Los últimos de Baler

Los últimos de Baler

Afloraba el verano de aquel triste año de 1898, oscuro y siniestro año, sí. Los americanos nos habían declarado una guerra injusta, una guerra por ellos provocada. A estas alturas ya pocos resistían en Cuba y Puerto Rico. Nuestro gobierno se había escondido en una oscura cueva, quizá más por vergüenza que por temor, un gobierno sin honor alguno. Una Restauración decían los eruditos, un nuevo sistema. No si ni siquiera si por estas fechas quedaba algo de honra en su Parlamento, no si en África perderíamos también, no sabía nada ya y creo que poco importaba. Apenas quedaban hombres como los del glorioso siglo de Oro. ¡Qué pena siento España!

A excepción de Cuba y Puerto Rico, los españoles resistíamos en las Filipinas, pues los americanos habían metido los morros también allí. En Filipinas nos enfrentábamos a unos tagalos enfermos, llenos de ira e independencia. Unas ideas que los estadounidenses les habían metido entre ceja y ceja. Combatían bien y aunque no nos querían como enemigos tampoco nos querían administrando su tierra. Supongo que todo tenía un fin y para España era este. Combatían como españoles, que hasta ese momento eran, combatían sí, pero en frente estábamos nosotros con la firme idea de resistir, con las órdenes claras.

Y esas órdenes las acatamos completamente como españoles que éramos.

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Estados Unidos no podía tolerar que un imperio viejo y cansado ya de mantenerse en pie entorpeciera sus objetivos. En efecto, ese imperio viejo era el de España y para evitar que esta continuara con sus terrenos allende los mares, Estados Unidos, potencia emergente y llena de vitalidad tras haber unificado sus tierras en América, declaró la guerra a España. De manera sucia e injusta, Estados Unidos acusó a España del hundimiento del acorazado USS Maine en el que murieron unos 266 soldados americanos. Era el 15 de febrero de 1898 y en el puerto de la Habana había estallado aquel barco. Rápidamente, la prensa americana se hizo eco del suceso y se afirmó que eran los españoles los causantes de tal explosión. Comenzaba la guerra contra España, una guerra que no deseaba pero que se declaró inmediatamente.

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Mientras esto sucedía, los españoles combatían en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Era en este último sitio donde los nuestros no iban a ceder. Imbuidos de honor y coraje, con la firme convicción de cumplir las órdenes y ajenos a lo que ocurría en el resto del mundo, la bandera nacional, la roja y gualda, ondeaba en lo alto de un campanario, siendo testigo de una batalla, pero no de la guerra pues esta ya no existía. La bandera española, en efecto, ondeaba acompañando a aquellos locos que, como Don Quijote, no pararían hasta encontrar la compañía de su amada Dulcinea, dando igual los peligros que se les presentasen.

A principios de 1898, tras un periodo de relativa tregua entre filipinos y españoles, el alto mando reconoce los efectivos con los que cuenta, que son con los que va a intentar mantener el imperio en Filipinas. 28.000 soldados en filipinas -100.000 había en Cuba-. En Baler había un destacamento de 400 hombres que es relevado por otro de 50 soldados, quizá por la confianza que despertaba aquella tregua y quizás también porque harían falta en otro lado.

Sea como fuere, Aguinaldo, el líder de la revolución filipina regresa de Estados Unidos financiado y armado para retomar la lucha antiespañola. Las tropas acuarteladas en Baler, aquellos 50 hombres de remplazo, son aniquiladas. Esto provoca que, desde Manila, se envíe otro contingente para mantener la posición. Así, el Batallón Expedicionario de cazadores nº 2, unos 54 hombres a las órdenes del capitán Enrique de las Morenas y los tenientes Saturnino Martin Cerezo y Juan Alfonso Zayas, es enviado en el crucero María Cristina. Nada más llegar, los españoles hacen un reconocimiento del territorio y rápidamente fortifican el enclave español, dispuestos a defenderlo. Se disponen en la zona del poblado de Baler, alrededor de la Iglesia que allí había, a unos 1000 metros de la playa. Allí combatirán.

Una iglesia, como todas las que había en Filipinas, de muros muy gruesos y con unos 20 metros de fachada. Los españoles habían llegado a la conclusión, de acuerdo con el padre Carreño, que si la situación se complicaba, se replegarían a la iglesia debido a los grandes muros que tenía. Esta situación no tardaría mucho en llegar.

Los tagalos habían sido informados del retorno de los españoles a Baler y acudieron a por estos.  Estamos a 2 de julio de 1898, con un clima tropical, propio de aquellos lares, con la rabia desmedida de unos filipinos que querían su independencia y con unos 54 hombres que defendían el último resquicio del imperio, ya desaparecido, de su patria.

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El poblado de Baler había sido fortificado de inmediato. Los lugareños que allí vivían, muchos, colaboraban con la resistencia tagala. Apenas se podría considerar aquel pueblo como una urbe. Pero dio igual la fortificación de Baler ya que según aparecieron los españoles, también lo hicieron los filipinos independentistas.



La provincia de Nueva Écija fue tomada por los tagalos y en Baler se pudo respirar un mes de calma, ya saben, de tensa calma. Es decir, los enemigos de España podrían aparecer en cualquier momento. El 27 de junio el poblado estaba vacío, las personas que lo habitaban se habían ido y eso no era buena señal. Los españoles sabían que el enemigo iba a atacar.

El capitán de las Morenas ordena a los españoles acuartelarse en la iglesia para que el ataque enemigo no les pillase por sorpresa. Llenan la iglesia de provisiones, unos 4500 kg de arroz, habichuelas, tocino rancio o azúcar. Alimentos en mal estado debido a la falta de conservación. Ello provocó la aparición del Beriberi, una enfermedad producida por la carencia de la proteína b1. Era lo que había, no había más.

Si el 27 amanecía vacío el pueblo, el día 30 de junio una patrulla española, que había salido de las murallas del templo, mientras hacia un reconocimiento de la zona fue tiroteada fruto de una emboscada enemiga. Acto seguido, los españoles cubren la retirada de estos desde la iglesia. Comenzaba un largo y duro asedio en valer en el que las fuerzas españolas, de unos 54 hombres y un cura, se enfrentarán a unos 800 filipinos armados hasta los dientes.

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Desde el mismo momento en el que entró el ultimo español, al replegarse tras la emboscada, ninguno de los allí presentes pudo imaginarse que aquella iglesia seria su casa, trinchera, protección, defensa y tumba, durante 337 días, nada más y nada menos, desde la que harían frente al beriberi y a un enemigo 15 veces superior. Incomunicados y sin poder salir, sin esperar refuerzos y sin que nadie supiera lo que allí pasaba, aquellos españoles defenderían el imperio, o lo que ya no quedaba de él, a capa y espada o, mejor dicho, con uñas y dientes.

Para aquellos 54 soldados y el sacerdote la guerra continuaba. Para España y el mundo había terminado ya. Ellos no sabían y por ello lucharán. Sin embargo, a estas alturas, España no solo había perdido la guerra, no, todo su imperio se había desmoronado en apenas unos meses desde aquel febrero del Maine. Tras Cuba y Puerto Rico, habían caído otras islas que aún conservaba España y con todo ello lo hacía íntegramente Filipinas. A excepción de un poblado, el de Baler, donde unos locos, más que valientes, españoles defendían la honra –si es que quedaba algo- de un imperio fantasma. Fue allí, en una iglesia, donde los nuestros resistían.

Mientras los españoles se mostraban ajenos al mundo y a sus acontecimientos, esperaban unos refuerzos que nunca llegarían. Aguardaban bajo el amparo de la bandera nacional que ondeaba en lo más alto de aquel campanario, que ahora servía de trinchera. Los filipinos confiados y crecidos, al ver a aquellos pobres hombres encerrados en un pequeño y estrecho reducto, se lanzan al ataque bajo las órdenes de Aguinaldo, aquel líder independentista. ¡Cuán equivocados andaban los tagalos al pensar que aquello iba a ser un paseo! ¡Ilusos!

Las acometidas eran feroces, una y otra vez cargaban sin descanso los filipinos. Pero una y otra vez fueron rechazados por aquellos españoles. Sus acometidas no servían de nada pues los españoles habían fortificado aquella iglesia. Ellos resguardados y los filipinos expuestos afuera. Los españoles estuvieron sitiados por unos 800 enemigos de manera simultánea y resistieron unos 9 grandes ataques. Pero allí seguían.

La resistencia era en vano, así se lo hacían saber los emisarios filipinos a los oficiales al mando. En vano, decían. Los españoles se mantienen firmes en las negociaciones. Varias veces acudieron emisarios y varias veces los españoles dijeron que no se rendían. Pero los refuerzos no llegaban.

El hambre y la enfermedad del beriberi causaban verdaderos estragos. La falta de aire, ante las ventanas selladas y tapiadas, volvía el ambiente más cargante. La falta de higiene y sobre todo de alimentos, que ya comenzaban  a echarse en falta, suponían otro problema mayor. Y los refuerzos… seguían sin llegar. Ni una noticia había de España, ni una. Además, muere el capitán de las Morenas y el teniente Zayas, lo que deja en el mando al teniente Cerezo. Manila había caído ya. España había firmado la rendición incondicional con EE.UU. y aquel destacamento allí seguía.

Pasaban los meses en aquella iglesia, lúgubre y triste. El desánimo se apoderaba por momentos de los españoles. Las acometidas siguen e incluso ya utilizan artillería pesada. Mientras la situación se hacía insostenible, los españoles deciden salir al poblado. Aprovechando la oscuridad de la noche, un grupo de españoles abandona la iglesia y en una misión suicida salen sin ser vistos. Estos consiguen robar alimentos y llevarlos a la iglesia, una acción que les salvó la vida y los mantuvo vivos.

A pesar de todo, estaban débiles, faltos de vitaminas y alimentos, faltos de higiene. El hedor rancio que anunciaba la muerte dominaba el ambiente, el aire cada vez más denso era el que les rodeaba. Apenas entraba luz por las ventanas y solamente el vigía acertaba a ver algo y respirar. Insostenible por tanto era la vida de aquellos hombres. Las ropas malolientes, sudadas y llenas de moho y polvo, eran las que llevaban orgullosamente desde aquel mes de julio del año pasado. No había noticias de España. La misión era sencilla, resistir y resistir.

Mientras esto ocurría, por el Tratado de Paris, Filipinas se convertía en colonia americana. Ahora los filipinos debían librar otra guerra, esta vez contra sus aliados. La cosa se ponía tensa para los de Aguinaldo, aunque más tensa era para los españoles que no tenían esperanza en nada.

La metralla golpeaba los muros de aquella iglesia. El polvo caía sobre sus cabezas. El cura intentaba animarles y el teniente ordenaba. Nadie se movía de sus posiciones, nadie. El estruendo de los disparos de la artillería resonaba como nunca. Cada vez más intensos los disparos y, desde dentro, crucifijo en mano, rezando y con el arma en la mano, aquellos hombres resistían. La situación se complicaba por momentos y los españoles seguían rechazando ataques de los filipinos.

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A finales de mayo de 1899, con los españoles exhaustos y cansados, aunque resistiendo, llega a bordo del cañonero Urano el teniente coronel Cristóbal Aguilar para negociar con Cerezo. Este no le cree y se mantiene firme en la decisión de defender cueste lo cueste la iglesia y con ella la patria. Sin embargo, Aguilar le entrega a Cerezo unos periódicos.

Una vez dentro Cerezo se pone a leerlos y entiende que aquello no era una broma, que España se había rendido a los Estados Unidos y la guerra había terminado.

El 2 de junio de 1899, casi un año después de haberse metido en aquella iglesia para resistir, los españoles arrían la bandera española del campamento, izando la bandera blanca. 17 muertos contaron los españoles mientras los filipinos casi la totalidad de sus hombres fueron bajas –entre muertos y heridos-.  33 hombres y dos frailes son lo que quedaban de aquel grupo de cazadores del ejército español. ¡Increíble!

Cerezo, por su parte, logra acordar una rendición honrosa con los filipinos, quienes aceptan. La rendición fue más honrosa que la que podría haber imaginado todo el ejército español un año antes en Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Formando y con la bandera nacional desplegada, las armas a los hombros, salieron aquellos locos y temerarios hombres, aquellos héroes de la patria, de la iglesia en la que resistieron durante un año.

Andrajosos y desarrapados, mugrientos si cabe, muchos de ellos sin calzado, la mayoría con harapos como ropa, las armas al hombro y la cabeza alta, en fila de a 3 y marcando el paso, los españoles desfilaban por un pasillo de soldados filipinos que, a su paso, les presentaban armas. Además serian escoltados, no como prisioneros, sino como amigos, por los filipinos hasta abandonar filipinas.

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Habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario Cid y de Pelayo, rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejercito de esta república que bizarramente los ha combatido[1]

Así comenzaba la carta del Presidente de la Republica de Filipinas Emilio Aguinaldo el día 30 de junio de 1899 en la que firmaba un decreto para con los españoles.



[1] En LOPEZ LARRUBIA, EMILIO A., Y la sangre enemiga en sus espadas, editorial independiente (Amazon), España, p. 150-151 


Álvaro González Díaz

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