COVADONGA ¿La primera gesta de España o una simple escaramuza?

 

COVADONGA
¿La primera gesta de España o una simple escaramuza?

El mito fundacional de Covadonga bajo juicio


 

¿Sabías que…?

Aunque muchos historiadores presenten la batalla de Covadonga como una simple escaramuza, esta se ha convertido en un mito fundacional del origen de la Reconquista y, posteriormente, de España.


 

Resumen

Este artículo explora cómo el episodio de la batalla de Covadonga, del siglo VIII, fue mitificado posteriormente como el pilar fundacional de un reino, a pesar de que muchos historiadores hoy lo consideran una escaramuza menor. Más allá de la veracidad factual, lo relevante es su enorme legado simbólico: la legitimación política, identidad colectiva y el arranque de un proceso que, en poco tiempo, cristalizaría en la Reconquista.

 

Introducción

Hay batallas, actos heroicos, épicas, héroes, fundaciones de ciudades… hitos en general, que dan lugar a una leyenda y se convierten en un mito fundacional. La batalla de Covadonga es una de esas batallas que, aparte de ser un “mito” –hito- fundacional, no deja tranquilo a los historiadores.

En la Edad Media ya se tenía constancia de la Batalla de Covadonga, la cual fue elevada con el tiempo al estatus de gesta fundacional. Y es que, en seguida, los diferentes reinos que fueron surgiendo en aquella España Medieval tenían en mente –o sabían de ello- la batalla mencionada. Esta batalla, convertida en gesta, se atribuye a la “desconocida” y ambigua figura de Don Pelayo (Pelagius o Belay, según las crónicas). Según la leyenda, el mito, las cornicas –y por tanto la historia-, Pelayo se convierte en figura heroica y va estrechamente ligada a la batalla, ambas son inseparables.

el episodio de la batalla de Covadonga, del siglo VIII, fue mitificado posteriormente como el pilar fundacional de un reino

En este sentido, Pelayo se convierte, tras la victoria en Covadonga –y alrededores-, en un símbolo para la Cristiandad ya que fue el primero en levantarse contra el poder y dominación musulmana.

A pesar de ello, hay diversos estudios, diversos historiadores que, aunque no dudan de la existencia de la batalla, sin embargo, cuestionan si fue o no una gran batalla, derivando su hipótesis hacia una “simple escaramuza”. Señalan que se trata más bien de una escaramuza subordinada que fue cuidadosamente amplificada por cronistas interesados en legitimar nuevas estructuras de poder. La cuestión clave es: ¿importa que fuese pequeña, si la carga simbólica que generó moldeó siglos de historia e identidad? Es decir, ¿Qué más da si fue batalla o escaramuza cuando el eco de la misma ha transcendido en el futuro?

Lo que prima, o debería hacerlo, es el acto debido a su repercusión. Por lo tanto, debería darnos igual la mitificación de la batalla cuando el resultado es el mismo, sea una gran victoria o una victoria sin más.

 


Contexto Inmediato

La derrota en Guadalete y el colapso visigodo

Hay un punto de inflexión en la caída del reino visigodo. Efectivamente, la derrota de don Rodrigo en Guadalete (711) marcó el inicio del derrumbe del reino visigodo. La invasión musulmana avanzó rápidamente, sin oposición efectiva –tan rápido avanzó que en apenas 3 años la mayoría de la Hispania goda había sido ocupada por los musulmanes-. Consecuencia: el fin del poder visigodo, sumado al vacío político y territorial, generó un escenario propicio para rebeliones locales y resistencias dispersas.

A pesar de ello, la traición se consumó ya que la facción visigoda aliada de los musulmanes –y unida a ellos- se extendió con los invasores por toda España, sin apenas oposición. La poca oposición que había rápidamente era aplastada y los diversos focos cristianos huían al norte.

Hay un punto de inflexión en la caída del reino visigodo. Efectivamente, la derrota de don Rodrigo en Guadalete (711) marcó el inicio del derrumbe del reino visigodo

Caída de Don Rodrigo y desaparición de la monarquía visigoda

Con la muerte de don Rodrigo y la desarticulación de la monarquía, brotaron núcleos de resistencia dispersos. El norte peninsular, escasamente controlado y sin monarca, se convirtió en semilla de esas alternativas políticas, de esos focos de rebeldía.

Asturias, donde surge el primer conato rebelde, era un territorio diverso, poblado por paganos y cristianos, por hispanos, godos, astures, cántabros… muchos asentados allí y otros refugiados.

Hay que recordar que no solamente en Asturias, sino que, tras ella, comienzan a surgir focos en la frontera pirenaica, Navarra y Aragón, además de la marca hispánica de los carolingios. Aunque Asturias será el caldo de cultivo.

 


La Batalla de Covadonga: ¿mito fundacional para España?

Y es que hay controversia en torno a la batalla de Covadonga y todo lo que la rodea. En este sentido no hay crónicas coetáneas en el tiempo a la batalla y lo que se sabe es proveniente de un relato posterior. Los cristianos lo ensalzan y los árabes lo mencionan con menosprecio. En tales casos, aunque alejados del tiempo, ambos hablan de la batalla, por lo que la batalla sí existió.

Los cronistas del siglo IX, especialmente en la corte de Alfonso III, recogieron y embellecieron el episodio de Covadonga, atribuyéndole el papel de origen de la Reconquista. La historiografía sostiene ampliamente que se trata de una construcción ideológica destinada a legitimar la dinastía asturiana mediante vinculación simbólica con los visigodos: un “covadonguismo” interesado. Sin embargo, como es de esperar, el relato musulmán no se queda lejos de la mitificación, en este caso, denigrando y menospreciando la batalla.

Es cierto que las cifras son exageradas en muchos casos y en otros obviadas, pero el resultado es el mismo. No nos compete analizar si fue batalla o escaramuza sino la repercusión que trajo consigo aquel episodio del que nace un reino y una guerra contra el invasor musulmán.

A pesar de no haber univocidad entre los autores, lo cierto es que la batalla existió. Y ello trajo consigo un relato, como en cualquier otro país, historia, religión, cultura… que dio lugar a un mito fundacional –que no debe tenerse como negativo, al contrario-. El mito a veces es parte de la historia. Lo que si se tiene en cuenta es que la batalla se ha transmitido oralmente y teniéndose en cuenta las crónicas posteriores.

Una escaramuza, ¿y qué?

Lo que dicen los historiadores

Según la reconstrucción histórica actual, la “batalla de Covadonga” fue una escaramuza que provocó la retirada de Munuza de Gijón hacia la meseta, y consolidó a Pelayo como líder de un núcleo político emergente.

El historiador Fernández-Conde establece que Covadonga fue “más que una batalla, una escaramuza”, mientras que Pelayo habría sido un jefe local elegido como “princeps” tras el enfrentamiento, nunca un rey en el sentido formal. Amancio Isla Frez también la describe como una escaramuza con alta carga simbólica, capaz de proyectar legitimidad política y encender una narrativa fundacional.

Historiadores como José Luis Corral incluso ponen en duda la existencia real de la batalla, señalando que es una invención de las crónicas post-Alfonso III, sin referencias contemporáneas en fuentes árabes o del siglo VIII.

Por otro lado, José Javier Esparza (Asturias) ve en la batalla de Covadonga un episodio de gran significación espiritual: la levantada de la cruz ante la invasión musulmana. Para él, tiene mucho que ver el símbolo religioso frente al invasor. Sin embargo, no la reduce a una mera leyenda, ya que insiste en que es un hecho real, en que “la gente se levantó por la cruz”. Rechaza que sea solo mito. Critica, pues, que hoy se trate de relegarla o minimizarla e incluso que hay quienes quieren quitar esa dimensión.

José Soto Chica (Pelayo) sostiene que Pelayo existió y que los acontecimientos como Covadonga son 100% históricos. Para él, el mito no puede borrar lo que ocurrió. Da importancia al hombre real, no solo al héroe legendario. Aquí Pelayo se presenta como persona con sus emociones, defectos y grandeza. “Un hombre como nosotros” que “por encima de todo, amaba la libertad”. En líneas similares a Esparza, pone énfasis en la rebelión contra un poder superior, es decir, contrapone la rebeldía de Pelayo frente al Califato Omeya, lo ve como un choque moral, una resistencia que nace de la convicción. También critica los enfoques académicos modernos que, según él, tratan de evitar hablar de héroes o leyendas, o restar valor patriótico. Para él, hay una especie de omisión interesada de lo que Pelayo representa.

Yeyo Balbás (Cova Dónnica) combina la documentación histórica con la reconstrucción novelesca. En su obra más ensayística aborda la conquista islámica incluyendo Covadonga, mientras que su novela Cova Dónnica recrea los antecedentes, trayectorias, personajes, tensiones que podrían haber conducido al levantamiento en Asturias. Tiene especial interés en distinguir mito e historia, y mostrar cómo los mitos responden a necesidades sociales posteriores, pero sin descartarlos como puras invenciones. Reconoce la dificultad de documentar con certeza algunos puntos, pero se esfuerza en reconstruir lo verosímil. También le importa el simbolismo del paisaje, como Esparza, los lugares de resistencia, la tradición religiosa y la sacralidad del espacio.

Pablo Vega (Pelayo, rey) narra la vida de Pelayo como una novela histórica. Introduciéndolo como personaje que presencia el desplome del Reino visigodo en Guadalete, el dominio musulmán creciente, su huida y/o regreso a Asturias, y cómo se convierte en líder de resistencia. Su versión da cierto realismo novelístico al personaje. No es solo una figura heroica idealizada, sino que tiene proceso, desarrollo. Aunque da también importancia al mito como parte del relato histórico.

Por último, José Luis Olaizola (Pelayo. Príncipe de los astures) reconstruye la vida de Pelayo apropiándose de las crónicas antiguas como la Crónica de Alfonso II el casto que se escribieron décadas después, lo cual reconoce. En su libro, se guía por esas crónicas para recrear al personaje. Busca hacer al personaje cercano al lector, humano, con elementos de leyenda (por ejemplo, orígenes míticos, símbolos), pero mantiene que la figura tiene base histórica tangible.

Por tanto, bien es cierto que algunos historiadores niegan la realidad de la batalla, otros la aceptan como escaramuza local fundamental para el caudillaje de Pelayo y la alianza entre visigodos desplazados y aristocracia indígena.

 


 Y ¿Qué implica eso?

Sencilla y llanamente que, independientemente de su repercusión real, Covadonga se convirtió en el germen simbólico de una entidad política —el Reino de Asturias— cuya legitimidad reposaba en la resistencia y en la narrativa de redención histórica.

Debemos quedarnos con la importancia, aquello que nos ha llegado a nuestras manos –dando igual si es un mito, una simple escaramuza o una batalla- pues el mito trascendió como símbolo de resistencia, cohesión y legitimación territorial, más que como dramatización bélica. El mensaje, de hecho, fue potente, un levantamiento, aunque modesto, que personificaba la negativa a sucumbir y el inicio de una reconstrucción.

Es decir, independientemente del mito o el aura legendaria, Covadonga marca un punto de inflexión entre la Hispania Visigoda y la Reconquista –Repoblación, avance cristiano, Recuperación territorial…- dando lugar a esta.

 aquella acción marcó un antes y un después para España y su historia

El mito que define historia e identidad

Covadonga fue ese punto de partida para las historias posteriores. Es decir, la conceptualización de la “Reconquista”, el relato de redención cristiana, y la visión de España como continuidad de la Hispania visigoda. Sin embargo, muchos historiadores actuales critican el uso del término “Reconquista” por su carga ideológica y falta de precisión historiográfica; proponen en su lugar términos como feudalismo, frontera, colonización o conquista. Cuando se sabe, precisamente, que el termino Reconquista si bien no es un término coetáneo, ha sido aceptado y asumido por la historiografía en general –no solo española- y define claramente ese periodo de expansión de los Reinos Cristianos. Y es que, además, así lo interpretan los Reyes Católicos al restaurar el “antiguo orden visigodo” en Hispania. Porque hay que recordar también que los reinos, incluido Portugal, luchan para recuperar Hispania, porque Hispania es un imperio desde la Edad Media con sus reinos y reyes, con un emperador –normalmente reconocido como tal el rey de Castilla-.

Covadonga, pues, es mucho mas que un mito, que una leyenda, ya que es el comienzo de una larga guerra. Pues, siendo verdad o mentira, desde Covadonga se pone de manifiesto una lucha continua, una guerra santa, de recuperación de un territorio… de lo contrario, aquella escaramuza se hubiera quedado allí en el norte, aislado en una zona de montaña habitada por 300 asnos salvajes según definían las crónicas musulmanas.

Independientemente del uso ideológico-político que se haga de Covadonga, lo cierto es que aquel acto, aquella acción marcó un antes y un después para España y su historia. No se trata de hacer hincapié en que fue una escaramuza –por cierto, reflejada en crónicas- sino en lo que supuso aquello, en su transcendencia y consecuencias.

Conclusión

La Batalla de Covadonga, en realidad, pudo ser probablemente una escaramuza como muchas otras (limitada en alcance y protagonismo), pero en el espejo posterior se transformó en algo mucho mayor. No fue el tamaño del enfrentamiento lo que importó, sino la carga simbólica que le imprimió la cronística medieval y las fuerzas políticas posteriores. Tras Covadonga surge una guerra y los diferentes reinos que se van sucediendo se legitiman en aquella batalla, reconociendo que había una España visigoda anterior y que son sus herederos –Reconquista-.

Ese episodio menor se convirtió en mito fundacional, legitimando un reino y alimentando un relato colectivo que desembocaría en la Reconquista. En definitiva, no es tanto el hecho histórico en sí, sino su interpretación y uso, lo que ha definido siglos de identidad e historia hispana.

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