Los Comuneros: la revuelta que la izquierda convirtió en mito
Los Comuneros: la revuelta que la izquierda convirtió en mito
La rebelión de los Comuneros de Castilla (1520–1521) ha sido uno de los episodios más simbólicos de la historia de España. Sin embargo, en los últimos siglos —y sobre todo durante el siglo XX— la izquierda y el nacionalismo castellano han proyectado sobre ella un relato ideológico ajeno a su naturaleza original. Donde hubo monarquismo y lealtad a la reina Juana, hoy se pretende ver republicanismo; donde hubo defensa de los fueros y del orden castellano frente a un monarca extranjero, se presenta una “revolución popular” moderna.
Este artículo busca desmontar ese mito, recuperar el
sentido histórico de la revuelta y analizar cómo y por qué se transformó en
bandera ideológica.
Donde hubo monarquismo y lealtad a la reina Juana, hoy se pretende ver republicanismo; donde hubo defensa de los fueros y del orden castellano frente a un monarca extranjero, se presenta una “revolución popular” moderna
Introducción
La historia no es solo una sucesión de hechos, sino
una continua disputa por el significado de esos hechos, una reinterpretación y
argumentación constante al servicio de los historiadores –o, muchas veces,
malinterpretada por la política-. Pocas veces se ve tan claro como en el caso
de los Comuneros de Castilla, levantados contra el emperador Carlos I en
los albores del siglo XVI.
Hoy, ciertos sectores de la izquierda y del regionalismo castellano los
presentan como proto-republicanos, anti-monárquicos y progresistas, una
lectura que resulta históricamente insostenible, sobre todo por la epoca. Los
comuneros no se alzaron contra la monarquía, sino en defensa de una
monarquía legítima, la de Juana I de Castilla, y contra la presencia de un
rey extranjero y su corte flamenca. No cuestionaban la institución monárquica,
sino el modo en que estaba siendo gobernado el reino.
Además, hay
que entender el republicanismo, en todo caso, como lo que es y no como se
interpreta en España –ausencia de rey-. En este sentido, el republicanismo,
como comúnmente se aplicaba desde Roma y se entendía también en los siglos del
Humanismo y el Renacimiento, se entendía como un sistema político con gobierno
mixto que se basaba en valores clásicos (bien común, virtud cívica, libertad y
el imperio de la ley). Un ejemplo de ello podría ser Maquiavelo quien la asociaba
a un gobierno de leyes bien establecidas para asegurar la estabilidad a largo
plazo. Además, Maquiavelo, según dicen los expertos, se basó en Fernando el
Católico –un rey- para su obra De
Principatibus “el príncipe”, como ejemplo de buen gobierno.
Contexto histórico
En 1516 muere Fernando el Católico.
La reina Juana, hija de los Reyes Católicos, llevaba años recluida en
Tordesillas y será su hijo, Carlos, criado en Flandes, quien herede la corona.
Castilla lo recibe con desconfianza ya que el nuevo monarca no habla
castellano, se rodea de consejeros extranjeros y exige fuertes impuestos para
financiar su elección como emperador del Sacro Imperio.
El malestar estalla en 1520, cuando las
ciudades castellanas, encabezadas por Toledo, Segovia y Valladolid,
forman la Santa Junta Comunera. Su propósito inicial no es abolir la
monarquía, sino reformarla y castellanizarla, o lo que es lo mismo,
querían un rey español, fiel a las leyes del reino, respetuoso con las Cortes y
con el papel de las ciudades.
Algo similar, aunque en otro contexto se producirá en
las mismas fechas en la Corona de Aragón,
sobre todo, en Valencia y Mallorca con las llamados Germanías, otro conflicto social al que también tuvo que hacer
frente el emperador.
Estado de la cuestión
Llegados a este punto, solo habría que preguntarse ¿Cómo
es posible que una revuelta monárquica y conservadora haya sido reinterpretada
como un símbolo de republicanismo y revolución popular? Es decir, ¿En qué
momento los comuneros pasaron de ser defensores de Juana la Loca a héroes
progresistas y antimonárquicos?
Vamos a verlo.
Desarrollo:
A El contenido
político real
Los comuneros nunca negaron la legitimidad de
la monarquía. En su célebre “Manifiesto de la Santa Junta” (agosto, 1521) declaran
que actúan en nombre de la reina Juana, a quien reconocen como soberana
legítima frente a un monarca extranjero. El programa, manifiesto, el ideal, en
general, de los comuneros no aspiraba a abolir el trono, sino que más bien lo
que pretendían era restaurar un orden político más participativo, dentro del
marco monárquico castellano. Una especie de “democracia y/o parlamentarismo
primitivo” (aunque el reino de León ya lo había implementado en 1188, algo
novedoso en aquella Europa medieval).
Por tanto, si algo podría calificarse de “revolucionario” en ellos, es su
defensa del autogobierno castellano y su oposición al imperialismo de
Carlos, no el rechazo a la monarquía.
Los comuneros nunca negaron la legitimidad de la monarquía
B. La
tergiversación posterior
Durante el siglo XIX, el nacionalismo y la historia, la
historiografía y los mitos fundacionales de España se debaten y toman otro
cariz. En este sentido, los liberales reinterpretaron la revuelta como
una “revolución burguesa frustrada”. Será ya en el siglo XX cuando la versión de
la historia cambie al sentido actual. Y es que el republicanismo y la
izquierda marxista adoptaron esa lectura, adaptándola a su narrativa de
lucha contra el poder central y la monarquía. Un cambio de guion que ha
perdurado en el tiempo.
Así, los comuneros se transformaron en símbolos del “pueblo contra el tirano”,
“república contra monarquía”, “progreso contra atraso”, ignorando por completo
su contexto feudal y su ideología lealista. Si aceptamos, pues, la teoría de
que Carlos V es el tirano se podría entender su postura ya que los comuneros serian
aquellos que se enfrentaron a ese “tirano” –seria por tanto licito aceptar esa teoría-,
pero no se entiende que se haya interpretado al movimiento comunero como un
movimiento republicano antimonárquico cuando se ha visto que ellos si que reconocían
la monarquía y en este caso a la reina Juana como monarca. Además, la teoría marxista
pierde peso también porque los comuneros eran en cierto modo una especie de “nacionalistas”
o “patriotas” al desear un gobernante castellano y no extranjero, pero,
recuerden, monarca.
Los comuneros como patriotas
Más allá de la política, los comuneros fueron, ante
todo, patriotas castellanos. Su lucha tenía un fuerte componente
identitario pues, como se ha mencionado, se resistían a la pérdida de poder de
Castilla dentro del nuevo imperio carolino,
temían el vaciamiento económico del reino y la subordinación cultural ante
Flandes. En otras palabras, su protesta fue nacional antes que social. El
reclamo revolucionario es, primeramente nacional y, después, social –estamental-
al reclamar luego sus privilegios que veían en peligro.
Fueron, sí, precursores de una conciencia política castellana, pero dentro de
una monarquía que consideraban suya, no ajena.
La apropiación ideológica
El siglo XX politizó la historia como pocas épocas.
Desde la II República hasta los movimientos regionalistas recientes, la figura
de Padilla, Bravo y Maldonado ha sido utilizada como emblema de
resistencia popular, omitiendo que estos “héroes del pueblo” provenían de la
pequeña nobleza, del patriciado urbano y del clero. Omitiendo que veían en
Juana a su reina y protectora de sus privilegios.
En resumen, la izquierda contemporánea ha proyectado sus valores modernos
sobre un movimiento del siglo XVI, desfigurando su esencia. Sobre todo, en
esa manipulación de la historia, del republicanismo y consecuentemente del “socialismo”
o “clasismo” que hasta el siglo XIX no aparecen, pues las clases y lo social se
establecen ya tras la Revolución francesa –también de matiz burgués y liberal-
y, sobre todo, con la Revolución Industrial donde el súbdito pasa a ser
ciudadano, el Tercer Estado pasa a ser obrero, el hidalgo burgués….
la izquierda contemporánea ha proyectado sus valores modernos sobre un movimiento del siglo XVI, desfigurando su esencia
Conclusiones
En resumen, se puede decir, grosso
modo, que la revuelta comunera fue una defensa del orden castellano frente a
la extranjería del poder imperial, no una revolución contra la monarquía.
Sus líderes fueron monárquicos, católicos y patriotas, no republicanos
ni socialistas.
Reducir su gesto a un mito de “progresismo frustrado” es tanto una injusticia
histórica como una prueba de la manipulación ideológica que aún padecen ciertos
símbolos nacionales.
Desde un punto de vista histórico y objetivo, recordar
a los comuneros no debe ser un acto de nostalgia revolucionaria, sino de
memoria crítica, pues fueron los primeros en defender la dignidad política
de Castilla dentro de una España que aún se estaba formando.
En un tiempo en que las ideologías contemporáneas intentan colonizar el pasado,
rescatar la verdad histórica se convierte, una vez más, en un acto de
resistencia.

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