LOS 11 DE MÜHLBERG
LOS 11 DE MÜHLBERG
| https://www.despertaferro-ediciones.com/2015/batalla-muhlberg-julio-albi-de-la-cuesta/ (imagen de Ángel García Pinto) |
El
día era primaveral, el sol se abría justo antes de media mañana de aquel 24 de
abril de 1547, el deshielo se hacía camino entre los verdes paisajes de
Brandemburgo. A pesar de ello, el rio Elba portaba aguas gélidas, con fuerza a
su paso y algún que otro pedazo de hielo. Los valles parecían volver a su
normal y floreciente actividad. Sin embargo, los nuestros preferirían una y mil
veces estar en su soleada Castilla, remangados quizá a estas alturas. La larga
marcha por el camino español, el suyo, les había cansado. Los tercios
necesitaban un respiro, pero apenas había tiempo para ello. A lo lejos hizo
aparición el Cesar caracoleando con su caballo. Algo cansado ya y con los
tobillos hinchados, el emperador saludó efusivamente al de Alba y con una
sonrisa de complicidad, los ojos a medio cerrar por el sol, ambos sabían a lo
que habían venido. Al emperador le gustaba hacer las cosas a lo grande, no
gustaba de presenciar las batallas desde un despacho. Era un hombre de acción.
Los herejes habían
destruido todos los puentes aledaños que cruzaban el rio. Los españoles, en
seguida, se dispusieron obedeciendo, como es norma. Días de marchas y
escaramuzas, contraataques enemigos. Con el frio alemán metido en el cuerpo. El
rio Elba, por estas fechas portaba gran caudal de agua y apenas había vados. No
había un lugar decente donde acampar y pensar en un plan. No. La situación era
otra y el hereje lo sabía. Los imperiales iban contrarreloj.
Tras varios días de
persecuciones, el duque de Alba había ordenado que el ejército se situase tras
el bosque, en las cercanías del rio Elba. Al otro lado estaban aquellos ilusos
protestantes que, tras haber saqueado las villas católicas y violado a sus
mujeres, se escondían. Rehusaban dar batalla a los españoles. Pero, para algo
habíamos acudido a la llamada de nuestro Cesar ¿no? Pues sí. Los protestantes
se las daban de vencedores, soberbios galanes. Según sus dirigentes, como aquel
Federico de Sajonia, tenían el terreno, que conocían muy bien, a su favor. Sin
duda el conocimiento del terreno es primordial pero no lo es todo. Dios estaba
de nuestro lado aquel día.
Entretanto, el duque había
mandado varias avanzadillas a lo largo del Elba, que nos separaba de aquellos
malditos herejes. También había dispuesto los cañones en la orilla. Mientras
todo ello ocurría, 11 locos, o valientes, caminaban, vigilando daga en mano,
por aquel desconocido bosque en busca de una solución, sabiendo de su
camaradería, cuando de pronto fueron avistados por un pastor que por allí
pasaba. El pastor había sido robado por los protestantes en aquella alegoría de
la paz en la que destruyeron todo a su paso. El pastor se hallaba deseoso de
justicia. Les comentó a aquellos desorientados españoles la situación de un
vado en el rio donde, además, había unas barcazas enemigas atracadas.
Los españoles conteniendo
la alegría que aquella noticia provocaba rápidamente se miraron entre ellos,
admiradores de la muerte y de la honra, sonriéndose y guiñándose un ojo, se
despojaron de sus ropas, se quitaron el morrión e incluso el cinturón. Todo
quedo en tierra. Todo menos la camisa blanca con la que se distinguían. Con la
daga entre los dientes, para nadar mejor y evitar, con ello, el castañeteo de
los dientes al tiritar de frio, se lanzaron a aquel gélido y profundo rio. El
que primero se lanzó al rio fue Mondragón, al que siguió Rivera, Otálora y el
resto. ¡Vaya cojones!
Los protestantes habían
dispuesto artillería en la orilla, queriendo jugar a un “corre que te pillo”.
Se hallaban parapetados y camuflados a lo largo del rio. Al mínimo movimiento
en el agua o en orilla enemiga tenían la orden de disparar, de acribillar a
balazos. Sin embargo, se mostraban muy confiados, se sabían vencedores e
incluso alguno, que debía montar guardia, brindaba con aquel aguado y
avinagrado vino. Confiados se sentían.
Los once locos españoles
nadaban, espada en mano y daga en boca, sin hacer el más mínimo ruido para no
alertar a nadie. Los protestantes ajenos a lo que se cocía delante de sus
narices. Los españoles nadando, se miraban, gesticulaban con la boca y las
manos. Se seguían, uno tras otro, en perfecta y silenciosa fila. El agua helada
se metía hasta el tuétano de los huesos, los músculos entumecidos tiritaban
queriéndose partir en aquellas contracciones, el agua de aquel día cortaba la
respiración y ponía las extremidades moradas.
El de Alba seguía
pensando para hallar forma alguna de entablar combate, junto con Álvaro de
Sande, quien se preguntaba donde estarían los suyos, aquella avanzadilla del
tercio de Hungría que había salido hacía ya un rato para ver si encontraban
algo, algún vado desprotegido, algo donde el enemigo cojease. El nerviosismo
afloraba en aquella fría y primaveral mañana. El ligero sol aliviaba el frio al
que los nuestros no estaban acostumbrados. El cañoneo incesante comenzó,
entonces, desde las filas imperiales, ordenado por el de Alba. El Elba era
testigo presencial y omnipotente de aquella trágica y triste situación. La
ciudad de Mühlberg se vio envuelta en gritos y un cada vez más oscuro humo, que
por estas horas ya tapaba el sol. Los herejes se mantenían en sus posiciones
deseando evitar, en todo momento, un cuerpo a cuerpo con aquellos occidentales.
Y cuando todo era
desconcierto, las balas silbaban a escasos centímetros de los nuestros que
habían sido descubiertos. Pero era tarde, demasiado tarde ya. Los nuestros
recibieron su baño de fuego ya en la orilla. Empapados, cansados y sedientos, obviando
el continuado escalofrío al que estaban sometidos, aquellos 11 españoles se
dispusieron a realizar su trabajo. El morado de los labios, la falta de aire en
los pulmones, el entumecimiento muscular poco importaban ya. Los herejes que
vigilaban aquel vado fueron literalmente aniquilados y sus cañones clavados. La
primera línea que defendía el vado enemigo desapareció. El puente de barcazas
que tenían amarrado fue capturado. A pesar de estar bien protegido, los
nuestros se encargaron de hacer lo que mejor sabían.
Tiritando por el frio y
evitando la corriente, aquellos 11 valientes se volvieron a lanzar a las
gélidas aguas del Elba. A lo lejos resonaban maldiciones de un enemigo que no
se había percatado de nada, mientras el tronar del cañoneo se oía en la lejanía
del verde bosque. Los españoles tiraban de las cuerdas que amarraban las
barcazas. Nadaron con ellas hasta la otra orilla, una zona segura donde
esperaban los suyos.
A lo lejos el emperador y
el Duque de Alba no daban crédito a lo que veían sus ojos. Ambos miraban con
admiración, los ojos tan abiertos que parecían platos.
Toda una acción de
comandos, una operación anfibia por agua y tierra. Una encamisada.
La sorpresa fue
descomunal en el bando imperial. Sin embargo, no había tiempo para
celebraciones ni abrazos. Rápidamente, los tudescos construyeron un puente
móvil de orilla a orilla. Justamente un kilómetro de maderas, pero con eso bastaba.
Los jinetes pasaban con un arcabucero a grupas, e incluso el emperador
transportaba a lomos de su caballo a un soldado.
-Estáis locos –decían los
camaradas sabiendo la magnitud de la hazaña.
-No. Ya sabéis que Cristo
esta de nuestro lado –decía un exhausto español mientras miraba sonriente al
cielo.
-Vamos no hay tiempo que
perder –una orden tajante recorría aquel momento de gloria.
El ejército imperial
cruzaba el rio y en la otra orilla resonaban ya los tambores, tambores de
guerra. La Cruz de Borgoña oteaba en lo más alto, reluciendo entre la polvareda
que dejaba aquel paisaje gris, presumiendo de algún balazo enemigo. Entonces
aquel bosque hereje fue testigo de una batalla, la de Mülhberg. Y de una
victoria, la del emperador.
Aquel 24 de abril de 1547
once valientes decidieron una batalla en Mülhberg. Con más temor a la deshonra
que a la muerte se lanzaron a las heladas aguas del Elba y cruzaron el rio
lleno de enemigos por doquier. Esquivaron a la parca y estableciendo una cabeza
de puente de vital importancia. Aquel día los enemigos, como tantas otras
veces, maldecirían el nombre de España y no darían crédito a tal hazaña. Una
hazaña que permitió que los imperiales cruzasen el rio y cargasen contra los
protestantes de la Liga Esmalcalda. El resto ya lo saben vuestras mercedes.
Que interesante Alvaro
ResponderEliminarGracias
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