Un relato de la Batalla de Berlín
Un relato de la
Batalla de Berlín
Berlín, 1 de mayo de 1945.
La ciudad ya no era ciudad. No. Era un cementerio en llamas, un laberinto de
humo, polvo y sangre. Cada calle se había convertido en una extensión del
frente, cada ruina era una fortaleza. Los escombros formaban murallas
improvisadas, y detrás de ellos hombres exhaustos, ancianos de rostros arrugados
y jóvenes casi imberbes que esperaban a la muerte con el dedo en el gatillo. La
resistencia era feroz, desesperada, suicida…
Las Juventudes Hitlerianas, aquellos muchachos
de apenas catorce o quince años (con más valor que edad), portaban panzerfausts más grandes que sus propios
cuerpos. Desde los sótanos en ruinas y las estaciones de tranvía calcinadas,
saltaban contra las colosales hienas de acero soviéticas, lanzando ráfagas de fuego
para después correr a esconderse entre los restos ennegrecidos de la ciudad.
Algunos caían sin tiempo siquiera de gritar. Otros conseguían, contra toda
lógica, detener el avance de un T-34 que ardía en mitad de la calle como un
monstruo herido.
El aire estaba saturado de humo y hollín. El horror
de aquella espantosa escena decoraba el paisaje de muerte y agonía que parecía
querer pintar la eternidad. Las llamas devoraban edificios enteros, iluminando
la noche como antorchas macabras. Desde las azoteas todavía se disparaban armas
antiaéreas reconvertidas en defensas contra tanques, mientras el retumbar de
los cañones resonaba contra las paredes de ladrillo que aún quedaban en pie.
Era un estruendo sin fin: artillería, explosiones, el gemido de los heridos y
el crujir de los edificios derrumbándose. La muerta imagen de algo, un algo por
lo que aún se combatía.
Los soviéticos avanzaban metro a metro,
pagando cada esquina con decenas de cuerpos. Sus filas parecían interminables,
pero también caían: derribados por francotiradores escondidos entre los restos
de un tranvía, por ráfagas disparadas desde sótanos inundados de polvo y
cadáveres. Las tropas del Ejército Rojo, endurecidas en mil batallas, avanzaban
con furia, pero en Berlín comprendieron que la victoria también tenía precio.
¡Vaya que si lo tenía!
Esquinas destrozadas, un silencio que no
llegaba, ahogado por aquella batalla. Rabia, dolor, impotencia, lagrimas, vómitos,
sesos esparcidos, cráteres humeantes, humo reciente, olor a azufre y muerte, descomposición
de cuerpos esparcidos por el suelo, sangre que no regaba nada pero que corría
como un rio… eso era Berlín. O lo que quedaba.
Las mujeres, atrapadas en la tormenta,
lloraban en los refugios, sabiendo que la llegada del enemigo traería consigo
humillación y violencia. Sus gritos se mezclaban con los estampidos, recordando
que no solo la ciudad, sino todo un pueblo, estaba siendo desgarrado. El llanto
de los niños resonaba en los túneles del metro, donde familias enteras
esperaban un destino que se intuía inevitable. Y es que la inquietud, la
intranquilidad, el no saber qué va a pasar es también un enemigo, de los
peores. La agonía era un familiar más y apenas se podía mantener la calma.
En las avenidas, los coches volcados servían
de barricadas. Los defensores, mezclados entre soldados regulares, miembros de
las SS y voluntarios como muchos franceses de la Carlomagno o españoles,
peleaban hasta el final, como si en esa última resistencia pudiera salvarse
algo más que su propia vida. No había rendición. No había futuro. Solo quedaba
resistir, aguantar… que no se gastase la munición. Solo eso.
Los soviéticos, a pesar de todo, también avanzaban.
Querían la victoria, y la tenían. Georgianos, mongoles, rusos, ucranianos,
lituanos… con la mirada puesta ante cualquier posible movimiento extraño,
intentaban abrirse camino entre escombros materiales y humanos. Chatarra y más
chatarra pisoteaban. Cuidado, eso es lo que ponían en cada feroz avance.
El Reichstag, el corazón de un imperio
agonizante, se veía ya entre las nubes de humo, convertido en el último
baluarte. En sus salas, en el búnker bajo la Cancillería, el eco de los últimos
discursos, las órdenes desesperadas y el silencio de los que comprendían que la
historia se cerraba con pólvora y cenizas.
Apenas quedaban muros en aquella ciudad en
disputa. Una ciudad cadáver que todavía se defendía. Agrupados unos, dispersos
otros. Nadie cedía. No, nadie. Las ordenes de los defensores eran claras y
explicitas. Defender Berlín hasta las últimas consecuencias y, por supuesto,
resistir.
El cielo de Berlín estaba gris, oscurecido
por la nube de incendios y metralla. Los cadáveres yacían entre cascotes y
charcos de sangre, convertidos en parte del paisaje. Y, aun así, mientras las
banderas rojas se alzaban cada vez más cerca, los defensores seguían
disparando, resistiendo como sombras de un mundo que desaparecía.
Era el primer día de mayo de aquel 1945. La primavera
no quería aparecer todavía. Berlín caía con ferocidad, con rabia, con los últimos
cartuchos.

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