coseletes, es decir, se busca aumentar la proporción de armas blancas. Recordemos que este modelo había caído en desuso por su ineficiencia en la segunda mitad del siglo XVI y ahora, como se ha mencionado, las innovaciones militares, sobre todo por parte de Suecia, reducían los cuadros y aumentaban las armas de fuego, mientras que el modelo francés, por ejemplo, daba preminencia a la caballería ligera. Olivares pretendía recuperar el prestigio para las armas españolas, pero, mientras en Europa se abogaba por armas de fuego y caballería, en las ordenanzas la caballería quedaba relegada a un segundo plano primando la infantería. A pesar de ello, la infantería siempre fue eficiente en el campo de batalla.

Sin embargo, los expertos establecen que estas ordenanzas en la practica no se dieron debido a que el numero de efectivos había disminuido, tal y como establece de Mesa (op. cit.). Las compañías, según el autor, habían mantenido su protagonismo debido a su adaptabilidad al terreno y las circunstancias, pudiendo desgajarse del tercio o unirse a otras compañías para formar escuadrones….

Rodríguez Hernández (2018) al hablar y analizar la evolución del reclutamiento establece un cambio que también afectará en la batalla de Rocroi, aunque recordemos que fue una batalla más. Durante el siglo XVII, debido a las hambrunas y la peste, la población se había disminuido y eso afectó al reclutamiento. El ejercito ya no era en su mayoría voluntario, sino que aparece la recluta forzosa como método para cubrir las necesidades militares de la Monarquía que, como se ha mencionado, estaba en una guerra total. Concretamente a partir de 1640 se tuvieron que aplicar varias reformas para conseguir cubrir las demandas de los ejércitos hispánicos.

Rubén González (2018) también añade que una de las estrategias de la Monarquía Hispánica fue su alianza con la casa de Austria y el papado, vitales ambos para mantener la dinastía universal en la que se sustentaba. Esta estrategia cambiará ya con Carlos II debido al desgaste de los recursos, la pérdida de territorios…. Además, a partir de la década de los años treinta del siglo XVII, el Camino Español, principal medio logístico de los tercios por donde transitaban, controlaban y protegían el imperio desde Milán a Bruselas, estaba bloqueado -el ultimo que lo utilizó fue el cardenal-infante en 1633-. Es decir, a pesar de la estrategia, la logística y la escasez de hombres ponían en jaque a una monarquía debilitada ya de por sí. A ello hay que sumarle el cambio en el teatro europeo donde el imperio no colaboraba con la Monarquía Hispánica, quedando sol ante el mundo y no pudiendo despejar el camino español, teniendo que destinar sus esfuerzos por otras vías (Alberto Raúl, 2018).

También por estas fechas, 1630-1640, los problemas en la recluta contrastaban con los tercios provinciales, que cada vez primaban más. Los españoles engrosaban estas milicias para la defensa del territorio peninsular -debido al aumento de conflictos internos a partir de 1640- mientras los tercios europeos perdían sus soldados viejos y era difícil reemplazarlos. La Monarquía tenia sus recursos humanos divididos en muchas guerras con inflación, deuda y bancarrotas en el plano económico y con escasez de efectivos españoles que eran el nervio de los tercios. A esto hay que sumarle, para rematar, que los bisoños eran soldados poco experimentados ante una guerra cambiante, como se ha visto, donde todos se lanzaron a por los territorios que tenía la Monarquía Hispánica.

Después de esto, solo queda hablar de Rocroi. Recordemos que Francisco de Melo se había lanzado sobre la Champaña en 1642 y había vencido en Honnecourt a los franceses. Así, envalentonado por el triunfo, según los autores, se lanza sobre Rocroi, como se ha mencionado, también para no dejar la zona desprotegida. Estamos en mayo de 1643, Francia acaba de perder a su rey, aunque el ejército aun no lo sabe y los tercios españoles se lanzan sobre la plaza de Rocroi a la que ponen sitio.

La Batalla

Viéndose triunfante y alentado por la victoria de Honnecourt, Melo, se dirigió al año siguiente hacia la plaza de Rocroi, situada en las Ardenas, para sitiarla y así asegurar la línea norte. A simple vista, Rocroi es una gran llanura, pero, sin embargo, está rodeado por selvas y marismas, entre los bosques de Signy-le-Petit al oeste y el de las Ardenas al este, en la frontera con Bélgica y fuertemente fortificada “a la moderna” (Lorente, op. cit.) con planta pentagonal y dotada de todos los elementos defensivos como revellines, baluartes, hornabeques, tenazas o fosos. Es por ello por lo que Melo debía tomarlo cuanto antes y con artillería.

Así, en mayo de 1643, con objeto de aliviar la presión que Francia ejercía en la frontera norte de España (el Rosellón y Cataluña), un ejército español proveniente del sur de Bélgica invadió el norte de Francia, sitiando la plaza de Rocroi (Van Den Brule, op. cit.). en este sentido, mientras se producía el sitio, el duque de Enghien acudía lo más rápido posible a socorrer Rocroi. Tal y como muestra Primo Jurado (2018) después de 8 años de guerra entre Francia y España el resultado de esta no se había decidido y Rocroi podría ser la batalla decisiva.

Los autores coinciden en varios errores, que iremos mostrando en el transcurso de la batalla, sin embargo, se hace hincapié en uno de ellos, el primero, el exceso de confianza de Melo que se apresuró a lanzarse contra Rocroi. El siguiente, su falta de experiencia. Ambos factores serán cruciales para entender la batalla y su desarrollo. Habría que sumar otro y es que Melo era portugués y muchos autores han querido dejar de manifiesto que este factor influyó en un momento en el que Portugal estaba en guerra con España también, sin embargo, carece de argumentos ya que otros autores establecen lo contrario, su fidelidad a la corona española. Sea como fuere, Melo se lanzó a tomar Rocroi.

Rocroi estaba defendida por apenas 500 hombres y el 12 de mayo Melo se dispone a tomar la plaza. Así las cosas, se espera que la plaza caiga pronto y Melo ni siquiera llevó zapadores. Su ejercito lo forman unos 18.000 infantes y 5.000 jinetes y cuenta con 24 piezas de artillería. Melo además contaba con pocos soldados de los tercios -experimentados- mientras que, por el contrario, el número de bisoños era superior. A esto hay que sumar que Melo tampoco bloqueó el único paso por el que los franceses podían acudir en socorro de la plaza (vv.aa., op. cit.), dejando la retaguardia sin protección. Además del ejercito dispuesto para tomar Rocroi, a unos 25 km de su posición, había otros 5.000 hombres de refuerzo a las órdenes de Jean de Beck, gobernador de Luxemburgo. Esta fuerza, con la que no contó Melo, se dirigía a marchas forzadas hacia la Champaña -aunque nunca llegaron como veremos-.

Así, mientras Melo intentaba tomar Rocroi el duque de Enghien (Luis II de Borbón), futuro príncipe de Condé, con escasa experiencia militar, llevaba, tal y como se ha mencionado, cinco días a gran velocidad para poder llegar a Rocroi y prestar socorro a la plaza. A pesar de no tener experiencia, estaba muy motivado.  En este sentido, Van Den Brule establece que la noche anterior a la batalla el ejercito francés, oculto en el bosque y en silencio, durmió unas 4 horas solamente ya que tenían orden de atacar a las 3 de la madrugada[5]. La rapidez de Enghien se debe también a que un desertor francés le comunicó que los españoles esperaban refuerzos desde la frontera, lo que hizo plantear la batalla de otra manera. Esto se contrasta también con la idea de Melo que pensaba que los franceses no prestarían batalla a campo abierto si no que más bien irían a socorrer la plaza como tantas veces habían hecho. Sin embargo, no fue así, ya que el duque de Enghien llevaba un gran ejército, muy parejo al de los tercios, con 16.000 infantes, 6.000 jinetes y 12 piezas de artillería.

El 18 de mayo, sobre las 6 horas de la tarde, Melo ordena salir a sus hombres de las trincheras y comienza un intenso y efectivo cañoneo contra las murallas de Rocroi. La Ferté, sin ninguna orden, se lanza al ataque intentando tomar la villa de Rocroi por un terreno pantanoso siendo contraatacado por la caballería ligera alsaciana. Enghien tuvo que intervenir y cubrir la retirada de la “maltrecha caballería”. Esa misma noche, Enghien logró introducir a unos 150 hombres en la ciudad y desplegó su ejército. Esto fue posible debido en gran medida a que Melo no cubrió la retaguardia, lo que facilitó la llegada de las tropas francesas.

 Ambos ejércitos formaban en una llanura, uno enfrente del otro, ambos dispuestos para la batalla.

Según los expertos, ambos ejércitos formaron de manera tradicional, separados por un kilometro de distancia. El ejercito hispánico se componía por los siete regimientos de la caballería alsaciana y la caballería ligera croata en el ala derecha, al mando de Isenburg, mientras que en el centro quedó la infantería formando en dos líneas, estando en la primera -como era costumbre[6]- los tercios españoles (el tercio de Antonio de Velandia, el de Jorge Castellví, el del conde de Garcíez, con dos batallones, el del conde de Alburquerque[7] y el del conde de Villalba) mientras que los italianos y borgoñones quedaban situados al oeste, escoltando a los españoles. En la segunda línea, retaguardia, quedaban desplegadas las nueve unidades alemanas y valonas al mando del conde de Fontaine[8], mientras que el flanco izquierdo estaba cubierto por la caballería imperial (caballería de Flandes) a las ordenes del duque de Alburquerque. La artillería quedaba al mando de Álvaro de Melo, hermano del capitán general.

Los franceses también se desplegaron de manera tradicional con la caballería en las alas, intercalada esta con doce unidades de 50 mosqueteros. Así, el ala izquierda de la caballería se abría paso con dos líneas a las ordenes de La Ferté y L´Hospital respectivamente, mientras que el ala derecha quedaba al mando del propio duque de Enghien y de Gassion. La infantería formaba igual que la española, en el centro del ejército, formando en dos líneas. La diferencia estriba en que, a diferencia de Melo, Enghien dejó un ejercito de reserva con tropas mixtas de caballería e infantería y, además, intercalaba la caballería con la infantería, sobre todo mosqueteros[9]. Otros autores hacen hincapié en el hueco que dejó Melo entre líneas y en los flancos, mientras el ejército francés se mantenía compacto.

A las 4 de la mañana del día 19 de mayo, tal y como habían previsto los franceses, se inició el ataque. Tras el cañoneo del día anterior, del que Melo no supo sacar partido, y para no perder mas tiempo ante una posible llegada de refuerzos españoles, Enghien se lanza al ataque, precipitándose sobre los españoles (López Larrubia, op. cit.). Los autores coinciden en que, desde el primer momento, la batalla se tornó encarnizada (Van Den Brule), siendo los españoles “murallas humanas” tal y como describe Antonio Villegas (op. cit.).

Las pretensiones francesas eran claras, envolver el ala derecha de la caballería española para tomar la retaguardia. El galope atroz de los franceses parecía que iba a arrasar todo a su paso, sin embargo, Melo dispuso unos 600 mosqueteros parapetados sobre un montículo y protegidos por el bosque que descargaron sus armas sobre la caballería francesa. La descarga, con la técnica a tres tiempos y mediante fuego a discreción, causó verdaderos estragos en los franceses que caían uno tras otro en lo que ya era una carnicería. Por si esto fuera poco, entre el plomo, el polvo y los franceses cayendo, apareció la caballería de Alburquerque que hizo todavía más daño a los franceses que tuvieron que recular ante tanto desconcierto y retirarse a sus posiciones como podían. La caballería de Alburquerque, persiguiendo a los franceses, logró repeler el ataque y se lanzó contra la artillería francesa arrebatándole varias piezas, concretamente inutilizaron 10 cañones.

Dicen los expertos que en la primera hora de combate ya se contaban unas 7.000 bajas entre ambas fuerzas, pues fue tan encarnizada la lucha que el combate cuerpo a cuerpo fue lo que predominó durante la primera fase de la batalla imponiéndose un caos brutal en el campo donde apenas se diferenciaban unos de otros.

Y es aquí donde viene una sucesión de errores que hacen de Rocroi una derrota, por si fuesen pocos ya los que había. Tras la carga francesa que es rechazada por los arcabuceros y la caballería españoles, Melo pudo haber decidido la batalla a su favor, pero la infantería y la caballería no se coordinaron y la primera no avanzó contra los franceses. Aquí los autores hablan de improvisación por parte de Melo, además de que los maestres de campo -nobles puestos por Olivares- carecían de experiencia en combate. Por lo que, como se ve, se juntaban todos los factores.

Por consiguiente, Enghien lejos de dormirse pudo reagrupar a la caballería y cargar contra la de Isenburg y la de Alburquerque, causándoles muchas bajas y haciéndoles retroceder. A continuación, se produce el avance conjunto de la caballería e infantería francesas junto al ejército de reserva y cargan contra el grueso de la infantería española en pleno despliegue de esta. Los tercios repelen mediante fuego de mosquete y picas la carga francesa provocándoles bastantes bajas, aunque en este choque cae La Fontaine -blanco fácil del fuego debido a que iba sobre una silla-. El choque, nuevamente, se torna encarnizado, sangriento y caótico. Ambos ejércitos resisten.

Se produce otra carga francesa, esta vez contra el flanco izquierdo, el cual estaba a punto de caer, donde incluso tuvo que acudir Melo para salvar la situación. A la par, cargan contra las tropas italianas que, sin que nadie lo pueda entender, se retiran y se dan a la fuga abandonando el campo de batalla. Melo, viendo tamaña situación, se bate en retirada junto a los italianos. En ese preciso momento, cuando reinaba el caos, Enghien consigue reagrupar a su caballería y se lanza contra el centro español con el propósito de aislar a los tercios del resto. Jugándose todo, finalmente lo consigue

Ante ello, los franceses cargan también contra la retaguardia, donde estaban los valones y alemanes produciéndoles grandes bajas, hecho que les hace retirarse también. En estas cargas, sobre todo, contra los valones, Alburquerque impresiona con un recital “elástico” (Van Den Brule) sobre defensa y ataque en cargas perfectamente coordinadas. Sin embargo, a pesar de la defensa del conde español, parte de la retaguardia quedó aniquilada

Francia lo intentaba por todos los medios una y otra vez, sin apenas descanso, ya que en aquel caos no podían desperdiciar la ventaja que había favorecido la retirada de italianos, valones y alemanes.

Sin embargo, las piezas artilleras imperiales continuaban efectuando descargas efectivas y certeras contra el centro del ejercito francés, dispuestas desde el sotobosque. Los franceses, para su desgracia, no podían apenas replicar aquellos disparos.

Mientras el combate transcurría, desde las 4 de la mañana de aquel 19 de mayo de 1643, los tercios, cumpliendo fielmente su misión y ante el avance de la batalla, solos, sin esperar unos refuerzos que, en teoría, llegaban sobre las 10 de la mañana, se batían contra todo el ejercito galo. A estas alturas, los cinco tercios españoles, o lo que quedaba de ellos, se habían reagrupado formando un gran rectángulo que iba rechazando al enemigo con salvas de fuego de mosquetería muy bien articuladas (Van Den Brule, op. cit.). En este sentido, las dos primeras cargas de caballería de Enghien contra el cuadro español fueron un desastre. Aquí, coinciden los autores, se produce, nuevamente, otra carnicería con los caballos destrozados a balazos y los jinetes con la misma suerte, o rematados según caían. Así estuvieron los españoles durante dos horas más, solos, resistiendo como podían.

Viendo el transcurso de la batalla, Enghien propone una rendición con honores a los españoles, ya que ve que la batalla se alarga y puede perder a más hombres y, además, temía de la posible llegada de los refuerzos de Beck. Los españoles rechazan las propuestas de rendición y se proponen continuar combatiendo, tal y como se les ha ordenado.

Sin embargo, en el momento álgido de la batalla, los tercios se quedan sin munición y, aun así, aguantarán todavía dos cargas más de la caballería francesa. En este momento, el tercio de Castellví combatía separado del resto en otro cuerpo a cuerpo épico, reculando, según las fuentes, hasta volver al cuadro.

Las fuentes francesas y españolas de la batalla hablan de verdaderas “murallas humanas” (Villegas, op. cit.) ante la magnitud y ferocidad de la resistencia española.

En la última fase de la batalla, y viendo la resistencia española, Enghien vuelve a ofrecer la rendición honrosa[10], que solo aceptó el tercio de Garcíez. El resto de los tercios -a excepción del aniquilado tercio de Castellví- se vuelven a reagrupar, en un cuadro cada vez más pequeño, y se disponen a combatir hasta el final.  

Tras ello, el resto lo sabemos ya, sin embargo, los tercios continuaron resistiendo a la artillería pesada y ligera, y las cargas de caballería. Como podían se mantenían en el campo de batalla ante la admiración de los franceses, que no daban crédito. Exhaustos los nuestros, consiguieron imponer al enemigo una capitulación extraordinariamente honrosa.

Eran las 10 de la mañana, aproximadamente, y tras seis horas de combate ininterrumpido, los franceses finalizan la batalla con una victoria un tanto singular ya que tuvieron aproximadamente las mismas bajas que los españoles. Estos, por el contrario, mostraron un gran ejemplo de heroísmo y combate hasta el final cumpliendo sus órdenes al pie de la letra.

En este sentido, según la leyenda -al menos así lo establecen los expertos- apareció un oficial francés tras la batalla y preguntó a los supervivientes españoles que cuantos habían combatido, a lo que un español le responde “Contad los muertos”.

En cuanto a las repercusiones de la batalla, las bajas no están claras a día de hoy, pero se habla de cifras similares. En este sentido los autores no se ponen de acuerdo. Primo Jurado establece 4.500 bajas por parte de Francia y 7.300 por la parte hispana (entre muertos, heridos y prisioneros). Lorente solo establece 5.000 muertos españoles y unos 2.000 prisioneros -muy pocos españoles- no da cifras de las bajas francesas. Van Den Brule no se “moja” en las cifras y habla de miles de muertos, de igual manera que López Larrubia. Sin embargo, otros estudios, establecen una cifra menos distanciada entre ambos ejércitos. Así se observa que los imperiales cuentan con 4.000 muertos (de los cuales 3.000 son españoles) y unos 2.500 prisioneros (VV.AA., 2011), mientras que por la parte francesa se cuentan 3.000 muertos y también cerca de 5.000 muertos para los imperiales (la mitad de ellos españoles) y 3.826 prisioneros mientras que Francia, pagando cara su victoria, dejó 4.000 muertos sobre el campo de batalla (VV.AA., 2020).

Hay que recordar, además, que solo en la primera fase de la contienda ya llevaban cerca de 3.000 muertos. En cuanto a las piezas de artillería, los españoles perdieron todas y los franceses, según expertos, cerca de la mitad, inutilizadas gran parte de ellas también en la primera fase de la contienda.

Tras Rocroi

Inmediatamente finalizada la batalla, el nuevo rey de Francia Luis XIV celebró por todo lo alto la victoria con un gran festival en Paris donde se buscaba magnificar la derrota española y presentarla como decisiva. Este hecho forma parte de la leyenda negra como se ha demostrado ya que la guerra continuó y el ejército francés es derrotado en noviembre del mismo año en Tuttlingen.

Los soldados supervivientes de Rocroi pasaron a engrosar las filas del ejercito de Beck.

En España se ignoraba, desde la corte, esta derrota. La corte continuó con sus fiestas y cacerías mientras miraba a otro lado, mientras su ejército sufría como sinónimo de la decadencia o declive en el que estaba ya inmersa la corona.

Dejando atrás las diferentes interpretaciones que hay sobre Rocroi que, como se ha visto, fue una batalla mas con un resultado ambiguo, se observa que Melo no fue el capitán idóneo para tal batalla y que además pudo haber decidido la batalla en la tarde del 18 de mayo. Además, no llevó zapadores ni cubrió la retaguarda, su exceso de confianza le llevó a pensar que la batalla sería rápida ya que los franceses no presentarían batalla y no dejó un ejército de reserva. Melo planeó la batalla diferente, a pesar de ser el mismo ejército que un año atrás había vencido a los franceses en Honnecourt, ya que dejó huecos entre los flancos y entre las propias líneas y no combinó la infantería con la artillería ligera de mosquetes y arcabuces. Y lo mas importante, dentro del caos y la desorganización, huyó con los italianos dejando a los españoles solos en el campo de batalla. No tomó la iniciativa en ningún momento, por consiguiente, los españoles fueron los verdaderos protagonistas de la batalla.

Rocroi no es una gran derrota o victoria -según el bando combatiente- sino que supone una batalla mas en la que, como se ha visto, no hubo ningún cambio cualitativo ni cuantitativo en el aspecto político-militar. Tuttlingen en noviembre de 1643 y Valenciennes en 1656 ponen de manifiesto precisamente que los tercios no solo no habían muerto -tal y como explotó Francia- sino que eran capaces de vencer en unos tiempos en los que Europa cambiaba.

El ocaso de los tercios habría que situarlo a partir de la década de los 60 del siglo XVII, donde ya se observa un declive, que no desaparición. Se ha visto también gracias a los novedosos estudios de los expertos, como Maffi entre otros, que tras Rocroi los tercios siguen combatiendo nada mas y nada menos que en 5 guerras. Aquí los autores coinciden y es que lo que Olivares no llegó a realizar, se haría después con Carlos II y los tercios se transformaron adaptándose a la “nueva guerra”, con un mayor peso de la caballería ligera con armas de fuego y mayor predominancia de las armas de fuego en el campo de batalla, con unos cuadros más versátiles y variados, dependiendo de la situación en sí.

La Paz de Westfalia en 1648 y la Paz de los Pirineos en 1659 dejan de manifiesto el declive español que, ahora sí, ve su mapa mermado en Europa, aunque aún conserva territorios como Flandes e Italia. No será hasta 1704 cuando los tercios desaparezcan finalmente debido al cabio de dinastía en España donde el primer Borbón, Felipe V, los transformará en regimientos, según la manera francesa y acorde a los nuevos tiempos que se abrían en Europa con una Francia lista para ostentar la hegemonía.

***

Si bien, como se ha venido analizando, la mayoría de los autores establecen la batalla de Rocroi como el final o el ocaso de la infantería de la Monarquía Hispánica, los tercios. Sin embargo, tras ver el análisis y las bajas de dicha batalla, se observa que no fue una derrota desmedida y que pudo haber vencido cualquiera de los contendientes. Obviando los errores, el exceso de confianza de Melo y la situación crítica de la propia Monarquía en aquel momento, lo que supuso Rocroi fue un rotundo éxito propagandístico para Francia ya que supo explotar aquella victoria de manera excelente.

Sin embargo, autores como Maffi, Quatrefages, Espino López, de Mesa Gallego o Claramunt, entre otros, ponen de manifiesto que no solo los tercios no mueren en Rocroi si no que al contrario pues tras la batalla de Rocroi se observa una reformulación de los tercios en los campos de batalla europeos, ya con el último Austria, Carlos II. Estos autores han puesto su punto de mira en el análisis de la historia militar de los tercios en el reinado de Carlos II, un periodo muy poco estudiado hasta hace bien poco.

En este sentido, los expertos coinciden en que la debilidad económico-política de la Monarquía Hispánica no perjudicó a sus ejércitos, a pesar de cargar estos con la escasez de hombres y dinero, ya que los tercios tenían una aptitud que pocos ejércitos tenían en aquel momento y era la facilidad (y rapidez) para adaptarse a las transformaciones tanto militares como tácticas u organizativas, la adaptación al medio y al campo de batalla. Y esto fue lo que sucedió tras Rocroi ya que los tercios continuaron sus andanzas en otras guerras y en otros campos de batalla con unos u otros aliados. En palabras de Albi de la Cuesta (2013) el fin de la hegemonía española en Europa se debe a un largo y lento proceso de erosión en el que es muy difícil poner una fecha exacta debido precisamente a esa duración en el tiempo.

Pero, llegados a este punto, habría que preguntarse ¿Qué sucedió tras Rocroi? Ya que hemos visto por activa y por pasiva que a España le tocó la peor parte de Westfalia en 1648 y la Paz de los Pirineos en 1659, pero, sin embargo, habría que analizar otras cosas pues España sigue manteniendo sus posesiones europeas, al menos hasta la 2ª mitad del siglo XVII.

Así las cosas, tras Rocroi, concretamente 6 meses después, tenía lugar la batalla de Tuttlingen, a orillas del Danubio, con victoria hispano-imperial.

Merece hacer hincapié en esta derrota por varias razones: la primera para hacer justicia y honor a la verdad, la segunda, en consonancia con la anterior, para combatir la Leyenda Negra y el olvido, y la tercera, entre otras tantas, para recordar que Rocroi no supone el final de los Tercios españoles, sino que este vendrá unos años más tarde, donde ya se puede materializar un agotamiento de los tercios en perfecto símil a su situación hegemónica tanto interna como externa. Aun así, los nuevos estudios, como los de Davide Maffi, desechan estas teorías alargando el poderío militar de los tercios hasta prácticamente el final del siglo XVII. Esto no quiere decir, evidentemente, que fuesen la misma infantería invicta que vencía en los campos de batalla europeos, sino que, aunque perdiese batallas en muchos casos, ellos, los tercios, continuaban siendo un referente militar de alta estima.

Tras esto, en noviembre de 1643, una coalición de fuerzas francesas y tropas del Ducado de Sajonia-Weimar, a cuyo mando se encontraba el mariscal Josias von Rantzau, se enfrentaron en Tuttlingen a las fuerzas bávaras, imperiales y españolas, con Franz von Mercy al mando. Los primeros serian derrotados ante un ataque sorpresa de las tropas hispano-imperiales, teniendo que retirarse. Según los autores las fuerzas en combate eran similares rondando los 15.000 soldados aproximadamente. Ante el ataque, inesperado, los franceses comenzaron a perder terreno y a huir, ante las embestidas conjuntas de la caballería e infantería imperiales. Estos, a medida que avanzaban, se hicieron con la artillería enemiga que fue utilizada contra la infantería enemiga, la cual capitularía al día siguiente. Las fuentes hablan de una batalla o combate que duró un día aproximadamente debido a la sorpresa del ataque y a la desorganización en las filas franco-weimarianas, un hecho que, debido a su débil resistencia, provocó la rendición de estas. El ejército de Rantzau dejó de existir en su mayoría mientras que lo que quedó de este se retiró dirección Alsacia. Además de los 7000 prisioneros franceses, Mercy mantuvo cautivos a Rantzau, otros siete generales, nueve coroneles y unos diez cañones. En cuanto a las bajas, los autores no establecen grandes bajas para los imperiales mientras que los franceses contaban con unas 4000 bajas entre muertos y heridos –aparte de los 7000 prisioneros-.

La victoria en Tuttlingen es solamente un ejemplo de lo que ocurrió tras Rocroi, ya que en 1644 los españoles vencen en la isla de San Martin a los holandeses, se les ve resistiendo frente a holandeses en Hulst y arremetiendo en Proh contra franceses, ambas batallas en 1645 y tres años después son derrotados en Lens frente a Francia nuevamente. Sin embargo, en 1656 los españoles vencen a Francia en Valenciennes, donde 25.000 franceses asedian la ciudad defendida por unos 20.000 soldados de los tercios que no solo resisten, sino que vencen provocando unas 4.000 bajas y 1.200 prisioneros frente a 500 bajas españolas.

A pesar de estos vaivenes, como se observa, Rocroi no puede afirmarse como el final de los tercios ni mucho menos el inicio de su declive hegemónico-militar. Es cierto, por el contrario, que será a partir de la batalla de Dunquerque o de las Dunas, en 1658 cuando se observe ya un desgaste de los tercios españoles, sumidos en muchas guerras y con una Monarquía a la que le importaba más la caza y las fiestas de salón que lo que sucedía en Europa con sus hombres, columna vertebral del ejército y, consecuentemente, del imperio. Es en la Batalla de las Dunas cuando una coalición franco-británica vence a los tercios españoles y recuperan dicha ciudad, manifestándose ya un retroceso de los ejércitos de la Monarquía Hispánica en Europa.

Pero, lejos de desaparecer, los tercios estarán combatiendo por toda Europa de norte a sur y de este a oeste envueltos en varias guerras. Así, según Maffi entre 1665 y 1700 España estuvo involucrada en cinco grandes guerras como la Guerra de Portugal (Guerra de la Restauración), que finaliza en 1668 con la independencia de Portugal de la Monarquía Hispánica; la Guerra de la Devolución (1667-1668); la Guerra de Holanda (1673-1678); la Guerra de Luxemburgo (1683-1684) y la Guerra de los Nueve Años (1688-1697) contra Francia con resultado indeciso. Todo esto culminará en el tratado de paz de Rijswijk en 1697 que ponía fin a la guerra.

Aunque si que podemos situar el momento decisivo de la decadencia militar española en la Guerra de la Restauración portuguesa (1640-1668), concretamente en una batalla decisiva para ambos. La batalla de Amexial (Batalla de Estremoz o Évora) acaecida en junio de 1663 supone una derrota estrepitosa para España debido a lo que supone en aquel momento y no es otra cosa que la perdida de Portugal y el fin de la Unión Ibérica que desde 1580 era una realidad. Efectivamente, en la Batalla de Amexial una coalición franco-británica y portuguesa con unos 17.000 efectivos hacen frente a un ejército hispánico formado por unos 20.000 soldados de los tercios (con tercios españoles en su mayoría y alguno que otro francés, alemán e italiano). La batalla deja por el camino unas 500 bajas del lado portugués frente a más de 4.000 del bando español. Los autores coinciden en que aquella batalla fue la batalla central de la guerra, pero también una de las más importantes (y poco analizadas) del periodo del siglo XVII ya que España se retira y los soldados son diezmados en una cuarta parte, huyendo hacia España. Aunque la guerra concluyese en 1668, esta batalla si que marca un antes y un después en los ejércitos de la Monarquía Hispánica con una derrota decisiva y rotunda que pone de manifiesto la debilidad de la monarquía incapaz, por tanto, de hacer frente a las situaciones.

Como se observa, en el ámbito militar, la presencia de los tercios no desaparece y, lejos de ello, sin embargo, se acentúa en múltiples guerras y batallas de las que sin ayuda de estos quizá hubieran acabado de otra manera.

En el plano interno, la Monarquía Hispánica tuvo que hacer frente también a otras rebeliones con tintes similares a las de Cataluña y Portugal de 1640. En 1647 estalla una rebelión antiespañola en Sicilia y Nápoles y al año siguiente también hay varios intentos en Aragón y Navarra. Se cree, según los autores, que Francia estaba detrás de todas ellas motivando una crisis en España para debilitarla. Sea como fuere, todas ellas fueron sofocadas en 1648 quedando aquellos reinos en posesión de la Monarquía Hispánica.

Tras Rocroi, la Monarquía Hispánica se mantiene como potencia hegemónica en Europa, pero inmersa en múltiples conflictos como se ha visto ya. Su decadencia vendrá motivada por un cumulo de acciones que no harán si no debilitarla política y económicamente. Todo ello en relación, también, con el panorama europeo.  

Por tanto, viendo lo anterior, no queda sino afirmar que el final de los tercios españoles se produce de igual forma que su surgimiento, es decir, mediante orden real. Los tercios había surgido de manera oficial a través de la Real Ordenanza de 1536 y desaparecen, también por la via oficial en el año 1704, mediante Real Decreto de 28 de septiembre. Este es su verdadero final y no Rocroi.

 

Conclusiones

La batalla de Rocroi se inscribe en un contexto convulso no solo para España sino para todo el continente europeo e incluso americano. Es una época marcada por cambios que no tardarán en materializarse en la guerra decantando la balanza, a medio-largo plazo, hacia el lado francés.

Sin embargo, la tan mitificada batalla fue más bien un éxito propagandístico que Francia explotó y vendió al resto de Europa. Se ha visto que Rocroi no supone nada ni política ni militarmente y que se quedó simplemente en una batalla mas que pudo haberse decantado del lado de cualquiera de los contendientes. En este sentido, hay que destacar que las bajas no están claras y entre los autores no hay univocidad, su numero es muy parejo, lo que demuestra que no fue un ocaso militar ni una gran victoria.

Una sucesión de errores se sumaba al contexto en el que estaba inmersa España con las Guerras de los Ochenta y Treinta Años, la guerra contra Francia y la guerra contra Portugal, estando todas las fronteras de la Monarquía Hispánica atacadas. Melo, como se ha visto, pudo haber obtenido la victoria, viendo como combatieron los tercios españoles, pero, sin embargo, no tomó la iniciativa en ningún momento, no cubrió la retaguardia, no llevó zapadores, no combinó la infantería con el fuego de mosqueteros, no dejó un ejército de reserva… estos factores, sin embargo, sí que fueron aprovechados por el duque de Enghien. Melo, por tanto, no fue el capitán idóneo para tal batalla ya que, aunque experimentado, su improvisación, exceso de confianza y el abandono a los tercios en plena batalla hablan por sí mismos.

En Rocroi se vieron dos ejércitos muy parejos que formaron de manera tradicional, uno en frente del otro, y, sin embargo, a pesar de los errores en la cadena mando, los tercios españoles demostraron una vez mas el por qué eran el mejor ejército de Europa, a pesar de que la mayoría en mayo de 1643 eran bisoños. Acatando las órdenes hasta el final, como tantas otras veces hicieron, lograron finalmente resistir y casi acabar con el ejército francés provocando un elevado numero de bajas y propiciando, con ello, una rendición extraordinaria.

En la batalla los tercios españoles quedaron solos, por lo que se puede hablar de un numero menor en cuanto a combatientes con respecto al bando francés, lo que nos lleva a establecer que las bajas fueron superiores en el ejercito galo que entre los propios españoles. Aun así, hay que destacar que los españoles se comportaron como verdaderas murallas humanas y que no hacia falta mas que contar los muertos para saber quiénes habían combatido allí.

Ante la supuesta llegada de refuerzos, que nunca llegaron, y viendo que la situación se alargaba, Enghien quiso acabar cuanto antes la batalla, sin embargo, los españoles no se lo pusieron fácil y, tras casi siete horas de combate, finalmente en torno a las 10 de la mañana del 19 de mayo de 1643, la batalla terminó con una victoria pírrica para los galos.

Rocroi supone una brecha, un punto de inflexión para la infantería invicta en Europa durante 150 años. Decir que era la primera derrota de los tercios desde el año 1503 seria faltar a la verdad, pues habían participado en varias batallas y asedios, en este tiempo, saldándose con alguna que otra derrota, pero si hay que destacar que Rocroi marca un antes y un después, sobre todo en la propaganda. A simple vista no supuso nada aquella batalla, ni trastocó el mapa ni hubo consecuencias políticas, de hecho, los tercios siguieron como siempre. A medio y largo plazo la Monarquía Hispánica no tardaría en decaer frente a los muchos enemigos que la despedazaban para quedarse con un trozo de papel, sufriendo un desgaste lento y progresivo hasta llegar al siglo XVII, todavía como potencia eso sí, pero con su mapa mermado.

Rocroi pues no muestra el declive de los tercios ni de la monarquía, este se hará patente a partid de la década de los 60 del siglo XVII donde se materialicen los problemas que la monarquía arrastraba. El final de los tercios se observa ya en 1704 pues hasta esa fecha continuaron combatiendo, con mas peso en la caballería y las armas ligeras de fuego, eso sí, y adaptándose, como siempre habían hecho, al terreno y a los nuevos tiempos que exigían la guerra.

 

Bibliografía

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VV.AA., “Los tercios (VI) 1660-1704”, Desperta Ferro, nº especial XIX, 2019

*Colección general de las Ordenanzas Militares sus innovaciones y aditamentos (año de 1764-1768) – España; Biblioteca Virtual de Defensa > Colección general de las Ordenanzas Militares sus...

 

 

 



[1] JUDERIAS, J., La leyenda negra, edición independiente, 2017, Madrid, p.7

[2] Las cifras no están claras pero los autores coinciden en que fueron parejas las bajas.

[3] Ver también ALBI DE LA CUESTA, J., De Pavía a Rocroi, ediciones Desperta Ferro, 2020

[4] Ver Colección general de las Ordenanzas Militares sus innovaciones y aditamentos, 1764-1768, España; https://bibliotecavirtual.defensa.gob.es/BVMDefensa/es/consulta/registro.do?id=36321

[5] Enghien y los altos mandos franceses se habían enterado hacia unas horas del fallecimiento del rey de Francia, hecho que ocultaron a la tropa para no desmoralizarla.

[6] Era un privilegio que tenían por ser las tropas de élite imperiales. Se situaban en las posiciones más expuestas y para ellos era un honor estar en primera línea, y así lo pedían ellos.

[7] El conde de Alburquerque mandaba la caballería y su tercio quedó al mando del sargento mayor Juan Pérez de Peralta

[8] Con mucha experiencia, pero aquejado de gota por lo que era transportado en una silla a hombros de sus soldados (ver película de Alatriste, 2006, donde se puede observar la batalla y cómo era transportado el conde).

[9] Táctica introducida unos años antes por Gustavo Adolfo de Suecia.

[10] Este tipo de rendición se ofrecían sobre todo a plazas fuertes o guarniciones fuertemente asediadas y consistía básicamente en respetar la vida y la libertad de los supervivientes que además salían formando con sus banderas y armas.


Álvaro González Díaz

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